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jueves, 28 de abril de 2011

Purpos-ed. 500 words. Educación y transformación social. Esperar a Godot (*)


Barbarus hic ego sum quia non intelligor illis
(“Extranjero soy, puesto que no me entienden”)
Ovidio

El lema

El lema, ya clásico: “la educación es el agente más poderoso de transformación y cambio social”, era un buen lema. Probablemente era una conclusión empírica, que no una ley, derivada de las tantas ocasiones en que, en la historia, la formación de nuevas generaciones contribuía decisivamente a cambiar hábitos, más allá de la natural evolución de los mismos. Sería ridículo, a ojos de la mayoría, negar, así, en general, el papel crucial de la educación en la evolución de las sociedades. El problema, sin embargo, se encuentra en la apostilla “en general”.

Pues no basta con exponer la confianza en la educación como factor transformador, sino que hay que establecer a la vez sistemas de verificación: "la afirmación debe afirmar la prueba". De lo contrario, nuestras palabras corren el riesgo de convertirse en soflamas, nuevos eslóganes, simples predicamentos biensonantes. ¿Cómo sabemos que determinados hitos en el devenir humano son producto de la “educación”? ¿De la educación de quién? ¿En qué lugares? ¿De individuos aislados? ¿De unos pocos? ¿De todos? ¿De los modelos educativos? ¿De las instituciones educativas? ¿De las políticas educativas?

Perspectivizar

De la mano de la necesidad adaptativa nació la asombrosa capacidad transformadora del homo faber. De la misma raíz de modelos sociales autárquicos y teóricamente opacos a la cultura, como el feudalismo, han emergido auténticas ideas revolucionarias: la lógica, el paradigma de las máquinas… Exceptuando las sociedades anteriores a la historia, resulta que las ideas transformadoras se han fraguado en el interior de los sistemas del conocimiento, conceptualmente estructurados para vehicular un saber oficial y, a la vez, contra esos sistemas del conocimiento: los sofistas pusieron en jaque a los modelos mítico-transmisivos del saber en la época clásica, sin cuestionar la oralidad, los nominalistas a la arquitectura del saber escolástico, sin cuestionar la lógica, los heliocentristas a la centralidad del la tierra, sin cuestionar los círculos… Se da la circunstancia de que todos estos fenómenos han tenido lugar “educación” in absentia, es decir, de modo independiente de la existencia social del hecho educativo, ése que fascina a los teóricos desde principios del siglo XX, hasta hoy.

Y aún otros muchos casos, en los que medió una “institución educativa”, tanto da la Academia platónica, el Liceo aristotélico o el museo de Alejandría (y que no nos confunda el sentido extremadamente actual de la expresión “institución educativa”, por favor), lo cierto es que el saber avanzó desde sus entrañas y contra sí mismo, pues así, desde dentro y contra él, como Bruto a César, le nació el Estagirita a su maestro ateniense, y lo suyo le costó a Arquímedes imponer su vocación de ingeniero contra la dominante analítica, euclidea y formal que regía la visión de las matemáticas en Alejandría.

Así pues, historia en mano, poco tiene que ver “educación” con progreso en el conocimiento y transformación de las sociedades. O, en todo caso, poco tiene que ver, si nos atrevemos a ponerle nombre y apellidos al concepto de “educación”, que debería tenerlos, si representa en realidad tan elevada ontología como su presencia en nuestros discursos denota.

La “idea” de educación

La educación no es nada, como no es nada el color rojo o la idea de España. Hay cosas rojas, hay luz roja, y hay ideas rojas, lo cual indica que lo “rojo” es cada vez una cosa diferente. Hay gente que tiene una idea de España y gente que tiene otra idea de España. La obsesión por los modelos, por homogeneizar, nos hace hablar puerilmente, y quizás a veces abreviar, pero, a la larga, eso es pan fácil para hoy y hambre dura para mañana: con los principios generales es tan fácil colegir como disentir. La “educación” no es nada. Y no sólo porque, de ser algo, sería un “proceso”, y los procesos se caracterizan por no ser sino duración y no tener sentido más que holísticamente. No es nada, fundamentalmente, porque la educación debe tener que ver con concreciones, si, de acuerdo con el lema, tiene un carácter “transformador”. En otras palabras, hay personas muy bien educadas, como las ha habido siempre, niños bien educados, jóvenes encantadores y vejetes de ensueño. Pero un niño bieneducado deviene un día un borde, o se lo hace cuando viaja al país de las libertades; un joven malhablado, peleón y capullo se convierte en un hombre decente, que desea que su hijo no deambule por los mismos senderos por los que él transitó, y se deja el alma en el intento. Y hay estupendos vejetes que un día cruzan cables y degüellan a su indefensa mujer de 75 años. La educación no nos hace necesariamente mejores personas, igual que los actos heróicos no curan necesariamente la estupidez del héroe.

Habrá diferentes momentos del “proceso” educativo que son significativos, pero la educación es una nada intangible que va y viene, que depende de imponderables, es contrainductiva, no es lineal ni acumulativa, tiene emergencias y desapariciones, y un día somos encantadores para un vecino y otro día insoportables para otro. Y somos conscientes de ello. A veces decidimos hasta dónde y hasta cuándo queremos "ser educados. La educación es un chiste de médicos. Un día nos paramos a pensar que ya nos gusta la historia, que no soportábamos de niños, y otro coleccionamos documentales sobre la naturaleza, a los que nos hemos aficionado a través de viajes, cuando nos suspendían ciencias naturales. Unas veces confiamos en las nuevas tecnologías y otras nos parecen las responsables del fracaso escolar actual y la estupidez generacional. Y, cuando miramos hacia adentro, descubrimos que el concepto de “educación”, en tanto axioma, en tanto lema, en tanto modelo, es incapaz de explicar por qué ya no somos como éramos, ni de explicar si somos mejores, peores, o ni mejores ni peores. Sólo somos, vivimos.

La Pedagogía y los modelos

En definitiva, me declaro incapaz de entender el “lema”. Soy incapaz de juzgar un concepto en abstracto, en el vacío, más allá de sus determinaciones, de su materialidad. Soy incapaz de pensarlo como Kant proponía: en su apriorismo, como un fin sin finalidad. Seguramente soy un mal filósofo; de hecho lo soy, pues no concibo un lenguaje que sea capaz de transitar sólo entre conceptos. También soy incapaz de juzgar modelos. Por eso me cuesta tanto creer en la Pedagogía como la ciencia que motoriza el cambio, en sus teóricos y en sus constructos sabelotodo. Yo creo en la iglesia, pero no en Dios.

Ha habido miles de circunstancias invisibles en la historia que han propulsado el saber humano hacia otras cotas. Por mucho que lo pienso, no veo nada llamado “educación” a secas, que sea material y objetivo a la vez, implicado en ellas. Es más, percibo que sólo a posteriori, a veces tras mucho tiempo, hemos conseguido insertar en una “reconstrucción racional”, como la llamaba Imre Lakatos, hechos que en su momento pasaron desapercibidos para todo el mundo, dándoles así un sentido, y permitiéndonos afirmar, a balón pasado, que esos hechos supusieron una transformación y una evolución de la sociedad hacia mejor. Lo que sabemos de la educación es fruto, de nuevo, de una de estas reconstrucciones racionales, y lo que esperamos es derivar, para el futuro, modelos que provoquen los cambios que en el pasado han sido sólo el efecto de nuestos modos de reconstrucción, de nuestra perspectiva teórica. Esperar a Godot.

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(*) Versión para Purpose-Ed ligeramente abreviada el post publicado en este mismo blog.

4 comentarios:

  1. πάντα ῥεῖ, ὦ διδάσκαλε!

    Imagino que te llegarán mis aplausos, qué bien escribes, maestro. Voy a quedarme con varias de tus sentencias, cuánto hubiera disfrutado Sócrates contigo, seguro que se hubiera quedado con la boca abierta como me quedo yo cuando te escucho o te leo, que viene a ser lo mismo, porque leyendo tus palabras escucho tus énfasis y veo la gesticulación de tus manos. Qué gustazo leerte, Paco.

    Sobre el contenido, que también es importante, estoy totalmente de acuerdo en la "fluidez" de los procesos. Es difícil hablar de modelos unitarios cuando cada proceso depende de muchas circunstancias. Aceptar esa diversidad es ya un modelo o un espacio común en el que movernos y sobre el que dialogar. En fin, que tus palabras me van a tener entretenida un buen rato, lo que ya es mucho más de lo que consigue la mayor parte de lo que leo en red cada día.

    Muchas gracias por este regalo de artículo, qué gusto leerte.

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  2. Por si alguien no lo ha entendido, os lo resumo: cada mochuelo a su olivo.

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  3. Ana, qué puedo decirte. No había tenido oportunidad de responder a tus encantadoras palabras. Ya sabes que son más de lo que merezco. Muchísimas gracias por tu amabilidad escrita, que se ve superada en mucho cuando, como yo, se tiene el honor de conocerte personalmente.
    ¡Miles de gracias!

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  4. Sin lugar a duda la mejor definición de la evolución del ser humano. "...Un día nos paramos a pensar que ya nos gusta la historia, que no soportábamos de niños, y otro coleccionamos documentales sobre la naturaleza, a los que nos hemos aficionado a través de viajes, cuando nos suspendían ciencias naturales..."
    Creo qué, con este articulo, has planteado la pregunta perfecta! Has reunido los infinitos "Por Que?" en unas pocas frases. El camino... en el camino esta la respuesta. Machado ya lo dijo..
    "..Caminante, no hay camino,
    se hace camino al andar..."

    Lo unico y imprescindible son las heramientas intelectuales, que por desgracia, no la educación siempre te da. Pero mientras haya personas que despirtan tus ganas a andar, camino siempre abra...

    Saludos,
    Valentin

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