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domingo, 16 de enero de 2011

El recurso a la libertad de las ideas en la sociedad postecnológica

Quizás no sea normal, ni ortodoxo, pero la discusión, rediviva hoy, sobre la ley Biden-Sinde, me trae a la cabeza un fragmento que forma parte de mi libro Postecnologia ¿El final del sueño? Sostengo que tras los movimientos en torno al “derecho” de propiedad hay una voluntad de dominar un código expresivo, un lenguaje, un territorio, mediante la estrategia de definir tendenciosamente lo que es creativamente legítimo y lo que no. Lo pongo a vuestra disposición:

“Cuando el sistema-global Tecnología disuelve (en un movimiento en apariencia paradójico, pero fruto de su propia lógica) la posibilidad de una universalización efectiva de sus ventajas, queda el recurso a la libertad individual, de las ideas propias, la vuelta al Yo, a la creatividad suprema de lo íntimo. Sin embargo, ¿cómo podríamos reivindicar los actos de un sujeto inexistente?, ¿cómo podríamos reclamar como fin las performances de lo privado, si tales sistemas dobles, lo privado y lo público, han colapsado, precipitándose el uno contra el otro?
Internet se presentó originariamente con las credenciales de un sistema neutro, descentralizado y libre. Neutro con respecto a los contenidos (canal o medio de propagación), descentralizado con respecto al control de los mismos (inexistencia de un poder central), libre con respecto a los cánones sobre la información (una sociedad virtual de conocimientos compartidos y de acceso instantáneo). Hoy nadie cree en esta carta de naturaleza, por mucho que se quiera defender que tales notas siguen presentes en la cabeza de muchos altruistas de la Red. Por ejemplo, la neutralidad con respecto a los contenidos es difícil de sostener si el método de rastreo de los mismos se parece al sistema de la “carta forzada” que practican perfectamente los magos e ilusionistas, y a través del cual hacen creer a ese individuo colaborador y sonriente, sacado del público, que su elección del naipe es libre. O si tenemos en cuenta que, contra lo que declaraba Krishna Bharat, el director científico de Google (“los algoritmos no son ni de derechas ni de izquierdas”), los algoritmos son escritos por personas de derechas o de izquierdas, lo cual, naturalmente, significa que se les puede hacer funcionar en un sentido o en otro.
En la sociedad virtual, el sistema-global de la Tecnología extiende sus tentáculos sobre la Red, entendida como estructura en la que materializar sus intereses económicos. El nuevo escenario debe ser controlado. Como ha señalado en repetidas ocasiones Lawrence Lessig, progenitor del proyecto de licencias libres en la Internet, a la lógica de proliferación de medios y lenguajes le corresponde en los últimos veinte años, una lógica similar, pero de sentido contrario, de concentración de la propiedad de tales medios y lenguajes. Este proceso, afirma Lessig, no tiene parangón en la historia. La web no es newtoniana, pero los movimientos del sistema económico sí, pues pretenden a toda costa reducir la complejidad a principios de acción-reacción, costes-beneficios. Así las cosas, es obvio que tales tendencias bipolares (la web debe ser analizada, no en términos de conceptos, sino en términos de polaridades orbitando en conflicto, amándose y odiándose, atrayéndose y repeliéndose a la vez; no hay otro camino que pensar la contradicción y utilizarla como recurso metodológico) son determinantes del modo en que se producen, codifican y distribuyen los contenidos. La libertad de las ideas, cuestión que implica directamente a la de la creatividad individual, se quiere por todos los medios reubicar en el escenario de  la “economía de las ideas”. El deseo de toda economía de las ideas, señala Lessig, es crear incentivos para producir y trasladar lo producido a un sistema de patentes intelectuales lo antes posible. Y el mundo digital, aún “cosificado” (hablando en términos de mercancía), se parece al mundo de las ideas, más que al mundo de las cosas.
La constricción de la libertad creativa apoya por otro camino la tesis de que también en el ámbito de lo privado asistimos a un espectáculo de ilusionismo y simulación. El desarrollo libre de ideas debe necesariamente respetar los límites impuestos por varias “capas” que, en distinta medida y forma, son las que hacen posible que exista expresión propiamente dicha: la capa física o de soporte, la capa lógica o de código y la capa de contenidos. Puede demostrarse que la lógica de la concentración tiene su motivación en la voluntad de controlar rígidamente, mediante leyes de propiedad, la totalidad de esa estructura. Esto no sólo significa establecer medios de pago, recompensa o, en su caso, gravamen de las producciones digitales intelectuales; o barreras de protección (industriales, legales, etc.) en todos los niveles antes mencionados, sino, más fundamentalmente, controlar las dicotomías: establecer criterios de legitimidad sobre lo que es creativamente legítimo y lo que no, enviando con ello el concepto de creatividad al limbo de las falacias.”

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