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domingo, 24 de abril de 2011

La tecnología como "verdad incómoda": Actitudes vs. Mecanismos

INTRODUCCIÓN A LA PONENCIA

Ver la presentación, al final del post.
Al plantear el hecho de la Tecnología (Internet, herramientas y espacios virtuales..) son posibles varios puntos de vista, así como varios niveles de concreción. Por ejemplo, las consideraciones sobre si la tecnología nos vuelve más superficiales o no, ahora de moda por la reciente publicación en nuestro país del libro de Nicholas Carr constituyen un posible punto de vista. Y pasar del significado general del término “Dos punto cero” a la “Escuela 2.0” es una de las maneras de concretar el discurso. Originalmente había previsto una intervención ligeramente diferente a ésta, pero al tener en cuenta el enfoque de mi compañero de relatorio, que aborda la relación tecnología-metodología, y dado que en el posterior debate descenderemos a la concreción que representan el aula y la práctica educativa, he preferido plantear mi intervención en un plano más filosófico, aunque entiendo que pragmático.

He optado, pues, por el enfoque que he denominado: “Actitudes vs. Mecanismos”, es decir, por el intento de mostrar (una vez más) por qué el discurso tecnológico, en manos de profesores y profesoras, es una cuestión de actitudes y valores, antes que de máquinas. Me parece una aproximación conveniente, dado que tras mucho utilizar el término “2.0”, aún no encuentro mejor definición que la que la caracteriza como una actitud que ha de suponer algún tipo de compromiso ético. Toda actitud es individual, de modo que ello implica, en primera instancia, posicionarse en el convencimiento de que tras los perfiles, los movimientos y los avatares virtuales hay personas y no entidades no identificadas. Dicho al margen, otra gran batalla actual es la de definir los criterios para una idendidad digital coherente y rica.

Quiero mostrar que la idea de lo tecnológico como actitud no es nueva, y es una condición histórica del avance del conocimiento, pues lleva implícito un set de valores de tipo social que se refiere a la apertura, la colaboración y la superación del individualismo y el aislamiento de las disciplinas. Este set de valores ha caracterizado el trabajo de personas que vislumbraron en cada momento histórico la necesidad de desarrollar códigos representativos nuevos, sin que aquí haya la menor apuesta por la doctrina de los grandes hombres, esos que, según Hegel, habrían entendido los “signos del tiempo”. No se trata de eso.

En mi intervención hay dos temas implícitos, lo que significa: sólo apuntados, por una elemental cuestión de tiempo:
  1. En coherencia con lo que acabo de expresar, la ética, y su vertiente más operacional, la deontologia, debe presidir hoy toda aproximación al uso educativo de las Tecnologías de la Información, lo que pone a nuestro colectivo ante el reto que consiste en dominar el código tecnológico para defender y promover un uso alejado por igual del oscurantismo y los prejuicios relativos a la utilización de herramientas y entornos virtuales, y de apriorismos de tipo platónico sobre la tecnología como hecho sobrevenido, no esencial o distorsionador ideológico de una presunta realidad auténtica. El avance en democracia digital y en e-ciudadanía me parece crucial en este sentido.
  2. La segunda cuestión es la que plantea el discurso tecnológico como una opción entre otras. A mi juicio, la tecnología hoy no es una opción: es una ecología. He denominado en otro estudio a este panorama “postecnológico” dado que todas las operaciones culturales pasan a redefinirse ahora mediante un código que se ha convertido en modelo anticipador de cualquier realidad posible. Lo virtual no es más que lo real mirado con los ojos de este nuevo código. Jean François Lyotard, en su premonitorio libro La condición posmoderna. Informe sobre el saber, publicado en 1979, apuntaba ya perfectamente este desplazamiento de la realidad a lo traducible digitalmente, además de otras cuestiones a mi parecer sumamente premonitorias, relativas a la transformación del propio discurso legitimador de los valores culturales, pero que ahora se alejan de nuestro objetivo.
¿Por qué considero la tecnología como una “verdad incómoda”? Decía Bertrand Russell que las definiciones, en un discurso filosófico, deben venir al final y no al principio. Así pues, espero resulte obvio tras la intervención que la idea de inyectar valores y actitudes en el uso de la tecnología es incómoda para aquellos agentes sociales que quieren reinvertir a toda costa un modelo reticular descentralizado y diseminado de relaciones, como el que propone hoy el medio digital, en una economía simple de inversión-beneficio. Esto es patente en diferentes niveles: desde los que se resisten a investigar nuevos modelos de negocio para sus actividades económicas, apegados a sus privilegios monopolistas (¿les suenan las editoriales? ¿la música y el cine? ¿las defensas cerradas de los derechos de propiedad?) hasta quienes se empeñan en definir lo que es creativamente legítimo y lo que no, y, en dicha operación, quiénes son creadores legítimos de cultura y quiénes son sólo (meros y paganos) consumidores de cultura. Ello también incluye a los estados, para quienes la posibilidad de que la información viaje de modo libre y transparente a lo largo del globo, y en tiempo real, supone la mayor amenaza histórica a su legitimidad, al evidenciar la ilegalidad y mezquindad de muchas de sus prácticas.

LA PRESENTACIÓN

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