Páginas

martes, 26 de julio de 2011

La Filosofía en el hipermercado (y ii). El pensamiento cosmético o el sueño de Malraux

[Viene de La Filosofía en el hipermercado (i)]

Patafísica y patáfora quizás sean hoy la única vía de escape a la fatal discursivización de todo lo real, a la conversión de la realidad toda en narrativa. A través de estas formas de expresión el saber reflexiona, se dobla, sin cesar sobre el saber, según un dicurso que, otra vez en palabras de Barthes, no es epistemológico, sino dramático.

Sin embargo, este precio al que se obliga la Filosofía, el saber reflexivo por excelencia, la sitúa en el futuro, y quien sabe si para siempre, entre los objetos de consumo y, por lo pronto, le presta un lugar junto a los productos del hipermercado: una sobresaturación simbólica, un obsesiva producción de etiquetas, de marcas, de discursos, cuya importancia ya no radica en su función crítica (en remitir, por ejemplo, a un producto efectivamente consumible, o a un contenido efectivamente representativo), sino más bien en su función teatral y cómica. Una escenificación del medio contra el horizonte difuso del mensaje, un desvanecimiento del sentido en el horizonte desvaído de la verdad: he aquí lo que aguarda a la Filosofía. Se alinea así, indefinidamente, junto a los productos adelgazantes y los cosméticos. ¿Revelará esto la abolición, el fin (¡y la finalidad!) de lo real en sus modelos?

 *     *     *

Douglas Crimp: “La ficción del sujeto creador cede el sitio a la franca confiscación, la toma de citas y extractos, la acumulación y repetición de imágenes ya existentes. Se socavan así las nociones de originalidad, autenticidad y presencia esenciales para el discurso ordenado del museo”.  Definitivamente, la figura del museo tradicional -lugar en el que, como en la Filosofía, el lenguaje funciona en su modo simbólico- ha sido desplazada por la figura del megacentro comercial, del hipermercado –donde sólo existe una circulación transicónica, semiotización múltiple de los signos-. El museo, desbordado por la dialéctica autónoma de los objetos, ya no quiere escenificar por más tiempo su propia trascendencia, se extirpa de sí mismo y se extiende bárbaramente a todos los rincones de lo social (todos nos convertimos en objetos de la mirada de los modelos museificados de la sociología, la estadística, la antropología, la etnología… Somos implicados, solicitados, obligados a existir en tanto sujetos, ya que no somos capaces de existir de manera individual y autónoma).

Pero para realizar semejante operación, la museificación transforma la estructura de su propio discurso: éste no volverá a ser categórico, taxonómico, organizador, pues en él se ha perdido la memoria de su objeto. El sueño de Malraux, un lenguaje fotográfico universal en el que constantemente se recompondrían nuevos órdenes de iconicidad con sólo barajar las fotografías, se hace extensivo ahora a la Filosofía, precisamente porque la ilusión transicónica se ha escenificado como nunca en el objeto consumible e infinitamente re-representable al que tiende todo objeto de conocimiento: un mismo tipo de lenguaje, de enésima metadimensionalidad, atraviesa transversalmente el saber para ubicarse, antaño fue en las bibliotecas y los museos, hoy en la adventicia contingencia del hipermercado. Un circuito de slogans que se citan en círculo, o que reflejan infinitamente a su objeto (por ejemplo, slogan-modelo: “se impone la forma”. No hay pregunta posible más allá: se impone la forma. Los objetos: cremas adelgazantes, lácteos desnatados, bronceadores de zanahoria… El sujeto: un sujeto-marca cuya ontología se construye por reflexión con el objeto. Toda taxonomía deviene ahora un efecto de simulación: el sujeto no responde con acciones a su solicitación, sino que él mismo es la respuesta a esa invitación a la existencia). Se cierran series de mutua citación simbólica y se produce así una relación transicónica, exclusiva, entre objetos semiotizados, sobresignificantes, o, lo que es lo mismo, “semiorrágicos”, vacíos de representación real fuera de su propia especularidad.

En el arte, la reiteración, la parodia, la ironía de Calvocoressi, representan el punto álgido de la universalización de las ficciones. Esta paródia es un límite extático, en el que se desestructura lo real por el procedimiento simple de apropiarlo en un nuevo nivel de iconicidad: robarlo, re-presentarlo con la sóla alteración de la rúbrica. La Filosofía, sin objetos sobre los que reflexionar, los inventa, inventa sus fuentes, distorsiona o confisca la historia. Quizás Descartes no escribió su Discurso del Método, sino que lo robó, literalmente hablando, a Dionisio Areopagita. Y Malebranche murió –como sugiere De Quincey- a manos del obispo Berkeley.

Pero, en el límite, lo que la conversión de todo discurso en signo de otra cosa produce es un achatamiento del tiempo y una detención absoluta de los acontecimientos. Una disolución final de los eventos en el efecto mismo de su anticipación. Es igual que esa voracidad manifiesta de la web 2.0. por producir betas permanentes de los valores sociales. La sobreproducción simbólica, la inflación de conocimiento por redundancia, el eterno barajar de Malraux sólo producen una planicie en la perspectiva de la historia. Las cosas, los objetos y los discursos trastocan el orden de su aparición, se altera el orden de las causas y los efectos, y se presentan referenciales que jamás tendrán lugar, pero cuyos efectos son experimentados en el hecho de su propia anticipación. Dado que el poder de producción de realidad se ha perdido en este universo transhistórico, lo que se manifiesta en su lugar es un poder extremo de los modelos para simular discursos y valores que, como en Lo Único y su Propiedad, de Stirner, no hablan más que de sí mismos. El anuncio de un anuncio real, como las “citas” que tomara Calvocoressi de Leonardo, Rembrandt o Braque, como mi propia cita de Billard) supone ya su escenificación, su solución, fascinante puesto que lo hace aparecer maravillosamente desprovisto de trascendencia, esto es, sin sentido y sin tiempo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Deja aquí tu comentario...