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jueves, 14 de octubre de 2010

Sobre las normas educativas (i)

No es que la mañana haya sido especialmente incómoda. Por el contrario, ha resultado, como casi siempre, jugosa para la ironía, la constatación y el experimento. Algunas personas con las que he tuiteado hace unas horas han podido intuir cierto cabreo en mis mensajes matutinos, relativos a la gestión de un aula, la de Atención Educativa, sin naturaleza, a la que sólo se le otorga el dudoso honor de ser “alternativa” a la ontología verdadera, la que representa la Religión, in God we trust, que significa “con la iglesia hemos topado”, como sabe todo el mundo. Si estas personas leen este artículo, quizás piensen que sigo con lo mismo. ¡Qué va! Ahora quiero contarles unas reflexiones al hilo de una discusión posterior con un compañero, profesor, sobre la cuestión de las normas.

El contexto era la aplicación de una “norma de convivencia” a un caso cuya descripción sóla, y no digamos si me adentro en entresijos, consumiría el espacio del post. Conocer el hecho en detalle tampoco es esencial para seguir el razonamiento, dado que lo utilizo como pretexto para reflexionar sobre las normas educativas. Quiero ceñir el campo, sobre todo, a las convivenciales.

Yo me he incorporado, dada mi vocación de metomentodo, a un debate amigable en principio, pero que se ha ido sofocando, sobre si había que aplicar una norma de cierta dureza a un comportamiento que, considerado en sí y en ausencia de otras variables, debo admitir que también ha pintado bastante duro. El profesor A, que defendía la estricta aplicación de la norma, razonaba: “La norma es la norma. Ha sido aprobada para aplicarse. Dado que tenemos una norma que contempla la situación que se ha producido, el caso es sencillo. Basta con aplicarla. La norma debe aplicarse en todas las situaciones para las cuales ha sido desarrollada, y ésta es una de esas situaciones”.

Puntualizaré primero que, como habrá experimentado alguna vez todo aquel que se dedique a la noble tarea de enseñar algo en un centro público, las normas que generan problemas no son sólo las de tipo convivencial. Muy frecuentemente las hay de tipo administrativo, emanadas desde arriba, que obligan a los de abajo a cuadraturas de círculo de intachable estética y discutible efecto. Me refiero aquí a las convivenciales porque son las aplicables en el caso de marras, pero estoy por afirmar que las otras representan una fuente de conflictividad mayor aún en nuestro colectivo profesional.

La otra profesora implicada en la conversación, hasta que he llegado yo, la profesora B, trataba de argumentar de modo más relativista. Ha querido señalar primero la presencia en el hecho de variables que el defensor de la norma en tanto norma, quizás por enredado en primera persona en el altercado, se negaba a aceptar. He aquí la primera consideración, fácil de hacer a balón pasado y desde fuera del hecho, pero difícil de digerir cuando a uno le redoblan las campanas en La mayor demasiadas veces: “No se puede ser juez y parte. Tienes razón, pero cuenta hasta diez antes de dejar caer tu espada, o te equivocarás y te buscarás un lío”.

Debo decir que el profesor A ha argumentado, a mi juicio, extraordinariamente bien, pues le ha devuelto el argumento a la profesora B, que le había replicado en los términos que acabo de indicar. “Justamente, para evitar actuar con precipitación, por impulso, para evitar hacer lo que me nacía de dentro, para eso hemos desarrollado las normas. Las normas independizan los comportamientos, y sus correspondientes consecuencias, de los que los cometen”. Algo así ha venido a decir el profesor A, en lo que me ha parecido, insisto, un buen soporte conceptual para su postura normativista.

En este punto he intervenido en la discusión. Me han puesto en antecedentes, y me ha dado por pensar en “esa” norma y en las “otras” normas. En realidad no he tenido que pensar mucho, pues guardo mis argumentos hilvanados hace tiempo, y he reiterado mi postura en muchas ocasiones, y cuando digo muchas quiero decir muchas, dado que he tenido que elaborar más de una vez documentos normativos y reglamentos de convivencia: ésa fue una de mis principales tareas durante ocho años, los ocho años en los que formé parte de un equipo gestor, como vicedirector, durante el periodo de cambio y adaptación del sistema educativo a la LOGSE, es decir, en los momentos en los que se definía la estructura administrativa y funcional de los centros de enseñanza secundaria, tal como los conocemos, con pocas variaciones, hoy. Había que elaborar los nuevos y farragosos documentos orgánicos, que no existían. Yo tomé a mi cargo, entre otras cosas, la redacción, consenso y revisión periódica del Proyecto Educativo de Centro (PEC), del Plan de Convivencia (PC), inicialmente Reglamento de Régimen Interior (RRI), con sus normas eufemísticas, e incluso de parte del Plan de Acción Tutorial (PAT) y, casi al final de mi experiencia directiva, aún participé en el Plan de Normalización Lingüísitica (PNL), ya que soy de una comunidad con lengua vehicular propia, aunque maltratada. Eso sin contar las distintas revisiones del Reglamento de Actividades Complementarias y Extraescolares (RACE), otro de los ejes de mi función en aquellos años, en un centro de enseñanza pública. En ese tiempo hice malabarismos para traducir la ley a norma, y para que las normas fueran aprobadas, y luego, en general, incumplidas. Estoy curtido en batallas dialécticas sobre las reglas y las excepciones, la letra pequeña, los corolarios ad hoc, la conversión de infracciones cualitativas a valores cuantitativos, curtido en horas perdidas, en borradores tumbados en las comisiones de convivencia y de coordinación pedagógica, en documentos rechazados en claustros, y luego aprobados, cuando el tiempo apremiaba, si el claustro era el de Navidad y esperaban el cava y la lotería a la salida.

Esta parrafada ha sido premeditada. Quería que refrescásemos, en un momento, la memoria sobre nuestro estatus en tanto docentes, incluso en el tiempo de trabajo en que no ejercemos como docentes. Sobre todo por quienes nunca han participado desde dentro en procesos como los que he descrito, es bueno recordar que estamos rodeados, apabullados y gestionados por un estertor reglamentativo casi obsceno, con respecto al cual se cumple la relación newtoniana entre la distancia y la fuerza. Cuanto mayor es la primera, menor es la segunda. Así, la presencia ominosa de normas, decretos y reglamentos (que tienen sus acólitos, no crean, entre los docentes: esas figuras, no necesariamente administrativos, secretarios o directores, especializadas en lecturas de BOEs y equivalentes autonómicos, que te castran cualquier idea sugerente con una referencia al artículo que la prohíbe, la matiza o la “determina”) es inversamente proporcional, por regla general, a la eficacia, la gestión racional y razonable y, a mayores, la propia convivencia entre los miembros de la comunidad educativa.

[continuará... en breve]

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