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viernes, 31 de julio de 2009

Posmodernidad , transmodernidad y el fin de lo social a manos de la tecnología

He leído hace poco, en un hilo de socialidad, que alguien se alegraba al corroborar que Internet es un invento hippie. Esa idea me ha rondado por la cabeza insistentemente estos días, porque, sea o no verdad que una naciera de los otros, lo que sí es cierto es que ambos, Internet y hippies, han muerto del mismo modo. En otras palabras: forman parte del tiempo “del mismo modo”.

Si es cierto que en la sociedad histórica de las necesidades había una neta separación entre teoría y praxis (Marx), si es cierto que en una sociedad sin necesidades la teoría estaría enteramente politizada y la distinción se habría abolido (Barthes), entonces, por idéntico razonamiento, en una sociedad cuyas necesidades son creadas artificialmente ya ni siquiera tenemos teoría y todas las energías (lingüísticas, políticas, utópicas...) deben ser reinyectadas en lo social indefinidamente, en un fantástico efecto de diálisis, con el sólo objeto de mantener su cadáver (el de lo social) congelado sub specie aeternitatis por encima de nosotros.

Nunca ha habido otra utopía que la propia modernidad, y ésta ya fue clausurada (aunque todos habríamos deseado un acto apoteósico y desencantado para "representar" ese final). Sin embargo, nuestro universo ya no pertenece al orden del apocalipsis, y por eso una experiencia histórica de cierre estuvo y está fuera de lugar. Sólo podría establecerse una necesidad teórica de disuasión, que consistiría en conjurar la desaparición de lo social con el lenguaje. Y eso es precisamente lo que sucede hoy. Disuasión paradójica y extrema, puesto que nos devolvería para siempre el poder puro, liberado de la ideología, los conceptos puros liberados de sus objetos, los objetos puros liberados del hombre.

En los años 60, toda una trama de diferencias, microcódigos, polihistorias pequeñoburguesas o subversivas, fue invocada contra el terror hegeliano de una razón totalizadora. La diferencia deleuzeana decía: liberemos el deseo sin finalidad, el intercambio sin valor. Y luego quería presentar esta experiencia de la fragmentación como un neovalor auténtico, jugado privilegiadamente en las esferas del arte y el psicoanálisis. Lo posmoderno, empero, fuere lo que fuere, no se reconocerá en el mundo atomizado, porque este mundo ligado a la desesperación revolucionaria y la rotura de los relatos, pese a su autoconciencia, nunca pudo dejar de aparecer como formalmente platónico; había en él una estructura de producción una metafísica de la verdad, una arquitectura de los flujos, articuladas sobre un paradigma esquizofrénico (economía libidinal). Se quiso reconocer en él un proyecto político, al que todos habríamos debido obedecer. Una nueva ciudad ideal sobre los territorios devastados y nihilistas del capital.

Fructífera imaginería, la del socius, la de la materialización de la negatividad. Lo malo, sin embargo, es que lo negativo desapareció muy pronto de nuestro horizonte. Asistimos hoy a las formas positivas y emergentes de lo real, a esa clase de brillo depurado que acontece a las mercancías cuando han abandonado todo campo posible de análisis, al universalizarse telemáticamente y sustituir, para escándalo de los intelectuales, su substrato metafísico por una desencarnada ontología iónica. Lo que se da en el presente es la retirada de la teoría, de la misma representación de las cosas según fines. Ya no podemos hacer hablar a la diferencia. Ninguna experiencia de la dispersión y la individualidad dice nada significativo. La dispersión, el fragmento, el collage, no tienen conciencia, sólo se yuxtaponen en una planicie sin profundidad, un fotomontaje del mundo. La única metáfora posible ahora es la de la arquitectura sin ciudad y sin utopía (y, ciertamente, la arquitectura teórica se busca desde hace décadas en los lenguajes autófagos y recurrentes: Eisenmann).

Asistimos a la escritura recursiva del mundo. Nuestras palabras, sintéticas todas ellas (como nuestros mitos), continuan en la babia del infinito, por lo cual nosotros continuamos en un bobalicón y fascinante estado de indiferencia. Si hay alguna tarea posible, ésta será la atribuida por Tom Wolfe al político neoyorkino: hacer que llevemos bien el hecho de que no pasa nada. Es el trabajo de Sísifo de toda revolución.

Todos los desencantos posibles, todas las advertencias posibles, todos los adjetivos posibles, han sido señalados ya, y esto es lo que resta su poder a los conceptos y lo transfiere a las palabras consideradas en tanto signos y sólo en tanto signos. La forma de nuestro universo es estética de cabo a rabo y lo demás es silencio. Formamos parte de un modelo vírico de sociedad, en el sentido de que no sabemos exactamente de qué dirección podría provenir eso que Lyotard llamó una nueva begebenheit. De ahí que ésta no se dé como experiencia de discontinuidad de los fines, sino como una “desaparición” de las finalidades, lo que podría caracterizarse más precisamente como desviación del tiempo histórico, como olvido de sus hilos y de su proyecto. En el interior de esta borrachera del ser, en la bacanal lúdica de sus ironías, los relevos se suceden vertiginosamente. Los expertos en gestión del cambio, los insiders tradings, los gurús tecnológicos y los descendientes virtuales de aquellos ahora primitivos yuppies i dinks (double income, no kids) han eliminado por K.O. a los welthistorische individuen. Los "highly motivated teams", los expertos en control de procesos y flujos, patriarcas de la optimización de sistemas, los loobies y corporatismos, le han ganado por la mano a la publicitada eticidad de la Bürgerlische Gesellchaft, la sociedad sencillamente civil, bienpensante y objeto hasta hace poco de todas las teorias y los esfuerzos liberadores de intelectuales y gobiernos. En fin, los "computer network concepts" han acabado con aquellos otros conceptos, la Naturaleza, el Imaginario, el Individuo, el Progreso... Aquí giramos todos, en el ruedo de un destino manierista del que no sabemos nada, ni siquiera cuándo fue inventado ni con qué perverso objeto.

Devaluado ya el concepto de posmodernidad, pero incapaz el hombre de deternerse y poner fin a las advocaciones, leo en Facebook que hay quien ha llamado “transmoderna” a esta weltbegriff, a esta “escritura del mundo” (o así lo he interpretado), pero ello no puede ser sino otro ejemplo de los límites de todo lenguaje. Estamos en ese punto de los lenguajes denominado autorreferencial: tras mucho buscar, y buscarse, todas las escrituras, todas las ontologias, parecen evidenciar que jamás han traducido nada significativo, y no habrían estado más que hablando, orgullosas, todo el tiempo de sí mismas. Una tautología snob, más próxima al best-seller que a un auténtico "concepto de mundo" -o incluso que a la fantasía de un concepto tal-. En el límite, todos nuestros discursos se parecerían a aquel "Live or Die", pintado sin objeto y sin memoria en la puerta de una letrina, en el malecón de Santa Mónica, cuyo sentido no es otro que el de la indiferencia: “muérete tú, porque eres más estúpido que yo”.

Buen rollito :-)

miércoles, 15 de julio de 2009

Gateway Value: economía del nomadismo virtual

Antes de Internet todas las aplicaciones, el software informático, se ejecutaban en un ordenador cliente, esto es, en el ordenador del usuario final. Claro, no podía ser de otra manera. La compartición, o el simple guardado de un archivo, debía hacerse “físicamente” e in situ, almacenándolo en el disco duro, o transportando el archivo exportado por una aplicación a otro ordenador, mediante un disquete, cinta de backup, etc.

Con la llegada de Internet las aplicaciones cliente comenzaron a “inclinarse” poco a poco hacia la nueva red. Primero eran simples enlaces a contenidos “de ampliación” (típicos en las enciclopedias digitales y en los CD’s temáticos que se pusieron de moda hacia mitades de los noventa). Pero la aplicación cliente era aplicación cliente, y la red era otra cosa. El paso siguiente, muy globalista él, fue el desarrollo de la intuición de que la conexión a la red era innecesaria, y algo que contribuía a percibirla como separada del propio ordenador conectante, y a percibir lo que sucedía en Internet como algo separado de lo que sucedía en el ordenador de cada uno. Algunos decidieron entonces que eso, no sólo no era bueno para el negocio, sino que no era bueno para la sociedad en general. Y eso sí que no podía tolerarse. Así pues, Microsoft y otros se afanaron en producir sistemas operativos que, conjugados con las tecnologías de conexión post-módem (el mundo post-módem se convirtió también en la fase post-mortem del individualismo, a favor de las nuevas mitologías de la socialización y la colaboración), convertían en un continuum la relación ordenador-red. Los ordenadores ya estaban conectados, por el sólo hecho de enchufarse a la corriente eléctrica. La instalación del sistema operativo conlleva, de manera transparente, la configuración de la conexión. El sistema operativo que no configura por sí mismo el acceso a la red nos defrauda. Lo primero que hacemos al reinstalar uno es comprobar si ha hecho los deberes: el acceso funciona, luego existo. El acceso no funciona. “Pues vaya mierda de sistema operativo”.

La exploración de la red, cómo no, se hacía (y se hace) a través de un programa cliente (el navegador o browser), pero este programa no se “percibe” como los demás. Por lo pronto, el programa en sí mismo no hace nada: no procesa textos, retoca imágenes o crea secuencias de vídeo. Es, antes, bien, una “puerta” al otro mundo, al mundo de lo digital-etéreo, de lo ubicuo, lo que, como el Demiurgo, está a la vez en todas partes y en ninguna. Un navegador actual, receptáculo de protocolos y plugins, contiene la esencia de toda pasarela al más allá del espacio y del tiempo: H.G Wells y Stargate reunidos en un gigantesco tropo de bits que convierte al browser en una extensión de nosotros mismos, y, por extensión, en la representación de la totalidad del espacio virtual. A los ojos de muchos de mis alumnos más pequeños (esos a los que Prensky denomina, sin saberlo ellos, nativos digitales), Internet es el navegador, y “¿tienes Internet?”, que se ha convertido en una extraña y frecuente pregunta cada vez que enchufo el micro PC en un aula, en "¿tienes un navegador?" (pues cuando les digo que Internet no es algo que se “tenga o no”, se quedan mirándome con cara bobalicona y alguno, levantando el dedo hacia el icono del Mozilla o el Explorer, al que reconocen mejor, le dice al interrogador, con aires de alfabeto tecnológico, “pues, ¿no ves que sí?” y se queda tan pancho).

Un navegador es en realidad una fantástica sinécdoque, un pars pro toto virtual o, si se quiere, una metonimia, pero en cualquier caso un deslizamiento del sentido que, como buena figura literaria, dice mucho más de lo que aparenta decir, pues nos informa de que semejante desplazamiento se ha obrado también en la percepción del papel que el control del escenario virtual-social juega ahora en la vida digital, contra el que jugaron las primitivas aplicaciones cliente en la vida prehistórica. El sueño paradigmático de Internet es perfectamente analizable por ese efecto de desplazamiento retórico de lo individual a lo colectivo, de lo concreto a lo etéreo, de lo material a lo inmaterial, y, en suma, de la producción de contenidos a la metaproducción de discursos.

Tras el proceso de integración de lo local y lo remoto, le llegó el turno al desplazamiento de las identidades. No entenderemos nada si nos abocamos a la comprensión de los metaversos virtuales con los instrumentos conceptuales de la era del sujeto. Y en esas estamos hoy. Tal desplazamiento se visualiza en el futuro próximo como una “disolución”, en términos químicos, o una integración, en términos matemáticos. Y este planteamiento tiene que ver, en el límite, con la innecesariedad del propio ordenador, que es como decir: del propio sujeto. Éste ya no es concebido como una terminal operativa, sino como un simple medio para que la información y la socialidad sigan fluyendo, a través él, hasta otros usuarios-red. Es decir, tú y yo no somos un destino de la información, sino nodos o condiciones del flujo de la misma. Si estamos “apagados” no pasa nada, porque somos sólo dos, pero si se “apagan” varios millones de usuarios, la red, que sigue existiendo como tal, pierde ahora la mayor parte de sus determinaciones esenciales, y si el apagón se prolongara durante varios días el mundo sufriría una crisis virtual de verdad, es decir, economía incluída. Aunque no se resientiera la red física, el backbone, construido, a imagen del cerebro humano, para funcionar en ausencia de muchas de sus neuronas, sí entrarían en depresión los principales conceptos a través de los cuáles se valoriza, produce y re-produce: la socialidad, la colaboración, la interacción, las comunidades, la semantización... Y éste es un gran demérito con respecto a la red-terminal.

Pues en la red-terminal el destino de las operaciones digitales (bases de datos, foros, o primitivas BBs) eran los usuarios finales y la información servida a estos para su procesamiento. Si antes estábamos valorizados como usuarios ante aquellos que creaban contenidos y herramientas, ahora no valemos si no somos capaces de dejar una huella, una “impresión” en una red social. El valor del sujeto en tanto sujeto se ha transferido ahora al valor de sus cuentas y passwords, y es proporcional al valor de sus inscripciones, surgiendo así un nuevo gateway-value o valor-pasarela. El valor-pasarela es un valor temporal, un estado "beta permanente" del valor, pero, por ello, el único que tiene sentido en una economía del nomadismo virtual. Las redes sociales se alimentan de huellas de miles de usuarios que, a su vez, son rastreadores y puertas de paso: RSSs, trackbacks, etc., son los rastros de la socialidad en esta red. La identidad, que habría de ser individual por definición, es ahora una baba de caracol que se extiende a lo largo de miríadas de conexiones en el metaverso. Las comunidades que no consiguen la masa crítica suficiente son relegadas al ostracismo, “apagadas”, y no son reevaluadas en esta economía de tránsito del conocimiento. El nuevo indicador del valor es la masa dinámica, no necesariamente real: proyectiva. Entramos en una economía del nomadismo digital masivo, y ello sucede sin una efectiva nostalgia de la era del sujeto, y con la fascinación propia de los espectáculos circenses. La producción de contenidos de calidad tiene lugar, no por un trabajo expreso y orientado, sino por un efecto estadístico similar al que se utiliza como argumento a favor del software libre: en él confluye el trabajo de miles de desarrolladores y la valorización tiene que ver con el proceso de su producción antes que con el producto resultante.

Como en los estados de equilibro de los gases, todo lo que en el mundo de la integración (que anticipa lo que ahora algunos teorizan como “Singularidad”) aparenta ser una estructura constante de conexiones identificables y recurrentes, es sólo eso: una apariencia. En el fondo, las moléculas de esta estructura, los sujetos-pasarela, se comportan como un conjunto caótico y entrópico de operaciones temporales, cada una de las cuales no tiene otro valor para el sistema que el acto de su creación, de su inscripción. La cantidad de servicios que un día iniciamos y cerramos, los miles de proyectos que abrimos y abandonamos, las cuentas que tuvimos y olvidamos, son los rastros de una socialidad sin destino que, sin embargo, en tanto conjunto presenta la apariencia superficial de un mundo estable y ordenado, un “islote de determinismo”, en el sentido de René Thom, en el que aún podemos vivir en la ilusión humanista de ser seres importantes.

Buen rollito :-)

domingo, 12 de julio de 2009

Espectáculo vs. Educación, o las fotografías del caos

A fines de los 50 y en los 60 se produjo un debate sobre la naturaleza educativa de la televisión. Ésta era ya el artefacto tecnológico por excelencia y la proyección de los mensajes televisivos a la audiencia estaba siendo analizada a la perfección desde la psicología de la comunicación, la semiótica, y el márqueting publicitario, entre otros dominios. La televisión forma parte de la EaD (Enseñanza a Distancia) de numerosos proyectos de universidad abierta. Con diferente fortuna según las latitudes, lo cierto es que se trató de reconducir un producto del incipiente capitalismo postindustrial en la esfera de los medios educativos. Y vaya si dio juego a la pedagogía innovadora de la época.

Pero lo cierto es que, a pesar de los esfuerzos, lo que nadie ha conseguido es que se “piense” la televisión como un medio intrínsecamente educativo. Pues ni lo fue, ni lo es, ni lo será. Tras la televisión lo que hay, fundamentalmente, es el negocio televisivo. Y, en cambio, lo que si se ha producido, sin que nadie pareciera haberlo provocado conscientemente, es la conversión del medio en espectáculo. Jean Duvignaud, muerto hace un par de años, dio buena cuenta de la teatralización de lo social en muchas de sus obras. Por ejemplo, en “Espectáculo y Sociedad”. Si es algo, la televisión es un inconmensurable monumento a la publicidad, a los sentidos fuertes (vista y oído), a las mitologías sintéticas y a las identificaciones psicológicas.

Pero éstas son esferas ontológicamente independientes de la esfera educativa, al menos en su sentido clásico, que quizás no haya que seguir defendiendo por más tiempo, no lo sé, o mejor, no sé si vale la pena.

Ahora le toca el turno a las Redes Sociales y a la Internet conectiva. Dentro del Facebook, por ejemplo, si uno es profesor, puede constatar en unos pocos días el debate que a propósito de la televisión duró unos quince años. Digo “si uno es profesor” porque entonces, por simple educación, o por haber desarrollado alguna experiencia de socialidad virtual en el aula, tendrá seguramente agregados como amigos a muchos alumnos y alumnas, y, sobre todo por lo primero, tenderá a no ignorar las nuevas solicitudes. Por otra parte, en tanto miembro de una comunidad de intereses, contará entre sus amigos con colegas, especialistas, grupos, pongamos por caso, relativos al papel educador de las propias redes. Pues bien, he ahí las dos perspectivas: para los segundos es fundamental la discusión sobre la colaboración, la compartición de experiencias y el fomento de la socialidad. Para los primeros, ninguno de estos conceptos tienen la menor importancia, pese a lo cual los “escenifican” mejor que nosotros. Nosotros nos empeñamos en producir un “sentido”. El sentido de la innovación, el sentido de la pedagogía, el sentido de los nuevos media. Ellos, sencillamente, viven en la ausencia total de un sentido para sus actos fáticos y pseudocomunicativos. Eso es un espectáculo de la comunicación, lo demás son modelos teóricos, chistes de médicos.

No hay mas que entender el concepto de red social sin florituras, sin rebuscar en la cuarta o quinta acepción de los términos. Las redes sociales no fomentan la socialidad, ni lo harán jamás. Éste es un sueño del que deberíamos despertar. A través de las redes sociales no se construye la socialidad, ni un sujeto mejor, autosoficiente y colaborativo, y a mayor obsesión por producir un discurso sobre el aprendizaje social significativo, éste se escamotea como la partícula atómica de Heisenberg. Que no incrementan la socialidad me parece obvio, pues la única manera de que sirvan para algo en este sentido es que quien las utilice entienda de antemano que significa la palabra “social”. Es tan absurdo esperar de una red social que nos ayude a mejorar la socialidad como de un sistema político comunista que nos ayude a ser mejores comunistas. Que no estan transformando la educación es evidente sólo con echar una ojeada a los currículos del sistema educativo, en los que brilla la ausencia de perspectivas sociales en el aprendizaje, a no ser caricaturizadas en la maravillosa vaguedad de las palabras y en el discurso inconcreto de las competencias y los diarios oficiales (hoy hemos twitteado justamente sobre ello).

¿O es que quizás no es, ni ha sido nunca, ésta la naturaleza de las redes sociales? Es decir, que su naturaleza no es socioeducativa, como no lo es la de la televisión. Lo auténticamente fascinante de ellas es el caos y el vértigo del desorden, la aceleración de los flujos y la superación hiperreal del tiempo real. Por eso la mayor estupidez imaginada, Tweeter, y el concepto asociado de “web en tiempo real”, son hoy por hoy la mayor expresión de esta era de la anticipación. Y nosotros concurrimos a ella con herramientas y lentes del pasado, esperando un renacimiento humanista, una revolución educativa y un cambio en la óptica de las autoridades responsables de organizar la innovación.

La única evidencia actual es la de la conversión de toda la producción de socialidad en un gigantesco simulacro, enfrentado, para más inri, a sí mismo. A él asistimos nosotros, los especialistas (o "pluriespecialistas"), como Bouvard y Pecuchet, los personajes de la última novela de Gustave Flaubert, asistieron en el siglo XIX a la irracionalidad del industrialismo hiperproductivo y finisecular, tratando de taxonomizar todos los objetos y los comportamientos, tomando fotografías del caos para doblarlo o simularlo en nuestros discursos. Así, estamos construyendo una metacultura, y cada vez nos movemos mejor en ella, y peor en la cultura de la transformación. Y es que eso es lo que tienen los espectáculos: que suponen una aceleración del tiempo histórico y una anticipación del goce. Y si hay algo en lo que todos estamos de acuerdo es en que todo vaya más deprisa y nos proporcione mayor placer, como si éste derivara necesariamente de la aceleración, o mejor, como si fuera una derivada matemática suya. Pero el futuro ya se ha producido y no nos hemos enterado. Como decía Jean Baudrillard, el máximo de intensidad queda detrás nuestro.

Buen rollito :-)

jueves, 9 de julio de 2009

Tecnoeducación (y ii): Platón y el buen salvaje 2.0.

[Después de una injustificada pero justificable ausencia, y de modo un tanto absurdo, retomo lo que dejé inacabado, antes de pasar a otra cosa. Miles de disculpas por publicar una segunda parte de tan poca cosa casi cuatro meses después de la primera]

La realidad es que en muchas ocasiones el uso de las nTIC supone saber ya de antemano aquello para lo que se espera que sirvan. Por ejemplo, el uso de herramientas para desarrollar capacidades de colaboración y compartición va y resulta que supone resuelto el problema para el que pretender ofrecer solución, es decir, no sólo supone entender esos conceptos, sino participar de un proceso cuya lógica (diseño de objetivos, procedimientos y metas) presupone ya la colaboración como hecho previo. Imaginemos que una comunidad científica define un modelo de aprendizaje cognitivo. Luego desarrolla una herramienta que potencia el aprendizaje cognitivo. Y luego evalúa el resultado de la aplicación de esa herramienta, con resultados positivos. Y de ahí concluye que su herramienta tecnológica potencia el aprendizaje cognitivo. Pues muy bien; no cabe duda de que con ello se ha hecho luz sobre un fenómeno, pero hay que reconocer que esta conclusión es antropomórfica de cabo a rabo. Ya Nietzsche, hace 150 años, puso de relieve este hecho, pero seguimos empeñados en ignorarlo. El éxito de una herramienta de aprendizaje basada en un modelo predefinido de aprendizaje en realidad sólo es tal en el marco del modelo, pero no dice ni un ápice ni del propio concepto de aprendizaje, ni de la cualidad (y calidad) del mismo, ni mucho menos aclara si en realidad es así como aprendemos los humanos, o si no aprenderemos mejor de otra manera. Esto, dice Nietzsche, es como alguien que esconde una mochila tras un matorral y luego, tras unas horas, al ir a buscarla, se asombra y se felicita por encontrarla allí.

En general, los criterios de referencia a la hora de definir modelos de aprendizaje son de tal vaguedad que permiten demostrar prácticamente cualquier parámetro de eficiencia. Tomemos como ejemplo el e-learning, cuya vida es relativamente corta entre nosotros. Es posible realizar una revisión literaria, académicamente contrastada, es decir, validada por los sistemas “oficiales” de crédito investigador, como las revistas especializadas, las revisiones ente pares, etc., de orientación favorable y desfavorable. Existen miles de artículos que hablan de sus virtudes, o de sus defectos. Pero poca experiencia comparada sobre su éxito, medido en términos en los que cupiera un acuerdo razonable entre la comunidad docente.

Pues, si fuera de otro modo, si descendiéramos a la concreción del modelo de calidad del e-learning, quizás nos encontráramos con la desagradable sorpresa de contemplar propuestas de toda la vida, pero rebozadas ahora con el pan y el huevo de la construcción, la colaboración y el autoaprendizaje. Mi experiencia particular como alumno en el seno de una institución vanguardista en e-learning y el paradigma student-centered es el siguiente: debates inmoderados en foros de toda la vida; desaparición del guía-facilitador, resúmenes de textos; materiales en formato papel y enviados por correo; trabajos individuales limitados en extensión, repletos de condicionantes y sujetos casi siempre a la obligación de resumir lecturas; trabajos en grupo sin herramientas de trabajo en grupo... Y paso por alto hablar de la evaluación y los criterios de calificación. O de la “accesibilidad” ya no del sistema, sino de los “tutores”. Reconocer estas realidades no les gusta a los adalides de la educación centrada en el estudiante, pero yo no veo la diferencia entre este modelo y objetivos tradicionales tales como conocer la geografía de un país, dibujar un mapa, comparar dos teorias pedagógicas rivales o resolver un sistema de ecuaciones. Ahora esto se hace en la virtualidad, pero se hace igual que siempre. Sin embargo, existe un lenguaje justificativo y coherente que “dice” que lo que yo percibo del modo explicado en realidad no es así. Frente a aquellas antigüallas conceptuales, adiós innovación, adiós discursos, adiós cátedras y adiós poltronas progresistas. Entonces, claro, resulta más “creativo” hablar de que “el manejo de estas tecnologías convierte a nuestros alumnos en seres autónomos, eficaces, responsables, críticos y reflexivos en la valoración de la información de que puedan disponer”. Naturalmente, la hipótesis ad hoc, en este caso, es la siguiente: el modelo da libertad para desarrollar los medios de conseguir esos fines competenciales; es decir, el modelo es una estructura formal, sin contenido, algo así como un imperativo categórico kantiano del aprendizaje. Pues en este caso, si es una estructura formal, lo que significa es: el modelo revela el éxito del modelo. Tautología excelsa.

Y es que ningún modelo pedagógico puede arrogarse su superioridad sobre otro, en términos de eficiencia (o excelencia) objetiva, pues precisamente de lo que se carece es de un criterio de eficacia objetiva o de verdad. Tales criterios suelen depender de cuestiones ideológicas, políticas, estadísticas, cuando no sencillamente de modas. Sólo construyendo su objeto a medida puede un modelo declararse superior a otro que conciba el objeto de modo diferente (por cierto, y aprendiendo de la historia de los paradigmas científicos, jamás deberíamos dar por muerto a uno). Y, en estos términos, el debate debe trasladarse al ámbito de la antropologia, lo que nos hace preguntarnos, una vez más, si no será perfectamente posible una educación sin pedagogía.

Incluso dentro del paradigma pedagógico en vigor encontramos ideas que descartan la relación automática entre cualquier modelo de aprendizaje y la eficiencia del mismo. Por poner sólo un ejemplo (y obtendríamos muchos más del ámbito de la renacida neurociencia): el concepto de conocimiento tácito (tacitness) de Polanyi, que supone un reconocimiento del papel que lo “inaprehensible” (unhanded) cumple en el proceso de conocimiento (y justamente de eso habló Polany, de “procesos”). Pero aún éste se ha buscado reinterpretar y concentrar en un modelo, incluso en el ámbito de la gestión del capital intelectual y del management (parece ser un signo de vanguardismo la capacidad de integrar cualquier idea en cualquier contexto; sin duda, de imaginación sí lo es). Lo mismo sucede con la obsesión por “identificar” los conocimientos previos. La consigna parece ser que nada debe quedar al azar, a la improvisación o a la mera espontaneidad del acto de educar: es preciso esquematizar todos los estilos de aprendizaje, todos los tipos de inteligencia, todas las competencias asociadas… Finalmente, produciremos herramientas que den cuenta de estos procesos y nos felicitaremos del éxito de las mismas. ¡Enhorabuena!

Por debajo, no obstante, una sensación incómoda: que en realidad nada sucede tal como prevén nuestros modelos. Ni en nuestras prácticas educativas ni en la cabeza de nuestros alumnos. Pero claro, esto hay que “vivirlo tácitamente”.

Buen rollito :-)