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viernes, 15 de julio de 2011

A vueltas con el multitasking. La estupefacción del ignorante

No hay temporadita en que no se vuelva a insistir en algún blog, alguna declaración pedagógica o algún artículo de prensa, en el hecho de que nuestros alumnos, en tanto miembros de determinda generación, son una especie evolucionada cuya característica definitoria, o una de ellas, es la multitarea, multitasking en inglés (multifuncionales es otra denominación que se usa como sinónimo y, aunque a mi juicio ambos términos tienen connotaciones diferentes, tampoco pasa nada, creo yo, si, dada la poca importancia de estas reflexiones, los utilizamos indistintamente), dado que son capaces de realizar varias operaciones de cierto tipo a la vez, y de manera continuada. Parece que atienden mejor a varios dispositivos que a uno; que, a imagen de las impresoras-escáner y de los procesadores de 64 bits, se desarrollan mejor en medios tecnológicos complejos que en medios simples. La multifuncionalidad que se les supone tiene que ver con el hecho de que manejan con soltura una consola a la vez que escuchan música a través del mp4, y con cosas tales como que están habituados a manipular dispositivos y servicios de control (mandos) y comunicación (teléfonos móviles, redes sociales) sin aparentemente despeinarse ni perder un ápice de… no queda casi nunca claro si su capacidad de atención, su concentración en las tareas o su efectividad en la resolución de las mismas.

Me parece indiscutible el supuesto de base: la complejificación del entorno sociotecnológico (no sólo del entorno en ciertas franjas de edad) derivada del incremento cuantitativo y cualitativo de canales de comunicación, volumen informativo y sistemas de almacenamiento y proceso. También me parece indiscutible la naturalización que inviste el discurso sobre el uso de estos medios, pues sólo significa reconocer una obviedad histórica: la adaptación al medio y la integración social a través de las prácticas, si no colectivas, al menos colectivizadas: se es social a través de mecanismos de socialización (otra cuestión es que generen una socialidad fuerte o débil –socialidad-), y estos mecanismos operan hoy en gran medida en clave tecnológica.

Incluso podría defenderse que la afirmación inicial no es gratuíta desde el punto de vista de su fundamentación psicológica, pues ya ha llovido desde los estudios de Miller, Hartmann, Severin o Paivio. Posteriormente se ha valorizado, quizás en exceso, la capacidad de multirespuesta sensorial, sobre todo en el trabajo con simuladores, de modo que determinadas profesiones encuentran en la potenciación de estas capacidades el fundamento para elegir los mejores profesionales. No sólo nuestro cerebro es multicanal, sino que esta capacidad puede desarrollarse mediante técnicas, y mejorarse, como casi todo en este vasto mundo de lo humano.

Hasta aquí todo bien. Pero lo que se lee con frecuencia no es exactamente esto. Cuando se utiliza el verbo “ser” para definir la multifuncionalidad de una nueva generación digital hay otras implicaciones que me parecen más discutibles. En primer lugar, se suele sostener implícitamente la existencia de una ruptura evolutiva, la aparición cuasi-mutacional de nuevas capacidades en el cerebro de algunos humanos, y no de otros. En segundo lugar, se hace una afirmación ontológica que, al ser aplicada a seres humanos, emboca los resbaladizos territorios de la antropología. Al decirse que nuestros alumnos son multifuncionales se está diciendo que ésa es su naturaleza, o, al menos, ése es uno de sus rasgos constitutivos esenciales. Este “ser” podría entenderse a la manera de Prensky, como una nativización; pero, a su vez, ésta puede ser aceptada como simple presupuesto histórico, o discutida, por poco significativa: se puede ser hijo de una época sin entenderla un ápice, simplemente, pasando por allí irreflexivamente, o gregariamente, haciendo lo mismo que los demás. Los nativos digitales quizás sean buenos manipuladores, pero no necesariamente buenos “comprensores”. Quizás sean buenos usuarios, pero malos reclamadores, quizás buenos prácticantes, pero poco reflexivos (como la mayoría de los creyentes, por cierto).

Como casi siempre, dentro de los conceptos encontramos un mundo caótico de matices y sesgos. El multitasking no es una excepción. Y, por cierto, desde las Universidades de Michigan y Oxford ya hay quien ha negado la mayor. La multitarea podría no ser más que una secuencia rápida de monotareas. El procesamiento en paralelo, un procesamiento con cambios acelerados de registro, y el sistema neuronal en conjunto, puesto a mil, a imagen de lo que sucede con el mercado actual, un productor de stress e ineficacia a medio plazo. A fin de cuentas, nos vendieron durante mucho tiempo procesadores multitarea sin que yo me enterara, y eso que llevo exprimiéndolos al máximo años. Creo que el buen nativo digital es compatible con el mayor analfabeto tecnológico. Pero también el buen residente. Manejar una cultura es dominar sus códigos, y los códigos culturales no son siempre operacionales, o, dicho de otro modo, generalmente son operacionales, pero del imaginario, de la simbólica.

Ante las afirmaciones de la pujante neurociencia siempre me hago la misma pregunta (pregunta de un lego declarado y quizás sesgada por el hábito de interrogar los fundamentos de toda innovación científica exportada con prisas a la psicología). Si se es ahora multifuncional, es que antes no se era. Entonces, ¿desde cuándo se es? ¿Lo era el cazador paleolítico, trabajando en rigurosa colaboración con su grupo y atendiendo con cada sentido a un estímulo sensorial distinto, tomando decisiones operativas en el momento adecuado, y sólo en ese momento, so pena de perder horas de valioso esfuerzo y de no comer otro día? ¿Lo eran nuestros padres y madres, por relación a un modelo social estable y tradicional, representado por sus padres y los padres de sus padres? ¿Lo fuimos cuando lo institucionalizó el número mágico de Miller? ¿Tan rápido operan los mecanismos evolutivos? ¿O no se trata, técnicamente, de evolución? Y ¿qué pasa con los congoleños? ¿Impide la brecha digital ser nativo, o residente digital? ¿Se puede ser eso a ratos, por vacaciones, o en el norte pero no en el sur? ¿La evolución biológica está dejando paso a la virtual, como pregona T. Arima, o esto es sólo una manera efectista de hablar? ¿Estamos coexistiendo de nuevo neandertales y cromañones? ¿Nos espera a los nacidos antes del boom digital el destino que sufrieron los primeros? ¿Se aplicará aquí la temida máxima de los inmortales: “al final sólo puede quedar uno”?

No digo yo que no haya fundamentos neurológicos para pregonar este cambio biológico en la especie, en apenas quince años. Quizás lo haya, pero ¿no será que en toda iglesia hay más papistas que los propios papas? Yo creo que tenemos demasiada prisa en producir cambios y convertirnos en sus protagonistas. En asistir al nacimiento de un nuevo estadio evolutivo. Las sociedades avanzadas, a poco que se examine la historia, tienden a pensar que su “momento” es definitivo, crucial, incomparable en relación con cualquier otro tiempo pasado. Esto es a veces un efecto antropocéntrico, y otras el resultado de una reconstrucción racional que, en el fondo, poco tiene que ver con la manera en que viven la mayoría de los individuos.

Yo sólo sé que no sé nada, que decía... alguien en Twitter.

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