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sábado, 23 de julio de 2011

Contracorriente. Homenaje mínimo a Lucien Freud

Lucien Freud con su modelo

Ha muerto Lucien Freud, el anti-nietísimo, pues adquirió a través de sus lienzos la personalidad independiente y radical propia de aquellos a quienes no les importan sus orígenes. Más aún, en ocasiones parece que sus cuadros se burlaran de la exploración del inconsciente de su abuelo Sigmund, visibilizando los “chistes”, las bromas que decía encontrar en sus libros. De buen seguro mató bien pronto la raíz surrealista a la que, casi de modo natural y como por obligación, debía impelerle su genealogía, para destaparse como un “original”, un pintor de pintura y pincel, difícil de clasificar, de definir, y refractario a toda escuela, por más que la crítica lo asignara –es su trabajo–, junto a su amigo y espejo, Francis Bacon, a la Escuela de Londres.

Francis Bacon. Estudio de cuerpo humano
Descubrí a este hombre en los ochenta, cuando aún había de pintar grandes e inquietantes lienzos, y hasta hoy sólo he visto en directo las pocas obras que el Thyssen posee, cuatro creo, entre ellas una de las peores, el retrato del propio barón. Pero lo he mirado y remirado hasta saciarme, y en mi modestísima e inconfesable aficción a estropear pinceles y pigmentos le he copiado, sin conseguir ni un asomo de vida en esas operaciones. Le descubrí en los ochenta, digo, en las noches locas de Valencia, en las que la transvanguardia de Achille Bonito Oliva se adueñaba literalmente de las paredes de pubs y salas de exposiciones, el neoexpresionismo brutal y de dimensiones antitransportables parecía abrirse paso en Arco, y mis amigos artistas reinterpretaban a David Hockney sobre t-shirts fluó, puestos de coca hasta el culo, vistiendo hombreras gigantescas y con poses de leopardo excelso en tonos pastel.

Y me pareció un genio, un indignado de los tiempos y una demostración viviente de que, al fluir de los colores lánguidos y el tiempo posmoderno de la condescendencia y la disgregación, podía oponerse con honestidad y rigor la tecnología de resistencia del empasto. Un poco lo mismo que sucede hoy, en este marasmo del conocimiento abierto, la socialidad-red y la esperanza en que todo va a cambiar a base de repetir que cambia, de que algo maravilloso va a pasar, como en el relato de Heinrich Böll, y nosotros vamos a ser excepcionales, privilegiados testigos históricos de ello.

Lucien Freud. Durmientes
Lo que este hombre provoca en mi mirada es, de entrada, admiración. Porque, especialmente su obra más reputada, realizada desde la década de los 50 del siglo pasado, tras un minucioso entrenamiento en el dibujo, tiene el poder de crear surcos en la conciencia, tan profundos como los de los propios cuadros, a pesar de la simplicidad de sus temas. Yo miraba esos hondos meandros abiertos por sus pinceles, que hacia 1954 dejan de ser de marta y se vuelven duros, y atisbaba cómo, en un panorama artístico en el que el marchantismo capitalista hacía estragos, que daba la bienvenida al expresionismo abstracto y anunciaba el pop y la era de lo efímero en el arte, este hombre se abría camino reivindicando la figuración, el drama y el humanismo, cual maestro griego o Leonardo del siglo XX, con el que, por cierto, compartía la aficción por la observación de los rasgos de personajes anónimos, expresiones callejeras, posturas del lumpen, olores de pescadería ambulante. Leonardo los incoporó a veces a sus obras. No así Freud, quien, a pesar de elegir vivir en barrios tumultuosos, desdeñando los perfumes de la City, realizó ese minucioso trabajo de campo, esa antropología del gesto laboral y cotidiano, sólo para arrancar el alma de sus víctimas y usarla en beneficio propio.

El intento de Freud de atravesar el lienzo con su pincel, de abrirlo en canal, es correlativo de su forma de entender el objeto de la pintura. Yo no creo que sus obras reflejen la soledad. Al contrario, la elección de los personajes (siempre su elección, muy pocas veces la elección del cliente, posiblemenete ni en el conocido caso del retrato de Isabel II), cercanos, familiares, la incorporación de mascotas al cuadro, la aparición del propio pintor en la escena, son un guiño a una especie de you never walk alone que cada alma grita a su vecina. Sin embargo, esto no siginfica que no sea un autor profundamente individualista. Un autor del sujeto y para el sujeto, del no-fututo (“no pinto lo que mis personajes quisieran ser, sino lo que son” –viene a decir–).

Andrew Wyeth. Helga's Series
Tampoco veo en él a un autor provocativo, ni escandaloso. Como en una especie de escritura automática, Freud se deja llevar por el dictamen de la naturaleza humana, que conoce perfectamente tras una vida de convulsión. La desnudez permanente, la ostentación del sexo, la deformidad, decrepitud, obesidad o delgadez extremas, las posturas "oferentes", no son más que la vida real, la vida sin ropajes. Sus desnudos no provocan, sino que enfrentan al ser humano a la verdad de sus propias pasiones, al producto de una naturaleza mediatizada por la realidad externa, que, en todo caso, queda desdibujada y elíptica en su obra. No somos modelos estilizados. Somos aguadores velazquianos, gordos y gordas rubensnianos; somos feos reyes goyescos y, a veces, nos devoramos y nos damos la espalda tras hacer el amor, follar, quizás sería más justo decir, en el contexto de su obra animal.

Honoré Daumier. Don Quijote leyendo
Y diga lo que diga él, sean cuales sean sus raíces, yo veo en su trabajo menos a Ingres o Cézanne (recordemos su after Cézanne) que a otros genios. Pues ésa es la grandeza de una profesión que, como la pintura, cede a la posteridad la obra tras la muerte de su creador. Ahora es de cada uno de nosotros, sometida a constantes relecturas, al vaivén de nuestra memoria. Creo que es un heredero, intérprete enorme, gigantesco, de tradiciones que arraigan en el humanismo desencarnado y antiidealista, obrero, del siglo XIX. No sólo, ya lo he dicho, hay un goya negro en su mirada. Cuando vi sus primeros retratos no pude dejar de pensar en Honoré Daumier. Porque, como él, sus figuras no son genéticas autónomas, triunfalistas, sino productos de una naturaleza machacada y contextual. Y siempre son excrecencias, grandes olvidados, seres anónimos o posiblemente héroes, nunca lo sabremos, cuyo exponerse sin tapujos es la mayor expresión de la revolución.

Van Gogh. Los comedores de patatas (fragmento)
Pero ni Goya, ni Daumier, ni Cézanne, ni el propio Francis Bacon, no. Ver una obra de Freud es captar de inmediato la relación entre los personajes y la atmósfera que los evuelve. Es como decir: dado ese contexto particular, no hay otra representación posible que esa figuración. La atmósfera, combinación de luz y tonalidades, es fundamental en Freud. No es una atmósfera densa, ni oscura. Al contrario, está repleta de luz, como para reivindicar de nuevo la transparecia del alma, esa no-ocultación del sentimiento casi rousseauniana. Y es aquí cuando evoco a Andrew Wyeth, en mi modesta opinión uno de los mejores retratistas del interior de la historia. Las atmósferas son diferentes, cierto: la luz faulkneriana avant la lettre, el claroscuro de habitaciones y graneros, el calor y el secreto de las Helga’s Series, por ejemplo, en Wyeth. Y la luz prístina de Freud, en la que no cabe el secreto, pero que resulta profundamente inquietante, al contribuir a la sobreexposición de las figuras. Dos atmósferas distintas que, sin embargo, confluyen en idéntico final: una desnudez que contraviene las normas sociales, que nada contracorriente, no por lo que la figura expresa, sino por lo que calla, por el profundo realismo que hay detrás de cada mirada. La pintura de Freud nos enfrenta al hecho, probado numerosas veces en la historia, de que en realidad cada uno de nosotros, aunque vistamos Gucci, no somos más que prosaicos comedores de patatas.

3 comentarios:

  1. Siempre me han parecido sus personajes puras esculturas. Nunca sé si eso es aceptable o no...

    Su obra me impresiona y emociona, en especial me sucede con "Último retrato". Esta obra me deja un regusto a medio camino entre amargura y paz muy curioso.

    No me es extraño que sea un artista que deje huella en quienes amamos las manifestaciones artísticas...

    MJ

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  2. Suspongo que es aceptable. Determinadas "marcas" pictóricas, huellas y empastos son por naturaleza cercanas a la escultura. Se agrega pigmento para luego modelarlo con el pincel.
    A Último Retrato le sucede un poco como a la cara de La Gioconda. Una ambigüedad natural. De nuevo, un valor más potente por lo que calla que por lo que expresa.

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