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domingo, 10 de julio de 2011

Sobre las normas educativas (y iii). ¿Masoquismo o incoherencia?

[hace meses que debía haber publicado esta 3ª parte, pero había desaparecido. Hoy ha reaparecido :-)]

Dentro de la vorágine resulta difícil pensar con claridad. Estás en un río. En una inercia, y acabas siguiéndola hasta que dices: stop. Paras, tratas de elevarte por encima del torrente y te pones a mirar el bosque desde lo alto. Bajo mi punto de vista, es en este momento crucial de todo análisis cuando la filosofía puede hacer algo por nosotros. ¿De dónde emanan las normas? ¿Por qué nos hemos dejado arrastrar por esta tolvanera del detalle en la “presunción” de circunstancias que quizás jamás se den? ¿Merece la pena el tiempo y el esfuerzo invertido en legislar sobre improbables porcentajes de casos improbables? ¿O existe alguna otra posibilidad de tratamiento de las excepciones que no implique la sujeción de los individuos a statements que sólo tienen por objeto aplacar la voracidad de la burocracia educativa, encarnada en comisiones, subcomisiones, inspectores y administración?

Reconduzco ya este artículo hacia su objetivo inicial, tras la digresión que constituyó el origen de mi postura sobre las normas educativas. ¿De donde surgen nuestras normas escolares? ¿Qué valor tienen? ¿Qué legitimidad, qué poder, y hasta dónde, deben tener sobre las circunstancias concretas, reales, que se supone han de ser gestionadas por ellas?

Mi postura, en el fondo, es muy simple: quien razona “la norma es la norma”, sin ceder un ápice, está razonando sobre la palabra norma, y no sobre circunstancias que exigen ser tratadas, como aconsejaba Hume, tomando en consideracion las máximas concurrencias posibles. Ha elevado la norma al rango de un universal, y lo ha puesto por encima de sí mismo y de los demás, olvidando su genealogía, su origen. Y, aún más, quien así piensa se arroga la facultad de comprensión del único sentido que concede al término norma. Pero, lo hace sin aportar ni un gramo de claridad sobre su significado.

Las normas no son funciones matemáticas, no son relaciones entre variables independientes y dependientes, y eso es lo que no quieren entender los normativistas. En ocasiones surgen de casos hipotéticos, que aún no han tenido lugar, porque tenemos miedo a caminar por detrás de la realidad. Otras surgen de casos ocurridos que, por su excepcionalidad, se sabe que no representan, ni representarán, un estadístico medio. Otras surgen de casos sobre los cuales hay poca evidencia, o una evidencia sesgada por las presunciones de la comisión que desarrolla las normas, cayéndose entonces en la temible falacia de la generalización precipitada. Otras surgen del deseo de prever lo impredecible. Y siempre, hasta donde he podido comprobar, del miedo y del deseo de seguridad. Protegernos, construyendo esa inmensa muralla china kafkiana que nos asegurará para siempre vivir a salvo de los alumnos, nuestros enemigos del Norte.

Si difícil es establecer un origen y una filiación objetiva para las normas, aún lo es más explicar por qué surge el deseo de la norma.  Bajo mi punto de vista, este deseo es una operación que trata de convertir en modelos racionales aquello que nace de emociones, inclinaciones, serendipitias, vaivenes circunstanciales…, es decir, una operación que deriva al orden epistemológico lo que procede del orden moral. Lo que esperamos es que la “racionalidad” convencional de la ley sirva para soslayar la auténtica falacia naturalista que cometemos al someternos sin excepción al imperio de la Norma.

Concluyo pues, que, dado su carácter tan ajeno al comportamiento humano, desearía que las normas, especie compuesta de conceptos esquizofrénicos y filio-fóbicos, fuesen interpretadas siempre como excepciones, y nunca como normas, aunque esto parezca una contradicción. No debemos deificar las normas en tanto normas. Es lógico que si las normas emanan de la regulación de situaciones anómales, las cuales, por definición, jamás son todas las situaciones, su aplicación siga la misma regla: con ello no estamos contraviniendo la esencia de la norma, y eso es lo que con frecuencia no se quiere entender. Simplemente la flexibilizamos y hacemos depender su aplicación de su propia naturaleza excepcional.

Si es obvio que todo el mundo entiende que “debemos obrar bien” no es una norma que sea deseable cumplir siempre (pues hasta los teóricos más universalistas de la ética reconocen que aquí sólo hay una expresión abstracta de finalidad), porque en sí misma no significa nada (para convertirla en significativa deberíamos, pace Kant, definir bien, contexto, y obrar…) e incluso que incumplirla no significa necesariamente “obrar mal”, ¿por qué nos ponemos tan cazurros en el caso de las normas y reglamentos de convivencia de los centros?

¿Masoquismo o incoherencia?

-Sí, sí, pero.. la norma es la norma, me ha respondido el profesor A.

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