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domingo, 15 de agosto de 2010

Poder, espacio e ideología en la virtualidad (i)

1. ¿Existe el poder? En la edad posmarxista y posguttenbergiana del capitalismo desublimado, del individualismo calvinista y brutal, de las noticias visuales y la circularidad de los lenguajes (un solo lenguaje, gustaba decir Barthes, comienza a circular por todas partes; un "neolenguaje", afuncional y neurótico, se ha instalado por doquier, desde la literatura americana de las últimas décadas —Carver, Easton Ellis, McInerney, Leavitt, Anne-Philips...—, hasta el propio pensamiento autófago del cierre, —Derrida, Deleuze, Baudrillard, Fukuyama, Lipovetsky...—), el poder, conforme a los últimos análisis serios de fines de siglo, no sólo se ha desterritorializado, sino que ha adquirido la fuerza de la desmaterialización, la propiedad reversible de la ener­gía, el carácter vectorial de los campos de fuerza. Estamos sometidos a un campo de poder invisible, lo que no tiene nada que ver con aquél del que hablan los teóricos de la democracia, sino con una suerte de hiperpoder que no consistiría en la oposición de relaciones de fuerza, de interpretación o exégesis, ni tampoco en la penetración de todas las escrituras por el aguijón de la ideología; antes al contrario, todo eso se ha como suspendido, en favor de una disuasión generalizada: pérdida completa de la teoría, flotación de todos los discursos, sin índices comparativos u opositivos probables, sin fuerzas para acometer su categorización. Corresponde esta fase a la de la purificación del lenguaje, instante en que los lenguajes, cansados del juego del gato y el ratón con la realidad, se desenmascaran definitivamente. Ahora el decir está sublimado hasta ese punto supercrítico en el que basta con una pequeña modificación de alguna de las variables para que, como sucede con los estados fluídos, todo quede absolutamente desestabilizado. Vivimos hoy ese punto de indiferencia de los lenguajes: de repente ya no sabemos qué sentido tiene cuanto estamos diciendo.

Hablar, sin más, se convierte en un ejercicio de poder. Preci­samente ahora, que todos viven las formas positivas, inclusivas y emergentes de la virtualidad, y el silencio es interpretado como nihilismo, hablar comienza a representar la estructura imposible de la ideología: esa fase en la cual la ausencia de toda coacción y la coexistencia de todos los códigos se vive como desdén hacia la palabra, como indiferencia general hacia la legitimidad: todo comienza a ser consu­mido bajo las mismas consignas: una extrema banalidad y una inevitable impresión, la de que, si alguna escritura se jugara alguna vez de verdad, lo haría contra nosotros y no a nuestro favor.

Nos encontramos hoy ante el poder en su forma pura, destilada de todo infectación ideológica, algo así como el modo gravitatorio del poder. Claro que también podría verse desde el otro ángulo: estamos ante esa depuración de la ideología que consiste en la pérdida de la pasión, en una espectral insolidaridad con todos los discursos, con todos los lenguajes y los mensajes, esa forma lúdica de desencanto que transparece cuando ninguna defensa es ya posible.

2. ¿Existe el espacio? Es una pregunta circular, puesto que el espacio se inventó para que nada pudiera ser pensado fuera de él, para que todo gesto, todo acto, toda interrogación, todo movimiento, quedaran en lo sucesivo ubicados entre un punto de vista y un punto de fuga. Conscientemente, la exigencia "espacial" se materializó en un constructo llamado Ciudad Ideal; empero, hoy podemos hacer la hipótesis de que no hay un espacio en el que se despliega la utopía socio-política del ser, sino, antes al contrario, sólo existe un espacio, una arquitectura del discurso porque una vez se supuso que había un orden puro y objetivo del ser llamado Ciudad Ideal.

En el fondo, siempre hemos intuido que un espacio puramente métrico (una suerte de escritura que interpretaría una "verdad" anterior al mundo —la Ley— y flotante sobre él como verdad de todo mundo posible) no es en absoluto un espacio puramente neutro, pues la estructura de un universo tal es, de acuerdo con Newton, determinante para el comportamiento inercial de un móvil introducido en él (principio de inercia). Los lógicos debieron desoir las advertencias newtonianas, ya que, de la misma manera, la estructura formal del discurso no constituye ni una pintura objetiva del mundo, ni una construcción neutra con respecto a la significación y al sentido, y el conjunto de las transformaciones a que se somete el campo —fundadas sobre las invariantes que la metafísica denominó "leyes del pensamiento"— no interpreta una transitividad objetiva del mundo, sino sólo proyecta sobre él determinado modelo de intercambio y significación, del cual depende la naturaleza de la legitimación adscrita al saber, es decir, la constitución de los relatos que explican nuestras relaciones sociales y epistemológicas.

El espacio, la perspectiva, el ordenamiento en profundidad de los lugares y las cosas según reglas, la disposición lineal, superficial, cúbica, del discurso (el metadiscurso, el hipertexto en definitiva), pero también la simplicidad del orden narrativo de los contenidos, que fascinaba a Robert Musil, todos esos fastos traducen la ilusión occidental de un tiempo y una trascendentalidad vírgenes, ideológicamente hablando, llámense utopía o interpretación: una voluntad de aplastar el caos, la diseminación y la deriva y reconciliar finalmente al sujeto con el mundo.

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Artistas en el bazar (o la vida en Twitter)


Los trabajos y los días

Nos levantamos por la mañana, temprano. La conexión a la red forma parte del dispositivo pulsional postsueño. Se conecta, o se activa, si dormía, y ahí estamos, en el continuum. Cada uno hace sus propias operaciones; seguramente tenemos cultos distintos, pero rituales y ceremoniales al fin y al cabo. Leemos la prensa digital y abrimos el TwitDeck o el Echofon. Ya somos un nodo activo y estamos dispuestos a dejarnos atravesar. Ahora leemos los RSS, recibimos las suscripciones de canales y blogs en el correo electrónico, atendemos a los enlaces compartidos por nuestros contactos. En una hora hemos recorrido terámetros de bits. Saltamos, saludamos, nos reímos y nos introducimos en el agua. Visualizamos videos y oímos podcasts. En el proceso, agregamos a nuestro colector de marcadores las referencias que nos seducen, las que forman parte de nuestra órbita profesional o lúdica. Pensamos, se nos abre un ojo, se nos cierra el otro. Reflexionamos y trazamos planes.
Nos conectamos al streaming, nos personalizamos en conferencias y desconferencias, y constatamos la existencia física en lo virtual. Quienes, como nosotros, asisten desde el bit, dejan sus rastros al lado de las proyecciones. Visitamos los hashtags y participamos. Nos dejamos oir. Y alguien responde desde la “física”, desde el locus. Se entrecruzan mallas de información. Atrapamos unas, dejamos pasar otras. Debatimos. Ignoramos.
Somos conscientes de las remezclas. ¿O las automatizamos hasta que decidimos, conscientemente, pensarlas? Luego (luego no, entonces, a la vez) trabajamos en nuestras cosas. Tal vez enviamos de regreso un mapa, una geolocalización, nuestro bosquejo de un proyecto futuro o las fotos del último meeting. Escribimos y ponemos las palabras a la disposición de los demás. Las vertemos al río y ya no nos pertenecen.

El bazar

El bazar es una estructura perfecta, porque es ausente, como el silencio de la mujer en los versos nerudianos. El trazado mágico, caótico, del que emergen los islotes de la racionalidad. La malla de los locos, hipodámica y dúctil –quién lo diría- pero abigarrada y mudéjar por momentos. El bazar es la olla de los alimentos, el congelador de las ideas y la baba de gusano de la imaginería colectiva. En el aparente desorden, en el enmarañamiento de las ideas, anida una lógica fractal: desciendes al microbazar y encuentras lo mismo; te elevas por encima y ves toda su geometría.
El bazar atrapa en sus sonidos, en sus nichos coloridos y en su extraordinaria, vertiginosa, velocidad de propagación. Unas calles más allá encuentras, como sustraídos a la lógica del desplazamiento, a los mismos vendedores con quienes tomabas un té antes. Ahora están después. Y los de después quizás, seguro, ya estaban ahí antes.
La fascinación del bazar no proviene de la razón que lo analiza, pues ella es la excepción. Es de orden diferente: es la fascinación del juego, del espectáculo y del movimiento. Todo se halla desplazado de su centro, porque el bazar no lo tiene. No hay "irradiación" hacia periferia alguna. Quien quiera elevarse por encima, o situarse en su mitad, será rápidamente desplazado por el tumulto. El bazar no tiene aparcamiento. No puedes detenerte donde no hay un espacio. Ya nos lo advirtió Ludwig Wittgenstein: no puedes hallar respuestas allí donde no puedes plantear preguntas.

Los locos

Son la esencia del bazar, pues han perdido la “razón”. Enajenados de lo propio y amigos de lo ajeno, lo cual significa que comparten lo que tienen y reciben de otros el conocimiento. El loco no tiene propiedad, pues, en un sentido lato, él mismo no es unidad sino “otreidad”. El nuevo orden del bazar desata a la locura de la mordaza de la historia. Marx identificó la dominación en la cosificación del trabajador y en la alienación de la mercancía. En el orden del bazar se entrega la propiedad libremente, sin cánones ni aduanas. El loco impone la lógica horizontal de una no-propiedad para una no-existencia: si no existo como razón, ningún conocimiento puede ser mío. Entonces las ideas comienzan a adquirir valor por su motricidad, justamente al ser puestas al servicio de esta nueva economía nómada de los eternamente des-plazados.
Los locos “execeden en mucho a lo ordinario o presumible”, dice en una acepción la RAE. En las rutinas de sus ficciones, en la repetición ahistórica, y hasta compulsiva, de sus actos, el loco hace girar el bazar, es la fuerza que lo mantiene, y desea fundirse en él, pues no hay bazar sin locos, ni locos fuera del bazar.

El arte de lo cotidiano y el mantenimiento del bazar

Nos levantamos por la mañana, temprano. Repetimos las operaciones. Nos conectamos. Leemos, nos leemos, nos replicamos, nos reímos y jugamos. Devolvemos al bazar lo que tomamos de él, ahora remezclado…

Mierle L. Ukeles. Limpiando el museo
En su Maintenance Art Manifesto (1969), la artista conceptual Mierle Laderman Ukeles describe el bazar de lo cotidiano, y aborda este orden escénico desde la mirada irónica de su doblaje:

“clean you desk, wash the dishes, clean the floor,
wash your clothes, wash your toes, change the baby’s
diaper, finish the report, correct the typos, mend the
fence, keep the customer happy, throw out the stinking
garbage, watch out don’t put things in your nose, what
shall I wear, I have no sox, pay your bills, don’t
litter, save string, wash your hair, change the sheets,
go to the store, I’m out of perfume, say it again—
he doesn’t understand, seal it again—it leaks, go to
work, this art is dusty, clear the table, call him again,
flush the toilet, stay young.”


De acuerdo con ello, Ukeles decide que en adelante hará “arte” con esas cosas abrumadoras como plomos: “Everything I say is Art is Art”:

“I am an artist. I am a woman. I am a wife.
I am a mother. (Random order).
I do a hell of a lot of washing, cleaning, cooking,
renewing, supporting, preserving, etc. Also,
(up to now separately I “do” Art.”

Y es entonces cuando decide vivir en el bazar:

“Now, I will simply do these maintenance everyday things,
and flush them up to consciousness, exhibit them, as Art.
I will live in the museum and I customarily do at home with
my husband and my baby, for the duration of the exhibition.”


Verlaine 2.0.

Quizás ninguna otra red social haya materializado como Twitter la esencia de la simultaneidad, y la rotura de los límites entre la vida, el arte y el conocimiento. No creo en absoluto que sea un hecho consciente. Pero son los riesgos de vivir en el bazar, creer en el bazar, ser bazar. Todo el mundo hace cosas. Todo el mundo habita espacios y los abigarra con ellas. Algunas personas hacen de sus cosas, cosas del mundo, e “invaden” con ellas los espacios ajenos. Los “otros” amueblan su casa con los enseres recibidos (no prestados), y crean nuevas estancias y ambientes, que, a su vez, pronto serán limpiados por quienes vendrán más tarde. Así, hasta la comprensión de que no existimos los unos, ni los otros; sólo existimos como relaciones, órganos conectados, dibujos reticulados que trazan espacios líquidos. Volverás unas horas después al bazar, y, como la mujer del sueño de Paul Verlaine, ya no será, nunca, el mismo; pero tampoco otro:

“Tengo a veces un sueño extraño y penetrante
de una mujer desconocida a la que adoro, y que me adora,
que es siempre la misma, y siempre distinta a cada hora
y que sigue las huellas de mi existencia errante.”