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sábado, 16 de octubre de 2010

Sobre las normas educativas (ii)

Debía correr el año 1998 o 1999 cuando, al ir a recoger un premio que había conseguido mi centro por un proyecto de innovación, y cuya cuantía se tradujo en la compra de una cámara digital (¿alguien recuerda las Sony Mavica que grababan a disquete, a 640x480 píxeles? Pues una de ésas.), oí hablar, en la conferencia que abría el evento, de la “gestión aplicada del conocimiento en las organizaciones”. Para mí fue un neo-descubrimiento, dado que todo lo que sabía de ello, generalidades, derivaba de estudios teóricos de psicología de las organizaciones en mis años mozos, a los que, a decir verdad, nunca presté demasiada atención, por la aversión que despierta en mí, en general, todo lo psicológico.
Pero esta vez le vi la cara práctica al asunto y dediqué un par de años a investigar el tema, convirtiéndome en un fiel defensor de esta “noción”, que me pareció que era de buen traducir a los contextos educativos, y algo (gestionar el conocimiento) de lo que andaban escasos los centros que teóricamente lo producían. Incluso llegué a escribir y publicar un par de cosas sobre el particular y a formar un grupo de trabajo de cuyo nombre, Gnosis, ahora reniego. A continuación les cuento qué tiene que ver esta anécdota con la cuestión de las normas.

En plena efervescencia levinson-maloniana ligamos cables con otro “fenómeno” imparable en aquellos años en las alucinaciones de futuro de la administración educativa: los centros de calidad, la gestión de procesos y el aseguramiento de la excelencia en las organizaciones. Nos alistamos como centro piloto, pusimos en marcha, estamos ya en 2001, un proyecto de gestión de la calidad, y nos enfrascamos en estudiar y producir documentación. Un compañero que había trabajado en el departamento de calidad de una empresa cárnica, antes de sustituir longanizas por matraces (era profesor de laboratorio) nos ayudó a contactar con un experto. Tenía, el experto, una asesoría en gestión de calidad y, como hacen estos profesionales, cobraba una millonada (no es un eufemismo) por conseguir que las empresas obtuvieran certificaciones ISO, EFQM, u otros papeles que les reportaran prestigio y ventajas comparativas. Nosotros estábamos interesados en un sistema de calidad integrado, que nos parecía menos liberal-mecanicista que todas las variaciones de la norma ISO. Un día decidimos que este hombre debía venir a predicar la excelencia de las organizaciones al claustro de nuestro centro.

Lo hizo, y, por amistad con el profesor de laboratorio, no cobró la primera visita, que fue la última, por lo que, en definitiva, no cobró. La asistencia al acto era voluntaria para el profesorado y de un claustro de unos ciento veinte profesores, éramos diciséis en el salón de actos. El tipo nos dio una charla sobre la gestión del conocimiento en las organizaciones, apoyada en muchas diapositivas en blanco y negro y en inglés, y me di cuenta de que lo que nos quería gestionar en realidad era el dinero.

El punto álgido de la anécdota, y el principio del fin, fue una afirmación que hizo con respecto a las normas y los estándares. Dijo, y lo probó abofeteándonos con un par de diapositivas, que un país es tanto más avanzado cuanto mayor es el número de normas, protocolos y reglamentos que tiene. La cantidad de normas es un indicador de la calidad de vida, dedujo, pues las normas son la respuesta de las sociedades avanzadas a la complejidad de los procesos en todas las áreas productivas. La traducción a un centro público complejo, como era el nuestro, es obvia: necesitábamos normas, cuantas más mejor, procesos y protocolos de actuación y equipos responsables, para asegurar que el conocimiento fuera gestionado eficientemente. O sea, le necesitábamos a él y a la asesoría que regentaba.

Aunque, a medida que estudiaba documentación procedente del sector privado, pero también de instituciones educativas, pocas, que ya habían obtenido certificaciones ISO (recuerdo un par de casos en el país vasco), se iba haciendo evidente para mi que todo esto olía a ultraliberalismo y a majadería de las que triunfan, trataba de razonar en términos sociales: la comunidad educativa se verá reforzada en su identidad, la gestión de tareas estará clara, las responsabilidades serán identificadas, los conflictos acotados, los procesos de tipo docente mejorarán el aprendizaje, el conocimiento circulará, retroalimentará hacia donde debe, se almacenará y no circulará como vino sin botella, como decía John P. Barlow… El normativismo, tan ajeno a mi way of life, no es malo, me autoconvecía.

Pero nada. La idea de producir una inflación de normas, de diferenciar entre reglas, protocolos y recomendaciones, de definir equipos de responsabilidad limitada, grupos diana, sistemas de control y revisión de los procesos, etc., de invertir años en ello, se volvía tan opaca, tan irreal, tan estanca con respecto a lo que entendía que eran los objetivos de una institución educativa, que ahí comenzó el declive de mi virilidad innovadora en asuntos de interés general y, sobre todo, ahí comencé a desconfiar de los gestores de lo ajeno y de los que trataban de justificar denonadamente que lo público puede gestionarse mejor con ideas del ámbito de lo privado. Poco a poco, y por razones que podría argumentar con mayor profundidad, percibí que todo esto era una mentira inconmensurable, además de una estafa planetaria y una tonteria solemne.

De todas maneras, el proyecto siguió vivo en el centro y un equipo de seis personas aún trabajamos cerca de dos años en tratar de implantar un sistema “racional” de gestión de procesos. Ahora viene la segunda parte. Fruto de esas reuniones íbamos produciendo borradores que solían alcanzar niveles de detalle que resultarían kafkianos para Gregorio Samsa. Discutíamos horas sobre una norma y pensábamos todas las posibles situaciones en que podría aplicarse, exceptuarse, atenuarse o agravarse, dando lugar así, para un sólo proceso, o un subproceso, a decenas de folios. No nos dábamos cuenta, al principio, de que estábamos cayendo en la trampa. La patata caliente lanzada por la administración a los centros de calidad nos la acabábamos comiendo entre nosotros, de modo que la responsabilidad del normativismo procedía ahora, no ya de las altas esferas, sino de los mismos practicantes: del propio celo del profesorado, que había acabado por creer ingenuamente que las normas, cuantas más mejor, pues nuestra excelencia docente y nuestra supervivencia y competitividad como institución dependían de ellas.

[Continaurá en breve... -ánimo, que ya sólo queda un capítulo-]

3 comentarios:

  1. Trobo molt encertada la temàtica de l'article i les argumentacions que hi esgrimeixes.
    Em trobo força identificat en aquest procés de normativitzar tots els processos que succeeixen en un centre, doncs ja fa 4 anyets que hi estem treballant a la nostra escola.
    Com a positiu? alguns "mal" docents es veuen obligats a justificar totes les seves actuacions (correccions de controls, absències de dubtosa creença,...)
    Com a negatiu? la responsabilitat a la que apel·les recau en uns col·lectiu que prou feina tenim en preparar el dia a dia a l'aula. Se'ns emporta molt de temps i algun que altre malentès entre companys, com molt bé expliques.
    Ja tinc ganes de llegir el capítol final!
    Salut,
    Francesc

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  2. Gràcies Francesc, i encantat de retrobar-te de nou per aquí! Espere que et vagi tot molt bé! En breu, la part final de l'article :-)

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  3. Gracias al Twitter he llegado a este artículo que encuentro interesante. Poco se ha reflexionado( y menos evaluado) sobre la utilidad final que han obtenido los centros embarcados en estos proyectos de calidad que citas. Sospecho que la principal es mantener alta la guardia en la vigilancia burocrática, para lo que el 'estatus quo' educativo - Administración, departamentos de pedagogía de las universidades, catedráticos de todo signo, asesores de CEFIRE etc.- se inventa periódicamente un paradigma al que muchos acaban apuntados, bien por mero seguidismo funcionarial, bien por creer que algo bueno sale de apuntarse a cualquier idea, con tal de que sea nueva y por tanto, presuntamente innovadora. Cuando entré a trabajar en la enseñanza, en los años 70, la moda pedagógica imperante era la de la dinámica de grupos: en la programación del examen de oposiciones había que dedicar un importante apartado a clasificar las actividades según estuvieran dirigidas al gran grupo, grupo mediano y pequeño grupo. Los centros diseñados en aquella época son inmediatamente reconocibles por las grandes puertas correderas (que pasados los años se han descolgado debido a su peso y son un verdadero problema) y que teóricamente permitían poner en comunicación hasta tres clases con un vestíbulo central para hacer realidad la dinámica del gran grupo. En toda mi historia laboral cuento hasta cinco grandes modas pedagógicas (la última la enseñanza por competencias) que generan un alto grado de reuniones, discusiones, documentos, debates, protocolos, comunicaciones y memorias, y muy pocos resultados prácticos visibles.
    Quizá, aunque no ha llegado al grado de gran paradigma, la de la calidad en los centros sea de las más surrealistas, sobre todo teniendo en cuenta el escaso grado de aplicación que la administración se ha dedicado a sí misma en este terreno. Aún salen las convocatorias de becas publicadas casi cuando los plazos que establecen estan ya vencidos. Recuerdo cuando hice el curso de directores que vino un 'especialista' a dar una charla sobre el tema. Al término de la misma, y tras haber escuchado que debiamos enfocar a los alumnos como clientes, la busqueda de la excelencia en la aplicacion de tecnicas empresariales de gestión, el seguimiento de protocolos y otras zarandajas por el estilo, el pesado silencio de escepticismo que se extendió entre los presentes sólo lo rompió la única pregunta inteligente que hizo uno de los presentes: ¿deberíamos entonces incluir en esta estrategia los viajes pagados con los que algunas multinacionales premian a sus directivos más diligentes?
    Quizá deberíamos preguntarnos porqué la excelencia de los restaurantes se basa en un señor que de incógnito juzga la comida que se sirve en ellos, en lugar de dirigirse al cocinero, pedirle el libro de recetas y quizá una copia de la lista de la compra, y establecer la calidad del establecimiento a partir de esos datos. Nuestro sistema educativo podría aprender mucho de este simple sistema.
    Enhorabuena por tu distraído e interesante artículo.

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