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martes, 12 de julio de 2011

Poder, espacio e ideología en la virtualidad (y iii)

5. Posmodernidad: la escritura sin espacio. Jacques Attali: “la historia es una novela incansablemente reescrita”. Estamos en las metáforas de la escritura. No hay otro punto de partida posible que la reescritura constante del mundo; he ahí el único modo de conjurar la violencia de toda palabra: volverla a “decir”, a escribir, sin la ilusión de la diferencia, sin la alucinación del “sentido”. Y sin la esperanza de perspectivizarla en un contexto histórico.

La virtualidad es el escenario privilegiado en el que se materializa hoy esta desespacialización de todos los discursos, del mismo modo que la realidad es el campo en el que se produce la deshistorizacion generalizada de los acontecimientos. Por tanto, no hay diferencia sustancial entre una y la otra. La producción logarítmica de objetos, artefactos, acontecimientos y memorias sucede en realidad fuera de todo espacio organizador, en la simple movicuidad de las relaciones entre avatares. Nadie teme ya a ningún discurso, y esa es la manifestación más evidente de su poder extático. Se trata del poder de la indiferencia, que consiste en destilar toda fuerza, toda intensidad, todo apasionamiento, a favor de una suspensión del sentido. Es aquí, en esta topología imposible, donde nos encontramos todos, escritores y críticos, estrategas y snobs.

“Estamos atrapados en la verdad de los lenguajes” –continuaba Roland Barthes–. Cierto, pero esa verdad ya no volverá a ser la tematización del mundo en una sóla escritura, por transversal que fuere: pues la pérdida de densidad del espacio virtual es fruto de la fragmentación del mundo y de los relatos legitimantes de la modernidad, que no sólo se autolicuó, sino que disolvió en esa operación todas las energías. De repente todo es desnudado y enfrentado a sí mismo: poder al desnudo, lenguaje al desnudo. Todo es hoy, y lo seguirá siendo, discursivizado: no quedan territorios secretos, rituales, vírgenes, nada que profanar. Y nuestra miseria procede del hecho de que seguimos fascinados por la transgresión, por la escritura como acto tauromáquico –que diría Michel Leiris– o taumatúrgico –como agregaría Ortega y Gasset–. A decir verdad, no podemos soportar la idea que nos estamos quedando sin territorio, y de que los acontecimientos rizomáticos proyectados en las redes no consiguen hilvanar el espacio fundamental, necesario para el orden, para organizar de una vez, y de nuevo, nuestra noción de una realidad auténtica que nos reconciliaría en el límite con nuestra naturaleza en tanto sujetos.

De ahí procede la paradoja fundamental: debemos aceptar la producción incesante de discursos que no transforman nada, sólo anticipan el futuro en un modelo de transformación permanente, lo que nos tranquiliza y aparta de nosotros la pesadilla de la muerte.

Ahora vivimos la conversión de todas las producciones, de todas las cosas, en campos gravitacionales autónomos. Una red cuya topología es constantemente reorganizada por la atracción-repulsión que experimentan sus nodos. Tal dinamicidad es un “efecto” de movimiento, pero, en lo profundo, la impresión de un espacio de discurso no pasa de ser eso, una “impresión”, una huella presente de un futuro que jamás tendrá lugar, dado que ha sido anticipado en este modelo de producción profundamente intemporal.

De forma extraña, y poco comprensible, la posmodernidad nos ha hecho víctimas de la infinita propiedad de fragmentación que poseen el espacio y el tiempo. Vivimos como epígonos tardíos de la teoría de la relatividad. En esta simultaneidad fingida, o simulada, los lenguajes se buscan en su propia recurrencia, en su autofagia, en una torsión sobre sus centros, como si pretendieran canibalizarse a sí mismos. En este escenario sin profundidad, pues, ¿en qué lenguaje nos reconoceremos? Ciertamente, no en el histórico, que dejó hace décadas paso a la desesperación transhistórica, esa desazón que consiste en un no saberse buscar más que asintóticamente, en una ciudad ideal eternamente diferida por definición. La pérdida de la historia como referente, sin embargo, no puede vivirse de modo dramático, sino cómico. No podemos reconocernos ya en tiempos lineales, sino en procesos metalógicos y especulares, que atrapan al sujeto y al objeto en una órbita de reflexión infinita, y ello nos provoca el placer de la desatención y el olvido. Habrá que aprender a soslayar esa sospechosa obsesión por la historia, y preguntarse, puesto que tanto se habló de ella en el pasado, y tanta fue la confianza en su poder redentor, si no estaremos en realidad muy poco seguros de haber pertenecido alguna vez a sus anales.

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