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domingo, 3 de octubre de 2010

Poder, espacio e ideología en la virtualidad (ii)

3. La palabra obsesionada (o la protección del código). El espacio, como el discurso, vive de la exigencia de su producción. Debe ser constantemente producido y re-producido, territorializado, pues de ello depende nuestra supervivencia simbólica. Esto es extraordinariamente patente en el espacio de la virtualidad, donde, por debajo de la capa de software, lo fundamental (y lo que causa la mayor parte de los conflictos legales) es la protección del código. El código binario es a la virtualidad lo que los fonemas al lenguaje o las relaciones de parentesco a la antropología estructural.

Pero esto es una paradoja, porque el espacio existe, precisamente, para asegurar la correcta producción del mundo. ¿Cómo ha de ser producido aquello que es condición de la producción? Platón entendió perfectamente (y Kafka describió maravillosamente en su inigualable ‘De cómo fue construida la Muralla China’) que todo poder comienza siempre por el dominio “topológico”, dominio más sutil que la fuerza, la reclusión, el confinamiento o la muerte (formas que acaban siempre produciendo una sobreconciencia de verdad, en la cual el dominado, el inferior, el diferente, se reconocen legitimados). Así pues, este maestro de la ficción se aplicó a excluir a los poetas, a los artistas, de su Ciudad Ideal. Dado que el ser sólo puede desplegarse en la Polis, la exclusión significa la eliminación, no sólo física, sino metafísica, substancial y simbólica. Esta exclusión es concebida como un aniquilamiento “estratégico”, pues tiene que ver con estructuras y oposiones fundamentales. Al artista no se le asesina impunemente, no se le conmina a callar, ni es objeto de ley derogatoria alguna; simplemente, se le niega formar parte de la Ciudad. Se le niega así el espacio, y esta negación ya implica a todas las otras: que siga hablando cuanto quiera, que siga narrando las transmutaciones de Hera y las historias de Circe, pues fuera de la ciudad no hay discurso, ni, por tanto, comprensión. Platón vio muy bien que la palabra no es nada si no se perfila sobre un código relacional, una malla gravitacional de la cual el espacio es consecuencia, y no causa. Se vertía así a la historia del pensamiento el problema de la “representación”, problema no sólo epistemológico, sino también literario y político. Pero la batalla de la representación no se juega en el lenguaje más que como reflejo de un orden ideal que el decir instituye, si se “dice” según condiciones.

Así pues, la obsesión occidental por el discurso y sus incesantes metástasis deriva de esa institución inicial de un orden en el cual la “verdad” jamás es reflejo estático, sino siempre activa creación del objeto amado (eros es poieis: ésa es su naturaleza. Y lo que se engendra es masa, v.g. gravitación y por tanto fuerza). Ahora bien, el acto de engendrar, de producir, que Occidente ha elevado a categoria esencial de la naturaleza humana, jamás es neutro, ni inocente. No producimos para concicilarnos con nuestra naturaleza, para aproximarnos asintóticamente a la utopía o para apropiarnos hermenéuticamente de la realidad. Como puso de manifiesto Michel Serres, el discurso supone conjurar siempre algo o a alguien, un parásito, un “tercero”, un otro excluído del paradigma de la representación. Así pues, no producimos para (algo o alguien), sino contra (algo o alguien). En el contexto platónico, la obsesión del decir la constituye el Otro, una mímesis inauténtica que se supone no es, a diferencia del acto poiético verdadero, intrínsecamente "representación".

4. Modernidad: el poder como metaescritura. La vocación del poder es confundirse con el espacio, consiste en ocupar la topología del ser, camuflarse precisamente porque ahí da la impresión de ser estructural, fundamental: es a esto a lo que llamo ideología. El pensamiento de la modernidad no puede emitir una teoría no-espacial del poder, no puede pensar el poder en términos aperspectivos, puesto que él mismo, en tanto metaescritura, está organizado espacialmente. El poder ideológico pertenece a la modernidad en la precisa medida en que es metadiscurso y establece por lo tanto las relaciones "de profundidad" necesarias para pensar según reglas aquello que había sido creado sin categorías. Desde este punto de vista, la "espacialidad" es lo que se da por añadidura en la escritura de la modernidad, sólo que naturalizado y oculto por el imperativo de la representación. La vocación del poder ideológico es convertirse en un efecto de profundidad, elevar la representación a la categoría de espacio absoluto, de manera que todo decir la presuponga siempre. La imagen del poder ideológico como lo asociado a las tiranías, la barbarie, los fascismos, o incluso al consumismo capitalista es una nimiedad, porque toda ideología, según se manifestó privilegiadamente en los principios del murare renacentista, debe ser analizada como trabajo arquitectónico. Hoy, la ausencia de teoría, las estrategias de la simulación, eso que, en relación con nuestra experiencia del mundo ha sido llamado "manierismo acrítico", vienen a poner de manifiesto la rotura de la espacialidad y la representación. Los maestros holandeses reproducían la perspectiva adosando los elementos planos, las figuras, sobre una superficie: ¡gigantesco trucaje de la noción misma de perspectiva a través de su escenificación! Este efectismo del trompe-l'oeil es el que rige hoy toda escritura: asistimos al ensamblaje de todos los acontecimientos, a la cohabitación de todos los lenguajes, toda una historia reproducida en una suerte de museo sin memoria y sin representación. Gianni Vattimo lo llamó el "doblaje irónico del humanismo de la modernidad", una estructura plana de las cosas, un fotomontaje del mundo. Vivimos ahora el fin de la espacialidad: lo topológico del ser es en realidad un producto gravitacional de los lenguajes (igual que el espacio matemático es el resultado de las ecuaciones que describen el campo gravitatorio); y en su interior nunca se vivió la tranquilidad del orden de la representación, sino sólo la irascible contienda de la ley con la banalidad del simulacro.

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