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domingo, 31 de julio de 2011

Simplificar la Pedagogía. Aprendizaje cooperativo-colaborativo. ¿Resulta útil la distinción? (i)

¿Cooperan o colaboran?
Permítanme empezar con un apunte: creo que el discurso pedagógico necesita hoy simplificar. Creo que parte del descrédito que muestra hacia él un buen sector del profesorado se debe a una constante, y las más de las veces innecesaria, reinvención de la rueda. Simplificar es un principio del método científico. Supone varias cosas: no duplicar ociosamente conceptos, no producir discurso por el hecho de producirlo, y también desbrozar, de entre las ideas heredadas, aquellas que nos dan indicativos metodológicso para hacer “cosas” (y utilizo “cosas” en sentido opuesto a “constructos teóricos”).

Existe un buen número de distinciones que, juzgándose obvias al sentido común, claras y hasta cartesianamente indubitables, tengo la impresión de que a la larga crean más problemas de los que resuelven, son menos operativas de lo que parecen y nos llevan a complicar el discurso por el procedimiento de debatir hasta la saciedad sobre ellas, sin pensar qué sucedería si las dejáramos en paz, nos olvidáramos y nos pusiéramos a trabajar como si no existiesen. Admito que no todas son inútiles en todos los contextos, vaya esto por delante, así como el hecho de que su futilidad tal vez les provenga del empeño con que se quiere rizar el rizo sobre su significado, más que de su naturaleza, si esta palabra tiene aquí algun sentido. Empeño cansino. Algunas de estas distinciones son las que se hacen entre medios y fines, tecnología y metodología y, la que nos ocupa hoy, aprendizaje cooperativo-aprendizaje colaborativo. Quiero ocuparme de esta distinción, en un contexto determinado: el e-learning.

El aprendizaje colaborativo es en la actualidad uno de los puntos fuertes de las nuevas pedagogias del e-learning. No sólo representa un concepto, sino, yo diría, un contexto, una ecologia de aprendizaje, completa en sí misma. En el ámbito del e-learning la colaboración se produce en entornos cuyo origen se sitúa aproximadamente quince años atrás. Pero bajo el nombre “entornos colaborativos” se engloban productos de lo más divergente. Repasemos en el post de hoy algunas ideas relativas a esta ecología. No se entiendan mis palabras como críticas, sino como un intento de reflexionar en voz alta, aportando una perspectiva complementaria, y en algún sentido filosófica, un contrapunto tal vez, al CSCL (Computer Supported Collaborative Learning), que es el nombre técnico que se da al aprendizaje colaborativo telemático. Estructuraré el post en ideas independientes:
  1. La distinción entre aprendizaje cooperativo y colaborativo, más allá de su sutileza conceptual, resulta poco operativa para valorar holísticamente un proceso de aprendizaje. Que, como se dice a menudo, y a mi juicio acertadamente, la “colaboración” sea una una “actitud educable” es remarcable como idea teórica, pero cuando se concreta en un proceso, creo que es básicamente indistinguible de la cooperación. El hecho de que la distinción sea relativamente reciente en la literatura pedagógica no se debe a que en el pasado no se practicaran actividades colaborativas, sino a que no se había reparado en el filón teórico que supone pensar en los objetivos desde el principio, compartiéndolos o creyendo en ellos (colaboración) o desde el final, pensando en el producto lato y construyéndolo a modo de un puzzle (cooperación). Por otro lado, “colaboración” es, en la manera en que se utiliza en término en el discurso tecno-pedagógico actual, un anglicismo (mercado en que se expande el término collaborative), a pesar de la raíz latina de la palabra, la traducción del cual habría de ser “cooperación”. Hablar de complemento, antagonismo, fases sucesivas… o cualquesquiera otras distinciones es, bajo mi punto de vista, complicar innecesariamente los términos de la discusión. Si el producto final de un proceso de trabajo en común es bueno en un contexto determinado, y en el sentido que convencionalmente hayamos decidido asignar a la palabra "bueno", ¿qué más da que se haya cooperado o colaborado? Y al revés, si sale mal ¿es culpa de que hemos cooperado bien, pero colaborado mal? No encuentro nada en el significado de los términos que nos obligue a introducir sentidos redundantes. “Operare” y “laborare” tienen un campo semántico muy parecido. En ambos casos se indica un trabajo y un producto. El sentido social de las palabras lo introduce el prefijo “co”, presente en las dos. Particularmente, prefiero “cooperar”, puesto que en el paradigma 2.0., también denominado, no lo olvidemos, “web de las cosas”, el conocimiento es descrito a menudo en términos de construcción de objetos y tecnofactos digitales. Advierto esto porque algunos diccionarios dan a “colaborar” un matiz más intelectual que a cooperar.
  2. Cuando hablamos de aprendizaje colaborativo, el concepto fuerte es aprendizaje y el subordinado, colaborativo. Creo que se estará de acuerdo en que la evaluación debe determinar fundamentalmente si se ha producido el aprendizaje (ello no tiene por qué excluir otros indicadores, por supuesto, pero ése es crítico). Esto es particularmente obvio si sustituimos “aprendizaje” por “trabajo” y el ámbito de la escuela por el de los negocios. En el marco de las organizaciones empresariales, los teamwork deben elaborar productos complejos y competitivos. Si en una empresa un equipo de trabajo entusiasta y magníficamente coordinado construye un producto débil, enseguida será sustituido por otro equipo o, más radicalmente, por otro sistema de trabajo o de produccción (es decir, se producirá una nueva aproximación al problema). Cuando evaluamos el trabajo de nuestros alumnos por los artefactos tecnológicos que construyen, por la novedad de las tecnologías empleadas o por la gamificación implicada en el proceso (edutainment) estamos sobre una delgada línea, que es preciso reconocer, para no sobrepasar, y que podría expresarse diciendo que el que enseña jugando, podría acabar jugando a enseñar. En mi opinión, el valor de la colaboración debe ser transmitido; es más, es esencial en la formación democrática de los alumnos, pero debe ser transmitido impregnando el aprendizaje y como parte de la producción de resultados objetivados y de calidad, más allá de los procesos psicológicos. Resultaría acaso interesante leer, en este contexto, Podagogie. The iPod as a Learning Technology, de C. Dale y J.M. Pymm.
  3. No todos los resultados del aprendizaje colaborativo, o cooperativo, son fáciles de atribuir objetiva y fiablemente a la colaboración, o a la cooperación entre los miembros de un equipo, especialmente en entornos virtuales y en actividades a distancia, igual que no siempre es fácil atribuir objetiva y fiablemente los accidentes de tráfico donde hay presencia de alcohol al alcohol. Permítaseme la comparación, que, siendo abstrusa, me parece enormemente vívida. Lo que sucede es que, en presencia del rasgo dominante, el que guía el “diseño experimental” de la actividad, tendemos a atribuir los resultados de la misma a ese rasgo. Soy consciente de que ésta no es, estrictamente hablando, una objeción a la distinción entre aprendizaje colaborativo y cooperativo, pero creo que llama la atención sobre el hecho de que duplicar los conceptos no aseguraría tampoco más luz en este sentido. Para averiguar si el éxito de un proyecto colaborativo se debe efectivamente a la colaboración, y en qué grado, necesitamos documentar los procesos y fases que intervienen en él. En este punto entramos en un área que también es problemática. Pues la documentación puede hacerse de varios modos. Los más frecuentes en educación son por la via burocrática, via que suele comenzar por un metadocumento de acuerdos (el grupo establece metas, plazos, normas internas, reglas de solución de diferencias...), por un plan de objetivos negociados, al estilo de Atsusi Hirumi, o por la via de la creación de nuevos artefactos (portafolios digitales serían los más representativos, aunque algunas otras metodologías, como las webquest pueden funcionar como documentadores). La documentación de un proceso produce información valiosa para su evaluación, pero ahora traslada el problema de determinar el grado de colaboración a los productos intermedios que actúan como documentadores.

[Continuará]

viernes, 29 de julio de 2011

Sobre los límites de la investigación en ciencias sociales (o la vara de medir, medida)

Seguimos a vueltas con el tema del post anterior (La torre torcida de PISA, ¿qué significa medir?), centrando ahora la reflexión sobre las metodologías de investigación en ciencias sociales. De nuevo, recordar algunas limitaciones inherentes a la naturaleza del saber sobre lo humano nos puede hacer más críticos a la hora de enjuiciar “datos” brutos, pero también las interpretaciones propuestas por esos cientos de estudios-índice que constituyen ficticiamente, a mi juicio, objetos pretendidamente racionales (inteligencia, niveles de aprendizaje, capacidades…) a partir de estadísticos y variables.

La metodología

La evolución de la investigación en Ciencias Sociales tiene dos momentos clave: uno, cuando se descubrió que si el enunciado “los ingleses son más tontos que los españoles” tiene la misma estructura que “los ingleses viven más al norte que los españoles”, entonces podría servir el mismo método para investigar el significado de ambos. Y el otro, más triste, cuando se descubrió que no había manera de averiguar si los ingleses eran más tontos, o menos, a no ser que se dejara fuera del campo de investigación a miles, o millones, de ingleses que eran claramente más listos que miles, o millones, de españoles. La asunción de metodologías científicas en ciencias sociales suponía que había que operar en éstas de modo análogo a como se hacía en sus vecinas, las naturales. Por tanto, cabía comenzar por definir los primeros conceptos con la misma exactitud. O parametrizamos qué significa ser “tonto” o es imposible resolver la hipótesis inicial. Pero al pametrizar un concepto, los individuos que no cumplen las condiciones especificadas por los parámetros quedan automáticamente ocultos por la estadística (esto es, por el propio modelo analítico). La reducción del objeto de estudio a “condiciones objetivas”, ya complejo de por sí en las ciencias físicas (tan complejo que la filosofía de la ciencia ha tenido que desglosarse a lo largo del siglo XX en filosofía general de la ciencia y filosofía especial de las ciencias), lo es mucho más aún en las ciencias sociales. Tal complejidad viene acompañada de imprecisión y connotación semántica. Esta situación no se puede resolver, dado que no podemos realizar un corte en el campo de trabajo, sin alterarlo profundamente. Y por ello ha ocasionado una complicación adicional en las posibilidades combinatorias de los métodos de investigación. En 2008, Ruíz Bolívar dio cuenta de este escenario en un artículo de título revelador: El enfoque multimétodo en la investigación social y educativa: una mirada desde el paradigma de la complejidad. Además, tal laberinto no sólo afecta al método, sino también a los enfoques de los problemas y su relación con los diferentes patrones de explicación nomológica (causales, intencionales y funcionales).

El objeto

El hecho de que la investigación social trata a menudo con personas introduce problemas relativos a la racionalidad individual y colectiva. Cuando, además, pretendemos proponer un modelo sistémico, como sería, por ejemplo, el presentado por Edgar Morin, basado en la hipercomplejidad (modelo bio-ántropo-social), la dificultad de identificar los métodos pertinentes crece exponencialmente. Lo que hace el científico entonces es aislar contextos explicativos. Pero, incluso en estos casos, cuando se ponen en relación unos elementos del contexto con otros, los objetos investigados tienen que estar perfectamente individualizados y determinados en la metodología (de modo que si un objeto “no aparece”, su propia “no aparición” se encuentre ya anticipada en el modelo, como sucede en la actualidad con el bosón de Higgs, y como, en general, ha sucedido con numerosas partículas cuánticas). La variabilidad de los contextos explicativos en ciencias sociales es en ocasiones disuasoria, lo que reduce profundamente el carácter predictivo de los modelos propuestos. Así, por ejemplo, grandes cambios sociales, como la revolución del 68, no habían sido predichos por ningún sociólogo. Y, al revés, las predicciones marxistas de una sociedad comunista no se cumplieron en la forma prevista porque los contextos explicativos se modificaron tan radicalmente que transformaron la naturaleza del propio objeto investigado, el cambio social. Cambiar había pasado a significar otra.

En este sentido, el carácter esencialmente evanescente y fungible de los objetos “humanos” y su inestabilidad a través de diferentes contextos explicativos debe ponernos sobre aviso a la hora de proponer generalizaciones como las que abundan en los discursos interpretativos de la psicología y la pedagogía, especialmente cuando se basan en estudios estadísticos sobre tendencias. Cuando, a principios del siglo XIX, Malthus puso en jaque los postulados optimistas sobre el progreso indefinido a través de la ecuación que relacionaba inversamente población y recursos, no podían preverse los cambios de contexto que el capitalismo había de obrar para mantener el aumento exponencial de la población (que se convirtió en el postulado de referencia para legitimar los axiomas, intrínsecamente destructores, de la productividad y el crecimiento). Aunque muchos seguimos persuadidos de que Malthus tenía razón, también sabemos que la economía ha superado sus crisis, no sólo reorganizando los sectores productivos una y otra vez, sino creando nuevos espacios y sectores (nuevos contextos) que, al menos hasta el presente, han absorbido los excesos de mano de obra expulsados de los sectores colapsados. Que estos movimientos cíclicos y sinuosos se hayan realizado al coste extremo de inflacionar el capital financiero y separar la producción de dinero de la producción de bienes es algo que, no por evidente hoy, podía ser menos esperado, pues el principio de esta crisis es el mismo que el de la primera gran crisis del capitalismo: la de los tulipanes en la Holanda del siglo XVII. Saber que el capitalismo ha de producir, por la naturaleza de sus mecanismos, crisis periódicas de apalancamiento, como las llamaba Galbraith, no parece ser suficiente, sin embargo, para predecir cómo se comportarán los agentes humanos (los “objetos” de la mirada de los modelos de investigación) en el interior de un sistema tal. La madre de los ejemplos, hoy: tampoco nadie, que yo sepa, había predicho los movimientos sociales de norte de África y el próximo Oriente. Ni el 15M.

Las variables y el lenguaje

La prolijidad clasificatoria de las variables de un proceso de investigación es extraordinaria. Basta con echar una ojeada a cualquier manual introductorio, por ejemplo, al diáfano texto de Carles Riba Introducció als métodes d’investigació en psicologia, para hacerse una idea preliminar. Muchas de las clasificaciones proceden de las ciencias naturales, como sería de esperar. Pues bien, también eso que llamamos “variable” está sometido en las ciencias sociales a una imprecision mayor. La identificación de variables y la formulación de los elementos críticos de un proceso observado, y de sus relaciones, está, en las ciencias sociales, fuertemente contextualizado desde el punto de vista histórico, pues es imposible, a diferencia de un modelo físico, imaginar en una representación abstracta la emergencia de nuevos condicionantes. Por ejemplo, la relación entre la masa y la distancia que llamamos Teoría de la Gravitación, ha estado vigente desde el siglo XVIII al XX, y aún hoy lo está para los procesos físicos próximos (en el área central del espectro microverso-macroverso). Pero las variables que determinan las características de una sociedad no tienen la misma durabilidad ni precision. Si afirmo que el impacto de la tecnología está provocando cambios en el cerebro y la emergencia de una generación de individuos multitarea, es previsible que el sentido de esta expresión se parezca poco al significado que dan al concepto de “evolución” los biólogos y antropólogos, aunque se hable presuntamente en los mísmos terminos, y que, por consiguiente, sea más preciso considerar que estoy formulando conocimiento por analogía. Si en las sociedades tradicionales la relación entre el estatus de poder parental y la economía social, digamos, podía representarse de manera estable y ritual, esto es de todo punto imposible en la sociedad contemporánea, a no ser que hagamos etnografía ultralocalizada.

Por si fuera poco, el lenguaje en el que se formulan las variables de investigación cambia a la misma velocidad que éstas. En ocasiones, como también ha sucedido en la historia de la ciencia física y matemática (le sucedió a Descartes con el análisis geométrico, a Leibinitz y Newton con el cálculo infinitesimal, a Riemann o Lobachevsky con el espacio no-ecuclideo), carecemos del “lenguaje” adecuado, esto es, aún no tenemos suficiente perspectiva histórica de los cambios psicológicos como para que se hayan desarrollado los códigos de interpretación correctos y debemos conformarnos con microdiscursos más o menos coherentes. Utilizar un lenguaje descriptor u otro puede determinar en un porcentaje elevado los resultados de una investigación. Dicho de otro modo, "las variables tienen una alta variabilidad”, y su intensidad llega a ser impredictible para un instante determinado. Y ello ya no es una cuestión de clasificatoria, de que tengamos o no los criterios taxonómicos adecuados. Por lo tanto, la situación no puede ser resuelta mediante la propuesta de un nuevo sistema de clasificación. No. Es, antes bien, una cuestión de semántica y de ontología. Norm Friessen puso de manifiesto en 2009 los diferentes resultados arrojados por un análisis de la aparición y extensión de los VLEs (Virtual Learning Environments), como WebCT o Moodle, desde fines de los años 90 hasta la actualidad, en función de los términos que se utilicen para describir las características de este tipo de entornos y del tipo de relación que se afirme que promueven entre los usuarios.

*     *     *

La alta capacidad del lenguaje para producir su objeto, la elevada indeterminación (en sentido heissenbergiano) de las variables de las ciencias humanas y la imposibilidad de crear representaciones abstractas de los contextos explicativos son los principiales generadores de entropía en la investigación en ciencias humanas. Aristóteles decía, de forma muy sencilla y comprensible, que la igualdad consiste en tratar desigualmente las cosas desiguales. Este principio es contrario a la uniformización a que el método científico clásico ha sometido a la naturaleza, a la sociedad y al hombre, desde la época clásica hasta el presente.

Cómo tratar los nuevos objetos dinámicos en la sociedad hiperacelerada, hipertelizada, de la comunicación y las redes será objeto de otro post, más adelante.

miércoles, 27 de julio de 2011

La torre torcida de PISA. ¿Qué significa "medir"?

"No hay hechos, sólo interpretaciones"
Friedrich Nietzsche

Me gustaría que este post fuera tomado sólo como un recordatorio. Que sirviese para refrenar, por un instante, los  impulsos interpretativos que legitimamente tenemos maestros y profesores cuando caen en nuestro poder los datos con que nos bombardean estudios y encuestas sobre la calidad educativa en general y el nivel de conocimientos del alumnado en particular. Entre ellos, como se sabe, el informe PISA ocupa un lugar destacado. PISA ha hecho públicos hace poco tiempo los resultados relativos a la competencia/alfabetización digital de la presunta generación de nativos ídem, sin mucho éxito, al parecer.

Quisiera destacar una cuestión preliminar, antes de pasar a las consideraciones que son el auténtico objeto del post. Y es que, independientemente de que PISA mida lo que pretende medir, el tema es para mí otro: ¿es “eso” lo que hay que medir? ¿Está ayudando la elección de las materias calificadas, la estructura del formulario, la selección de las preguntas (en tipo y en contenido) y las muestras, es decir, eso que, hablando técnicamente se denomina el diseño experimental de la investigación, y de lo que poco se habla, a establecer auténticos criterios para reestructurar la mirada que el siglo XXI debe dar a la educación? ¿Vamos, a base de pruebas de este tipo, a enderezar la torcida torre del aprendizaje, promoviendo políticas de cambio, pero de cambio real?

Bien, dejo las preguntas ahí, pues quiero entrar en materia, señalando, como se podrá deducir por el hecho de haberlas verbalizado, que el que escribe duda profundamente de que sea así. Ahora quiero recordar por qué este tipo de estudios cuantitativos en el ámbito de las ciencias humanas deben ser tomados con todas las precauciones del mundo, en el instante de producir teoría sobre los datos que ofrecen. Espero que el lector entienda la relación que existe entre las parrafadas que me dispongo a dispararle y el fenómeno que consiste en poner a los países en fila para medir a sus estudiantes, al amparo del método científico.

A ello.
  1. El conocimiento científico es sólo un tipo de conocimiento. Ni es todo el conocimiento, ni necesariamente el mejor, salvo si es enjuiciado según sus propios criterios. Ni tampoco excluye otro conocimiento de tipo complementario. La objetividad, como criterio supremo de la ciencia (en particular cuando la ciencia se opone a otras metodologías) es un supuesto teórico del modelo de investigación científica. Decir que un hecho es objetivo es decir que se corresponde con una serie de propiedades que los mismos científicos han introducido, definiéndolas antes, en la naturaleza. De manera que el conocimiento científico se corresponde, y no puede ser de otro modo, con las propiedades que nosotros hemos determinado como esenciales en el mundo. Si yo digo que el peso de un cuerpo es una propiedad "objetiva" sólo estoy diciendo que lo es dada determinada definición de cuerpo y de peso. Cuando afirmo que la distancia entre A y B es de tres metros no indico ninguna cualidad objetiva del espacio, sino sólo una cualidad objetiva del sistema de medida utilizado. Cuando afirmo que una variable crece a la vez que otra (por ejemplo, que la estupidez de los políticos aumenta a medida que se aproximan las elecciones) lo único que indico es que las variables tienen la propiedad de crecer o decrecer, propiedad que se corresponden “objetivamente” con el concepto de variable. Se deduciría de lo expuesto, y muy especialmente en el ámbito de la investigación sociológica, psicológica y pedagógica, que lo máximo que podemos pedirle a una interpretación es que avance sin contradicciones a partir de una hipótesis inicial o conjunto de ellas, y no que sea “verdadera” en un sentido objetivo e independiente del diseño de la investigación. Los metodólogos lo saben. Los cientificos rigurosos lo saben. Debemos esperar, pues, que se tenga en mente ese hecho a la hora de diseminar conclusiones.
  2. Hace mucho tiempo que la ciencia no se organiza como una actvidad individual ni altruista. Los paradigmas científicos se configuran como ambiciosos programas de investigación determinados por factores internalistas, pero también externalistas. Por ejemplo, la rentabilidad de un programa de investigación, el soporte político del mismo o el “tamaño” del público al que puede prestar sus beneficios son elementos claves del éxito del programa. Paul Feyerabend lo explicó con claridad: no existe la verdad científica; la verdad científica no es un criterio objetivo de medida, y, en cambio, depende del dinero. Quien tiene más dinero tiene más posibilidades de tener razón. Tenemos una buena muestra de ello en las llamadas enfermedades raras. Sobre éstas no existe “verdad” científica sencillamente porque el número de afectados es tan escaso que no resulta rentable iniciar un programa de investigación. Feyerabend explicó también que ningún sistema de reconstrucción racional de la historia de la ciencia había podido explicar en realidad cómo se habían producido descubrimientos que consideramos esenciales para el progreso científico, como la inercia o la gravitación. Tal como apuntaba Antonio Gramsci, la ciencia no es más que un paradigma que da sentido a una comunidad interpretativa, en tanto que otras cosmovisiones dan sentido a otras comunidades interpretativas.
  3. Para terminar, quisiera recordar también que toda una escuela sociológica, la Escuela de Frankfurt (Herbert Marcuse, Max Horkheimer, Theodor W.Adorno), se ha ocupado de la vertiente social e ideológica de la ciencia. Por mucho que Jürgen Habermas discutiera sus tesis, especialmente las de Marcuse, en su texto La Ciencia y la Técnica como Ideología, lo cierto es que aquellos autores son esenciales para contextualizar social y políticamente la investigación científica, y para comprender que la “razón científica” es, a través de su alianza con la tecnología, una razón identificante o alienante. No es posible, pues, reclamar alegremente la objetividad de los resultados de una investigación independientemente de las expectativas que la motivaron y, sobre todo, del uso que va a darse a tales resultados. No existe la neutralidad de los modelos, así como tampoco la de los instrumentos. Conviene recordar esto al hilo de otro debate frecuente: el de si las herramientas digitales son o no neutras, y es el uso que se les da lo que determina su efectivad, su legitimidad, o ambas. Pero esto lo ignoraremos, por el momento, pues sólo contribuiría a torcer más la torre.

Me gustaría que cada lector hiciera por su cuenta el esfuerzo de poner en conexión estas reflexiones, o al menos tenerlas presentes, cuando tenga que vérselas con los debates e interpretaciones suscitados a propósito de los miles de informes que nos hunden en la miseria educativa y nos comparan con egregios y nórdicos héroes rubios o lejanas hordas conquistadoras de Oriente.

martes, 26 de julio de 2011

La Filosofía en el hipermercado (y ii). El pensamiento cosmético o el sueño de Malraux

[Viene de La Filosofía en el hipermercado (i)]

Patafísica y patáfora quizás sean hoy la única vía de escape a la fatal discursivización de todo lo real, a la conversión de la realidad toda en narrativa. A través de estas formas de expresión el saber reflexiona, se dobla, sin cesar sobre el saber, según un dicurso que, otra vez en palabras de Barthes, no es epistemológico, sino dramático.

Sin embargo, este precio al que se obliga la Filosofía, el saber reflexivo por excelencia, la sitúa en el futuro, y quien sabe si para siempre, entre los objetos de consumo y, por lo pronto, le presta un lugar junto a los productos del hipermercado: una sobresaturación simbólica, un obsesiva producción de etiquetas, de marcas, de discursos, cuya importancia ya no radica en su función crítica (en remitir, por ejemplo, a un producto efectivamente consumible, o a un contenido efectivamente representativo), sino más bien en su función teatral y cómica. Una escenificación del medio contra el horizonte difuso del mensaje, un desvanecimiento del sentido en el horizonte desvaído de la verdad: he aquí lo que aguarda a la Filosofía. Se alinea así, indefinidamente, junto a los productos adelgazantes y los cosméticos. ¿Revelará esto la abolición, el fin (¡y la finalidad!) de lo real en sus modelos?

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Douglas Crimp: “La ficción del sujeto creador cede el sitio a la franca confiscación, la toma de citas y extractos, la acumulación y repetición de imágenes ya existentes. Se socavan así las nociones de originalidad, autenticidad y presencia esenciales para el discurso ordenado del museo”.  Definitivamente, la figura del museo tradicional -lugar en el que, como en la Filosofía, el lenguaje funciona en su modo simbólico- ha sido desplazada por la figura del megacentro comercial, del hipermercado –donde sólo existe una circulación transicónica, semiotización múltiple de los signos-. El museo, desbordado por la dialéctica autónoma de los objetos, ya no quiere escenificar por más tiempo su propia trascendencia, se extirpa de sí mismo y se extiende bárbaramente a todos los rincones de lo social (todos nos convertimos en objetos de la mirada de los modelos museificados de la sociología, la estadística, la antropología, la etnología… Somos implicados, solicitados, obligados a existir en tanto sujetos, ya que no somos capaces de existir de manera individual y autónoma).

Pero para realizar semejante operación, la museificación transforma la estructura de su propio discurso: éste no volverá a ser categórico, taxonómico, organizador, pues en él se ha perdido la memoria de su objeto. El sueño de Malraux, un lenguaje fotográfico universal en el que constantemente se recompondrían nuevos órdenes de iconicidad con sólo barajar las fotografías, se hace extensivo ahora a la Filosofía, precisamente porque la ilusión transicónica se ha escenificado como nunca en el objeto consumible e infinitamente re-representable al que tiende todo objeto de conocimiento: un mismo tipo de lenguaje, de enésima metadimensionalidad, atraviesa transversalmente el saber para ubicarse, antaño fue en las bibliotecas y los museos, hoy en la adventicia contingencia del hipermercado. Un circuito de slogans que se citan en círculo, o que reflejan infinitamente a su objeto (por ejemplo, slogan-modelo: “se impone la forma”. No hay pregunta posible más allá: se impone la forma. Los objetos: cremas adelgazantes, lácteos desnatados, bronceadores de zanahoria… El sujeto: un sujeto-marca cuya ontología se construye por reflexión con el objeto. Toda taxonomía deviene ahora un efecto de simulación: el sujeto no responde con acciones a su solicitación, sino que él mismo es la respuesta a esa invitación a la existencia). Se cierran series de mutua citación simbólica y se produce así una relación transicónica, exclusiva, entre objetos semiotizados, sobresignificantes, o, lo que es lo mismo, “semiorrágicos”, vacíos de representación real fuera de su propia especularidad.

En el arte, la reiteración, la parodia, la ironía de Calvocoressi, representan el punto álgido de la universalización de las ficciones. Esta paródia es un límite extático, en el que se desestructura lo real por el procedimiento simple de apropiarlo en un nuevo nivel de iconicidad: robarlo, re-presentarlo con la sóla alteración de la rúbrica. La Filosofía, sin objetos sobre los que reflexionar, los inventa, inventa sus fuentes, distorsiona o confisca la historia. Quizás Descartes no escribió su Discurso del Método, sino que lo robó, literalmente hablando, a Dionisio Areopagita. Y Malebranche murió –como sugiere De Quincey- a manos del obispo Berkeley.

Pero, en el límite, lo que la conversión de todo discurso en signo de otra cosa produce es un achatamiento del tiempo y una detención absoluta de los acontecimientos. Una disolución final de los eventos en el efecto mismo de su anticipación. Es igual que esa voracidad manifiesta de la web 2.0. por producir betas permanentes de los valores sociales. La sobreproducción simbólica, la inflación de conocimiento por redundancia, el eterno barajar de Malraux sólo producen una planicie en la perspectiva de la historia. Las cosas, los objetos y los discursos trastocan el orden de su aparición, se altera el orden de las causas y los efectos, y se presentan referenciales que jamás tendrán lugar, pero cuyos efectos son experimentados en el hecho de su propia anticipación. Dado que el poder de producción de realidad se ha perdido en este universo transhistórico, lo que se manifiesta en su lugar es un poder extremo de los modelos para simular discursos y valores que, como en Lo Único y su Propiedad, de Stirner, no hablan más que de sí mismos. El anuncio de un anuncio real, como las “citas” que tomara Calvocoressi de Leonardo, Rembrandt o Braque, como mi propia cita de Billard) supone ya su escenificación, su solución, fascinante puesto que lo hace aparecer maravillosamente desprovisto de trascendencia, esto es, sin sentido y sin tiempo.

domingo, 24 de julio de 2011

La Filosofía en el hipermercado (i). Patafísica, patáfora y virtualidad.

“…como insólito fue el desenlace del affaire Calvocoressi: cuando, tras sucesivos y jamás bien aclarados aplazamientos, la exposición franqueó sus puertas al gran público, la congregación de personal, impertérrita y mansa durante horas allí afuera, sufrió de súbito una innombrable conmoción que dio al traste con la figura del mítico Calvocoressi. Pues en verdad ¡quién no sentiría un hondo bamboleo allà abajo, en el nivel de las creencias edulcoradas por los siglos, al contempar, en rigurosa disposición, Leonardos mancillados, Rembrandts profanados, Braques escarniados…! Como si nada importara ya, allí, en aquella exposición que sería recordada en adelante, y por los siglos de los siglos, como un falansterio de herejía, figuraban, tachadas con energía las firmas originales y sustituidas por la del tal Calvocoressi, las obras más grandes de los más grandes genios que en la historia fueron”.
J. Billard. L’affaire Calvocoressi. Paris. 1990


La Filosofía ya puede inventar sus fuentes. Con la clausura del pensamiento crítico a manos de Bataille o Roussel, con la clausura de la razón normativa a manos de Luhmann, con la clausura del sujeto-autor a manos de Raussenberg, Derrida o Cage, toda una epistemología que se expresó primero como Filosofía (Hegel), luego como Economía Política (Marx) y más tarde como Teoría de la Sociedad (Escuela de Frankfurt) se ha venido a pique. Tras una teoría crítica de la sociedad, hoy no queda lugar más que para una teoría simulada de la sociedad. Teoría de la ficción y del espejo curvilíneo.

Si la razón, en el ejercicio de su crítica histórica, no logra apresar los efectos inversos que se producen por doquier (dado que permanece presa, absorta, en su propio circuito legitimador, compuesto por metarrelatos, despreciando la posibilidad de que lo real ya no funcione a base de narrativas, precisamente ahora, que todo es “expuesto” en la forma de narración), tal vez no tenemos mejor tarea que inventar una teoría surrealista o expresionista de la sociead, una teoría dadaísta del conocimiento, como Feyerabend, o una teoría teatral de la historia (Hayden White propuso hace tiempo que los historiadores utilizaran modos de expresión procedentes del arte para exponer sus resultados).  En todo caso, antisistemas teóricos que procedan “por anticipación”, orientados antes hacia una estructura del intercambio ritual, pragmático, de símbolos, que hacia el consenso, los universales y los referentes estables.

En este trazado imaginario, en este teorizar sin historia, quizás las fuentes podrían inventarse (el único requisito para su “verdad” es que produzcan algún efecto en la esctructura de intercambio de la que forman parte). La edad lineal e icónica del signo (tanto da significado como significante) ha dejado paso a la edad de las relaciones intercambiables, de las representaciones transicónicas (semiotización ilimitada, múltiple, decía Eco). Particularmente visible en la teoría actual sobre la virtualidad y la fragmentación del conocimiento en nodos, lo que ha sucedido ahora es que la noción misma de representación ha alcanzado ese punto en el cual cada objeto puede vivir eternamente semiotizado, sin entrar en modo pausa (lo que supondría el colapso y la muerte simbólica), produciendo representaciones, proyecciones de sí mismo, liberando energía débil en una malla digital sustitutiva. Ahora las cosas pueden vivir eternamente estando unas en el lugar de las otras. Como en un museo de réplicas, hoy somos informados de modo general de lo que ya nos advirtió la semiótica hace décadas: el fin de toda relación real entre el signo y su objeto, el fin del amor. Este fin se expresa como el final de los procesos y avatares de la “verdad” en el horizonte de lo real. Periclitada la experiencia de lo verdadero, de lo auténtico, el sujeto de derecho y razón de la modernidad, asociado a esa experiencia, pierde sus derechos y ve cancelada su racionalidad. Y, puesto que los primeros dependen de la segunda, este sujeto ya no es capaz siquiera de asegurar su propia reproducción simbólica a través de la conmemoración de los grandes gestos de la modernidad: el bien común, el progreso, la solidaridad, la objetividad del conocimiento…

El sujeto, plano discursivo en el que se creía tradicionalmente materializada la relación teoría/praxis, no es ahora más que el lugar ficticio donde se refleja ese vacío interactivo. A la relación real de los conceptos con sus referenciales sucede ahora la relación simulada de las ficciones, la relación póstuma de las ideas con sus modelos. Y en la lógica de los modelos, los “originales” son sustituidos por las series, y la reproducción por la serialización. La única posibilidad aquí de innovación es la aparición de un error serial, la deserialización por la redundancia y la repetición (¿recuerdan Diferencia y Repetición, de Deleuze?). Si desaparece el sujeto como unidad semántica (la unidad metafísica desapareció con Hume), todo lo que en él confluía se vuelve eternamente transferible, incluidos los deseos.

Ya no podremos, pues, esperar de la Filosofía ninguna clarificación racional de la experiencia, así que nuestra disciplina se verá constreñida hacia el universo de sus propias ficciones: apoyarse en hechos que todavía no se han producido, o distorsionar y reinventar los argumentos que ya se produjeron. El valor de uso del autor-racional deviene a toda velocidad una forma execrada y decadente de su valor de cambio. Sin embargo, sólo entonces es posible asimilar la figura del filósofo a la enormemente más creativa del escritor: se trata de “un comodín, un maná, un grado cero, el muerto del bridge” (Barthes). Esta es la nueva paradoja del pensamiento: el precio que debe pagar la filosofía para seguir analizando lo real es reconvertirse en una teoría de las multiples combinaciones transicónicas de los objetos de conocimiento, una teoría de la ficción, al más puro estilo nietzscheano, pero, en una órbita contemporanea, también una teoría de la producción de series deserializadas y fragmentos. Una noética de la vida feliz en ausencia de información fiable, de fuentes legítimas y de coherencia epistemológica. “De ahí partiría -dice Baudrillard, evocando a Alfred Jarry- el sentido literal de una patafísica o ciencia de las soluciones imaginarias, ciencia de la simulación e hipersimulación de un mundo exacto, verdadero y objetivo, con sus leyes universales, comprendiendo en ellas el delirio de aquellos que lo interpretan según esas leyes”.

La construccion de identidades digitales sobre el colchón, lejano ahora, constituido por el referente real que llamamos identidad física, sigue los mismos patrones que la patáfora, especie de versión expandida de la patafísica de Jarry. La extraordinaria potencia y capacidad del avatar para arrancar la identidad del cuerpo, sin parangón conocido en la historia, permite (des)multiplicar los escenarios en los que se desarrolla el juego de los intercambios virtuales. El propio mundo de las remezclas, la redundancia y la reapropiación de informaciones dificiles de asignar a un sólo individuo da pábulo a un análisis inverso, según el cual lo que se produce realmente es una desidentificación, y, dicho sea de paso, también una desintensificación de la noción fuerte de sujeto, que queda, en este mundo feliz, eximido de la responsabilidad de producir la historia.

Asimismo, la patáfora deviene una suerte de antiparadigma (por su carácter histriónico y simulador) de lo que se denomina ahora realidad aumentada. Un espacio en el que convergerían, sin la nostalgia del “y yo más”, los dos planos históricamente escididos por la metafísica: el sujeto material (res extensa) y las entelequias y hologramas fruto de sus creaciones mentales (res cogitans), que ahora se lapan a él, o mejor, a su representación débil, en forma de código QR, como buscando una expresión superior, simbiótica del sentido.

[Continuará]

sábado, 23 de julio de 2011

Contracorriente. Homenaje mínimo a Lucien Freud

Lucien Freud con su modelo

Ha muerto Lucien Freud, el anti-nietísimo, pues adquirió a través de sus lienzos la personalidad independiente y radical propia de aquellos a quienes no les importan sus orígenes. Más aún, en ocasiones parece que sus cuadros se burlaran de la exploración del inconsciente de su abuelo Sigmund, visibilizando los “chistes”, las bromas que decía encontrar en sus libros. De buen seguro mató bien pronto la raíz surrealista a la que, casi de modo natural y como por obligación, debía impelerle su genealogía, para destaparse como un “original”, un pintor de pintura y pincel, difícil de clasificar, de definir, y refractario a toda escuela, por más que la crítica lo asignara –es su trabajo–, junto a su amigo y espejo, Francis Bacon, a la Escuela de Londres.

Francis Bacon. Estudio de cuerpo humano
Descubrí a este hombre en los ochenta, cuando aún había de pintar grandes e inquietantes lienzos, y hasta hoy sólo he visto en directo las pocas obras que el Thyssen posee, cuatro creo, entre ellas una de las peores, el retrato del propio barón. Pero lo he mirado y remirado hasta saciarme, y en mi modestísima e inconfesable aficción a estropear pinceles y pigmentos le he copiado, sin conseguir ni un asomo de vida en esas operaciones. Le descubrí en los ochenta, digo, en las noches locas de Valencia, en las que la transvanguardia de Achille Bonito Oliva se adueñaba literalmente de las paredes de pubs y salas de exposiciones, el neoexpresionismo brutal y de dimensiones antitransportables parecía abrirse paso en Arco, y mis amigos artistas reinterpretaban a David Hockney sobre t-shirts fluó, puestos de coca hasta el culo, vistiendo hombreras gigantescas y con poses de leopardo excelso en tonos pastel.

Y me pareció un genio, un indignado de los tiempos y una demostración viviente de que, al fluir de los colores lánguidos y el tiempo posmoderno de la condescendencia y la disgregación, podía oponerse con honestidad y rigor la tecnología de resistencia del empasto. Un poco lo mismo que sucede hoy, en este marasmo del conocimiento abierto, la socialidad-red y la esperanza en que todo va a cambiar a base de repetir que cambia, de que algo maravilloso va a pasar, como en el relato de Heinrich Böll, y nosotros vamos a ser excepcionales, privilegiados testigos históricos de ello.

Lucien Freud. Durmientes
Lo que este hombre provoca en mi mirada es, de entrada, admiración. Porque, especialmente su obra más reputada, realizada desde la década de los 50 del siglo pasado, tras un minucioso entrenamiento en el dibujo, tiene el poder de crear surcos en la conciencia, tan profundos como los de los propios cuadros, a pesar de la simplicidad de sus temas. Yo miraba esos hondos meandros abiertos por sus pinceles, que hacia 1954 dejan de ser de marta y se vuelven duros, y atisbaba cómo, en un panorama artístico en el que el marchantismo capitalista hacía estragos, que daba la bienvenida al expresionismo abstracto y anunciaba el pop y la era de lo efímero en el arte, este hombre se abría camino reivindicando la figuración, el drama y el humanismo, cual maestro griego o Leonardo del siglo XX, con el que, por cierto, compartía la aficción por la observación de los rasgos de personajes anónimos, expresiones callejeras, posturas del lumpen, olores de pescadería ambulante. Leonardo los incoporó a veces a sus obras. No así Freud, quien, a pesar de elegir vivir en barrios tumultuosos, desdeñando los perfumes de la City, realizó ese minucioso trabajo de campo, esa antropología del gesto laboral y cotidiano, sólo para arrancar el alma de sus víctimas y usarla en beneficio propio.

El intento de Freud de atravesar el lienzo con su pincel, de abrirlo en canal, es correlativo de su forma de entender el objeto de la pintura. Yo no creo que sus obras reflejen la soledad. Al contrario, la elección de los personajes (siempre su elección, muy pocas veces la elección del cliente, posiblemenete ni en el conocido caso del retrato de Isabel II), cercanos, familiares, la incorporación de mascotas al cuadro, la aparición del propio pintor en la escena, son un guiño a una especie de you never walk alone que cada alma grita a su vecina. Sin embargo, esto no siginfica que no sea un autor profundamente individualista. Un autor del sujeto y para el sujeto, del no-fututo (“no pinto lo que mis personajes quisieran ser, sino lo que son” –viene a decir–).

Andrew Wyeth. Helga's Series
Tampoco veo en él a un autor provocativo, ni escandaloso. Como en una especie de escritura automática, Freud se deja llevar por el dictamen de la naturaleza humana, que conoce perfectamente tras una vida de convulsión. La desnudez permanente, la ostentación del sexo, la deformidad, decrepitud, obesidad o delgadez extremas, las posturas "oferentes", no son más que la vida real, la vida sin ropajes. Sus desnudos no provocan, sino que enfrentan al ser humano a la verdad de sus propias pasiones, al producto de una naturaleza mediatizada por la realidad externa, que, en todo caso, queda desdibujada y elíptica en su obra. No somos modelos estilizados. Somos aguadores velazquianos, gordos y gordas rubensnianos; somos feos reyes goyescos y, a veces, nos devoramos y nos damos la espalda tras hacer el amor, follar, quizás sería más justo decir, en el contexto de su obra animal.

Honoré Daumier. Don Quijote leyendo
Y diga lo que diga él, sean cuales sean sus raíces, yo veo en su trabajo menos a Ingres o Cézanne (recordemos su after Cézanne) que a otros genios. Pues ésa es la grandeza de una profesión que, como la pintura, cede a la posteridad la obra tras la muerte de su creador. Ahora es de cada uno de nosotros, sometida a constantes relecturas, al vaivén de nuestra memoria. Creo que es un heredero, intérprete enorme, gigantesco, de tradiciones que arraigan en el humanismo desencarnado y antiidealista, obrero, del siglo XIX. No sólo, ya lo he dicho, hay un goya negro en su mirada. Cuando vi sus primeros retratos no pude dejar de pensar en Honoré Daumier. Porque, como él, sus figuras no son genéticas autónomas, triunfalistas, sino productos de una naturaleza machacada y contextual. Y siempre son excrecencias, grandes olvidados, seres anónimos o posiblemente héroes, nunca lo sabremos, cuyo exponerse sin tapujos es la mayor expresión de la revolución.

Van Gogh. Los comedores de patatas (fragmento)
Pero ni Goya, ni Daumier, ni Cézanne, ni el propio Francis Bacon, no. Ver una obra de Freud es captar de inmediato la relación entre los personajes y la atmósfera que los evuelve. Es como decir: dado ese contexto particular, no hay otra representación posible que esa figuración. La atmósfera, combinación de luz y tonalidades, es fundamental en Freud. No es una atmósfera densa, ni oscura. Al contrario, está repleta de luz, como para reivindicar de nuevo la transparecia del alma, esa no-ocultación del sentimiento casi rousseauniana. Y es aquí cuando evoco a Andrew Wyeth, en mi modesta opinión uno de los mejores retratistas del interior de la historia. Las atmósferas son diferentes, cierto: la luz faulkneriana avant la lettre, el claroscuro de habitaciones y graneros, el calor y el secreto de las Helga’s Series, por ejemplo, en Wyeth. Y la luz prístina de Freud, en la que no cabe el secreto, pero que resulta profundamente inquietante, al contribuir a la sobreexposición de las figuras. Dos atmósferas distintas que, sin embargo, confluyen en idéntico final: una desnudez que contraviene las normas sociales, que nada contracorriente, no por lo que la figura expresa, sino por lo que calla, por el profundo realismo que hay detrás de cada mirada. La pintura de Freud nos enfrenta al hecho, probado numerosas veces en la historia, de que en realidad cada uno de nosotros, aunque vistamos Gucci, no somos más que prosaicos comedores de patatas.

viernes, 15 de julio de 2011

A vueltas con el multitasking. La estupefacción del ignorante

No hay temporadita en que no se vuelva a insistir en algún blog, alguna declaración pedagógica o algún artículo de prensa, en el hecho de que nuestros alumnos, en tanto miembros de determinda generación, son una especie evolucionada cuya característica definitoria, o una de ellas, es la multitarea, multitasking en inglés (multifuncionales es otra denominación que se usa como sinónimo y, aunque a mi juicio ambos términos tienen connotaciones diferentes, tampoco pasa nada, creo yo, si, dada la poca importancia de estas reflexiones, los utilizamos indistintamente), dado que son capaces de realizar varias operaciones de cierto tipo a la vez, y de manera continuada. Parece que atienden mejor a varios dispositivos que a uno; que, a imagen de las impresoras-escáner y de los procesadores de 64 bits, se desarrollan mejor en medios tecnológicos complejos que en medios simples. La multifuncionalidad que se les supone tiene que ver con el hecho de que manejan con soltura una consola a la vez que escuchan música a través del mp4, y con cosas tales como que están habituados a manipular dispositivos y servicios de control (mandos) y comunicación (teléfonos móviles, redes sociales) sin aparentemente despeinarse ni perder un ápice de… no queda casi nunca claro si su capacidad de atención, su concentración en las tareas o su efectividad en la resolución de las mismas.

Me parece indiscutible el supuesto de base: la complejificación del entorno sociotecnológico (no sólo del entorno en ciertas franjas de edad) derivada del incremento cuantitativo y cualitativo de canales de comunicación, volumen informativo y sistemas de almacenamiento y proceso. También me parece indiscutible la naturalización que inviste el discurso sobre el uso de estos medios, pues sólo significa reconocer una obviedad histórica: la adaptación al medio y la integración social a través de las prácticas, si no colectivas, al menos colectivizadas: se es social a través de mecanismos de socialización (otra cuestión es que generen una socialidad fuerte o débil –socialidad-), y estos mecanismos operan hoy en gran medida en clave tecnológica.

Incluso podría defenderse que la afirmación inicial no es gratuíta desde el punto de vista de su fundamentación psicológica, pues ya ha llovido desde los estudios de Miller, Hartmann, Severin o Paivio. Posteriormente se ha valorizado, quizás en exceso, la capacidad de multirespuesta sensorial, sobre todo en el trabajo con simuladores, de modo que determinadas profesiones encuentran en la potenciación de estas capacidades el fundamento para elegir los mejores profesionales. No sólo nuestro cerebro es multicanal, sino que esta capacidad puede desarrollarse mediante técnicas, y mejorarse, como casi todo en este vasto mundo de lo humano.

Hasta aquí todo bien. Pero lo que se lee con frecuencia no es exactamente esto. Cuando se utiliza el verbo “ser” para definir la multifuncionalidad de una nueva generación digital hay otras implicaciones que me parecen más discutibles. En primer lugar, se suele sostener implícitamente la existencia de una ruptura evolutiva, la aparición cuasi-mutacional de nuevas capacidades en el cerebro de algunos humanos, y no de otros. En segundo lugar, se hace una afirmación ontológica que, al ser aplicada a seres humanos, emboca los resbaladizos territorios de la antropología. Al decirse que nuestros alumnos son multifuncionales se está diciendo que ésa es su naturaleza, o, al menos, ése es uno de sus rasgos constitutivos esenciales. Este “ser” podría entenderse a la manera de Prensky, como una nativización; pero, a su vez, ésta puede ser aceptada como simple presupuesto histórico, o discutida, por poco significativa: se puede ser hijo de una época sin entenderla un ápice, simplemente, pasando por allí irreflexivamente, o gregariamente, haciendo lo mismo que los demás. Los nativos digitales quizás sean buenos manipuladores, pero no necesariamente buenos “comprensores”. Quizás sean buenos usuarios, pero malos reclamadores, quizás buenos prácticantes, pero poco reflexivos (como la mayoría de los creyentes, por cierto).

Como casi siempre, dentro de los conceptos encontramos un mundo caótico de matices y sesgos. El multitasking no es una excepción. Y, por cierto, desde las Universidades de Michigan y Oxford ya hay quien ha negado la mayor. La multitarea podría no ser más que una secuencia rápida de monotareas. El procesamiento en paralelo, un procesamiento con cambios acelerados de registro, y el sistema neuronal en conjunto, puesto a mil, a imagen de lo que sucede con el mercado actual, un productor de stress e ineficacia a medio plazo. A fin de cuentas, nos vendieron durante mucho tiempo procesadores multitarea sin que yo me enterara, y eso que llevo exprimiéndolos al máximo años. Creo que el buen nativo digital es compatible con el mayor analfabeto tecnológico. Pero también el buen residente. Manejar una cultura es dominar sus códigos, y los códigos culturales no son siempre operacionales, o, dicho de otro modo, generalmente son operacionales, pero del imaginario, de la simbólica.

Ante las afirmaciones de la pujante neurociencia siempre me hago la misma pregunta (pregunta de un lego declarado y quizás sesgada por el hábito de interrogar los fundamentos de toda innovación científica exportada con prisas a la psicología). Si se es ahora multifuncional, es que antes no se era. Entonces, ¿desde cuándo se es? ¿Lo era el cazador paleolítico, trabajando en rigurosa colaboración con su grupo y atendiendo con cada sentido a un estímulo sensorial distinto, tomando decisiones operativas en el momento adecuado, y sólo en ese momento, so pena de perder horas de valioso esfuerzo y de no comer otro día? ¿Lo eran nuestros padres y madres, por relación a un modelo social estable y tradicional, representado por sus padres y los padres de sus padres? ¿Lo fuimos cuando lo institucionalizó el número mágico de Miller? ¿Tan rápido operan los mecanismos evolutivos? ¿O no se trata, técnicamente, de evolución? Y ¿qué pasa con los congoleños? ¿Impide la brecha digital ser nativo, o residente digital? ¿Se puede ser eso a ratos, por vacaciones, o en el norte pero no en el sur? ¿La evolución biológica está dejando paso a la virtual, como pregona T. Arima, o esto es sólo una manera efectista de hablar? ¿Estamos coexistiendo de nuevo neandertales y cromañones? ¿Nos espera a los nacidos antes del boom digital el destino que sufrieron los primeros? ¿Se aplicará aquí la temida máxima de los inmortales: “al final sólo puede quedar uno”?

No digo yo que no haya fundamentos neurológicos para pregonar este cambio biológico en la especie, en apenas quince años. Quizás lo haya, pero ¿no será que en toda iglesia hay más papistas que los propios papas? Yo creo que tenemos demasiada prisa en producir cambios y convertirnos en sus protagonistas. En asistir al nacimiento de un nuevo estadio evolutivo. Las sociedades avanzadas, a poco que se examine la historia, tienden a pensar que su “momento” es definitivo, crucial, incomparable en relación con cualquier otro tiempo pasado. Esto es a veces un efecto antropocéntrico, y otras el resultado de una reconstrucción racional que, en el fondo, poco tiene que ver con la manera en que viven la mayoría de los individuos.

Yo sólo sé que no sé nada, que decía... alguien en Twitter.

jueves, 14 de julio de 2011

Versión ePub de 'Contra el normativismo en educación'

Descargar la versión ePub de "Contra el normativismo en educación".

Contra el normativismo en educación. Por una ética de las excepciones

Fusión de los tres posts sobre las normas educativas en un único documento.

miércoles, 13 de julio de 2011

Versión ePub de 'Poder, espacio e ideología en la virtualidad (texto único revisado)'

Disponible también la versión ePub de "Poder, espacio e ideología en la virtualidad"

Poder, espacio e ideología en la virtualidad (texto único revisado)

Dado que el texto ocupaba tres post, lo he reunido en un único documento, revisando algunas de sus partes.

martes, 12 de julio de 2011

Poder, espacio e ideología en la virtualidad (y iii)

5. Posmodernidad: la escritura sin espacio. Jacques Attali: “la historia es una novela incansablemente reescrita”. Estamos en las metáforas de la escritura. No hay otro punto de partida posible que la reescritura constante del mundo; he ahí el único modo de conjurar la violencia de toda palabra: volverla a “decir”, a escribir, sin la ilusión de la diferencia, sin la alucinación del “sentido”. Y sin la esperanza de perspectivizarla en un contexto histórico.

La virtualidad es el escenario privilegiado en el que se materializa hoy esta desespacialización de todos los discursos, del mismo modo que la realidad es el campo en el que se produce la deshistorizacion generalizada de los acontecimientos. Por tanto, no hay diferencia sustancial entre una y la otra. La producción logarítmica de objetos, artefactos, acontecimientos y memorias sucede en realidad fuera de todo espacio organizador, en la simple movicuidad de las relaciones entre avatares. Nadie teme ya a ningún discurso, y esa es la manifestación más evidente de su poder extático. Se trata del poder de la indiferencia, que consiste en destilar toda fuerza, toda intensidad, todo apasionamiento, a favor de una suspensión del sentido. Es aquí, en esta topología imposible, donde nos encontramos todos, escritores y críticos, estrategas y snobs.

“Estamos atrapados en la verdad de los lenguajes” –continuaba Roland Barthes–. Cierto, pero esa verdad ya no volverá a ser la tematización del mundo en una sóla escritura, por transversal que fuere: pues la pérdida de densidad del espacio virtual es fruto de la fragmentación del mundo y de los relatos legitimantes de la modernidad, que no sólo se autolicuó, sino que disolvió en esa operación todas las energías. De repente todo es desnudado y enfrentado a sí mismo: poder al desnudo, lenguaje al desnudo. Todo es hoy, y lo seguirá siendo, discursivizado: no quedan territorios secretos, rituales, vírgenes, nada que profanar. Y nuestra miseria procede del hecho de que seguimos fascinados por la transgresión, por la escritura como acto tauromáquico –que diría Michel Leiris– o taumatúrgico –como agregaría Ortega y Gasset–. A decir verdad, no podemos soportar la idea que nos estamos quedando sin territorio, y de que los acontecimientos rizomáticos proyectados en las redes no consiguen hilvanar el espacio fundamental, necesario para el orden, para organizar de una vez, y de nuevo, nuestra noción de una realidad auténtica que nos reconciliaría en el límite con nuestra naturaleza en tanto sujetos.

De ahí procede la paradoja fundamental: debemos aceptar la producción incesante de discursos que no transforman nada, sólo anticipan el futuro en un modelo de transformación permanente, lo que nos tranquiliza y aparta de nosotros la pesadilla de la muerte.

Ahora vivimos la conversión de todas las producciones, de todas las cosas, en campos gravitacionales autónomos. Una red cuya topología es constantemente reorganizada por la atracción-repulsión que experimentan sus nodos. Tal dinamicidad es un “efecto” de movimiento, pero, en lo profundo, la impresión de un espacio de discurso no pasa de ser eso, una “impresión”, una huella presente de un futuro que jamás tendrá lugar, dado que ha sido anticipado en este modelo de producción profundamente intemporal.

De forma extraña, y poco comprensible, la posmodernidad nos ha hecho víctimas de la infinita propiedad de fragmentación que poseen el espacio y el tiempo. Vivimos como epígonos tardíos de la teoría de la relatividad. En esta simultaneidad fingida, o simulada, los lenguajes se buscan en su propia recurrencia, en su autofagia, en una torsión sobre sus centros, como si pretendieran canibalizarse a sí mismos. En este escenario sin profundidad, pues, ¿en qué lenguaje nos reconoceremos? Ciertamente, no en el histórico, que dejó hace décadas paso a la desesperación transhistórica, esa desazón que consiste en un no saberse buscar más que asintóticamente, en una ciudad ideal eternamente diferida por definición. La pérdida de la historia como referente, sin embargo, no puede vivirse de modo dramático, sino cómico. No podemos reconocernos ya en tiempos lineales, sino en procesos metalógicos y especulares, que atrapan al sujeto y al objeto en una órbita de reflexión infinita, y ello nos provoca el placer de la desatención y el olvido. Habrá que aprender a soslayar esa sospechosa obsesión por la historia, y preguntarse, puesto que tanto se habló de ella en el pasado, y tanta fue la confianza en su poder redentor, si no estaremos en realidad muy poco seguros de haber pertenecido alguna vez a sus anales.

domingo, 10 de julio de 2011

Sobre las normas educativas (y iii). ¿Masoquismo o incoherencia?

[hace meses que debía haber publicado esta 3ª parte, pero había desaparecido. Hoy ha reaparecido :-)]

Dentro de la vorágine resulta difícil pensar con claridad. Estás en un río. En una inercia, y acabas siguiéndola hasta que dices: stop. Paras, tratas de elevarte por encima del torrente y te pones a mirar el bosque desde lo alto. Bajo mi punto de vista, es en este momento crucial de todo análisis cuando la filosofía puede hacer algo por nosotros. ¿De dónde emanan las normas? ¿Por qué nos hemos dejado arrastrar por esta tolvanera del detalle en la “presunción” de circunstancias que quizás jamás se den? ¿Merece la pena el tiempo y el esfuerzo invertido en legislar sobre improbables porcentajes de casos improbables? ¿O existe alguna otra posibilidad de tratamiento de las excepciones que no implique la sujeción de los individuos a statements que sólo tienen por objeto aplacar la voracidad de la burocracia educativa, encarnada en comisiones, subcomisiones, inspectores y administración?

Reconduzco ya este artículo hacia su objetivo inicial, tras la digresión que constituyó el origen de mi postura sobre las normas educativas. ¿De donde surgen nuestras normas escolares? ¿Qué valor tienen? ¿Qué legitimidad, qué poder, y hasta dónde, deben tener sobre las circunstancias concretas, reales, que se supone han de ser gestionadas por ellas?

Mi postura, en el fondo, es muy simple: quien razona “la norma es la norma”, sin ceder un ápice, está razonando sobre la palabra norma, y no sobre circunstancias que exigen ser tratadas, como aconsejaba Hume, tomando en consideracion las máximas concurrencias posibles. Ha elevado la norma al rango de un universal, y lo ha puesto por encima de sí mismo y de los demás, olvidando su genealogía, su origen. Y, aún más, quien así piensa se arroga la facultad de comprensión del único sentido que concede al término norma. Pero, lo hace sin aportar ni un gramo de claridad sobre su significado.

Las normas no son funciones matemáticas, no son relaciones entre variables independientes y dependientes, y eso es lo que no quieren entender los normativistas. En ocasiones surgen de casos hipotéticos, que aún no han tenido lugar, porque tenemos miedo a caminar por detrás de la realidad. Otras surgen de casos ocurridos que, por su excepcionalidad, se sabe que no representan, ni representarán, un estadístico medio. Otras surgen de casos sobre los cuales hay poca evidencia, o una evidencia sesgada por las presunciones de la comisión que desarrolla las normas, cayéndose entonces en la temible falacia de la generalización precipitada. Otras surgen del deseo de prever lo impredecible. Y siempre, hasta donde he podido comprobar, del miedo y del deseo de seguridad. Protegernos, construyendo esa inmensa muralla china kafkiana que nos asegurará para siempre vivir a salvo de los alumnos, nuestros enemigos del Norte.

Si difícil es establecer un origen y una filiación objetiva para las normas, aún lo es más explicar por qué surge el deseo de la norma.  Bajo mi punto de vista, este deseo es una operación que trata de convertir en modelos racionales aquello que nace de emociones, inclinaciones, serendipitias, vaivenes circunstanciales…, es decir, una operación que deriva al orden epistemológico lo que procede del orden moral. Lo que esperamos es que la “racionalidad” convencional de la ley sirva para soslayar la auténtica falacia naturalista que cometemos al someternos sin excepción al imperio de la Norma.

Concluyo pues, que, dado su carácter tan ajeno al comportamiento humano, desearía que las normas, especie compuesta de conceptos esquizofrénicos y filio-fóbicos, fuesen interpretadas siempre como excepciones, y nunca como normas, aunque esto parezca una contradicción. No debemos deificar las normas en tanto normas. Es lógico que si las normas emanan de la regulación de situaciones anómales, las cuales, por definición, jamás son todas las situaciones, su aplicación siga la misma regla: con ello no estamos contraviniendo la esencia de la norma, y eso es lo que con frecuencia no se quiere entender. Simplemente la flexibilizamos y hacemos depender su aplicación de su propia naturaleza excepcional.

Si es obvio que todo el mundo entiende que “debemos obrar bien” no es una norma que sea deseable cumplir siempre (pues hasta los teóricos más universalistas de la ética reconocen que aquí sólo hay una expresión abstracta de finalidad), porque en sí misma no significa nada (para convertirla en significativa deberíamos, pace Kant, definir bien, contexto, y obrar…) e incluso que incumplirla no significa necesariamente “obrar mal”, ¿por qué nos ponemos tan cazurros en el caso de las normas y reglamentos de convivencia de los centros?

¿Masoquismo o incoherencia?

-Sí, sí, pero.. la norma es la norma, me ha respondido el profesor A.