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sábado, 28 de marzo de 2009

Tecnoeducación (i): Platón y el buen salvaje 2.0.

En la última década se han multiplicado, con una potencia comparable a como lo hicieran en la mitología bíblica los panes y los peces, las experiencias, teorías, modelos, propuestas y aplicaciones prácticas de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) a los entornos educativos (no así los estudios constatantes de resultados). Me cuento entre quienes han tratado de coligar dos esferas que, ontológicamente, poco tienen que ver entre sí. Ni de la historia de la pedagogía ni de la historia de la tecnología, per se, pueden deducirse, a mi juicio, amoríos de esta naturaleza, y a los griegos más influyentes del período más influyente de la antigua Grecia les habría parecido un despropósito descomunal la contaminación de la paideia sublime, situada por Platón en el ámbito de lo inteligible, allí donde reinan la dianoia (pensamiento) y la noesis (inteligencia), por el saber bárbaro, sensible y “prescindible” de la pistis (creencia, costumbre, hábito, pero también conocimiento material, artesanal, prototécnico…). Ni estamos en Grecia ni las ideas platónicas en este sentido sirven más que como referentes utópicos para la sociedad del conocimiento. Pero es cierto también que situarse en el extremo opuesto (el triunfo definitivo de tal entelequia por mor del triunfo del sistema-global Tecnología) no ayuda demasiado a despejar los problemas reales de la educación, por más que sirva a las especulaciones de los agoreros del futuro, o a las teorizaciones, más serias aunque no sé si más efectivas, de los pedagogos tecnoconvencidos.

Por todas partes parece germinar un optimismo, quizás exagerado, con respecto al papel determinante de las nTIC con relación a los fines educativos. Es cierto que la postura general parece más moderada: las nTIC son medios, su origen tiene que ver con intereses y movimientos de mercado que exceden con mucho el poder de intervención de las comunidades de educadores en la lógica de su evolución. Y es cierto que, entonces, el énfasis se pone en la capacidad de reconversión de tales medios y estructuras, en una nueva definición de sus roles, o en una apropiación bien orientada de sus potencialidades. Este plantemiento, como es natural, es más real y menos bombardeable que el de la tecnofilia a ultranza, sobre todo ahora, que se propone recubierto de conceptos de moda en el discurso, no sólo educativo, sino también sociológico, psicológico (e incluso psiquátrico) y ecológico: sociedad abierta (entornos, estándares, códigos abiertos), globalización del conocimiento, colaboración entre iguales, transdisciplinaridad... Un modelo en el que el cognitivismo, la automotivación, la compartición y las buenas intenciones de todos los actores en el escenario postecnológico producirán finalmente el sentido. La idea de una Web no solo “social” sino también significativa en sí misma, “semántica”, la idea de un magma universal, de libre acceso, en el que nuestros actos tecnoeducativos alcanzarán su auténtica dimensión y se reencontrarán con su “naturaleza”, esta idea, digo, es el mar de fondo de los movimientos “visibles” en las redes virtuales 2.0: instantaneidad, transportabilidad (o mejor, “implantabilidad”, a través de los dispositivos portables), socialidad extrema, folksonomías, perfiles e identidades compartidas, abolición de la “diferencia” individuo/red, etc…

Pero, por lo mismo, absoluta indiferencia del modelo hacia sus componentes.

No sé por qué, pero siempre me ha parecido que estas confianzas desprenden un tufo rousseauniano, un allure a “buen salvaje”, que se me hace difícil compatibilizar con hechos tales como que, en el instante en que la disponibilidad de medios tecnológicos es mayor, los niveles educativos intergeneracionales decrecen por primera vez en España desde hace cien años, la tecnofilia se convierte en fantasmal (pasa desapercibida y casi nadie tiene la impresión de ser adicto a la misma), los comportamientos psicológicos de los adolescentes se vuelven agresivos en ausencia de ciertos aparatos que conforman su ecología, la distribución del tiempo (el tiempo “real”, ése durante el cual dormimos, trabajamos, comemos, nos relacionamos con los otros o hacemos el amor) se introyecta hasta la sociopatía, las prácticas educativas sustituyen los “procesos” lógicos de trabajo, por “esquemas de procesos” predefinidos, o Internet se convierte en “autoridad certificante” en el imaginario de nuestros alumnos (y lo que es peor, de otros que no lo son).

Da la impresión de que estos fenómenos pueden explicarse con las suficientes hipótesis ad hoc, igual que se han explicado con hipótesis de este tipo las sucesivas brechas del modelo educativo vigente, que comparte escenario constructivista con este paradigma tecnoeducativo. Siempre hay una explicación en términos de falta de recursos, financiación, formación, motivación, voluntarismo y dedicación. El sistema es bueno, pero su aplicación no. En mi opinión, el sistema es bueno pero sus bondades sólo existen en el modelo. Qué casualidad, ¡como en la Ciudad Ideal de Platón!

lunes, 9 de marzo de 2009

Las dos globalizaciones. Lógica económica e identidades virtuales

Parece que no somos demasiado consistentes al utilizar el vocabulario. Desde una perspectiva progresista, globalización es un término que no suena bien. Es sinónimo de colonización neoliberal del pensamiento, lo que ya implica todas las formas posibles, abiertas y sutiles, de sumisión de las diferencias a la lógica económica y tecnológica. Aquí hay pocas dudas: o se está a favor o en contra, porque las posturas tibias suenan a excusa y, como casi siempre, los tibios son los que salen peor parados. Por su parte, los movimientos contrarios son presa de pesadillas en las que los manifestantes difunden su mensaje por mor de los media globales y llegan a hora a su lugar de concentración gracias a la puntualidad de los vuelos cuyos billetes han sido comprados por Internet a miles de kilómetros. Soy consciente de que estoy caricaturizando el fenómeno, pero una cosa es la caricatura y otra el simplismo: se discute si los movimientos antiglobalización son excrecencias toleradas porque dan mayor pábulo al sistema democrático que los ampara, pero no tanto si las experiencias de resistencia a que dan lugar construyen identidades y tenaces sentimientos de oposición o si por el contrario las fragmentan.

¿Y que sucede con la globalización de lo social-virtual? Esta globalización, dijo el pope Berners-Lee, es la fase tercera: tras la red (NET) y la Red (WEB) debe tocarle el turno a la GGG (GlANT GLOBAL GRAPH). El Gigantesco Gráf(ic)o Global, sin embargo, hemos de suponer que no es neoliberal, pues para empezar tiene una esencia, un corazón puro (a diferencia del mercado, que lo tiene negro y peludo): este corazón se llama colaboración (anglicismo de moda para denominar a la web social, cuando tenemos un término precioso que es ‘cooperación’). Pero no sólo corazón. Además, tiene cabeza: el GGG ya no es un mero formulismo sintáctico. Sus protocolos no se limitan a conectar unidades infomativas. Ahora los artefactos compartidos en el grafo se vuelven significativos, pues estamos hablando ni más ni menos que de la Web Semántica. La Web 2.0 exigía de sus participantes cierta dosis de altruismo y un cambio de esquemas mentales que distó mucho de ser ‘global’. Y hablo en pasado porque es evidente que este paradigma está agonizando, si no ha muerto ya mientras escribo estas líneas. Porque, otra vez en términos analíticos, si no hubiera muerto ya no sería un auténtico fenómeno del sistema global-Tecnología. La muerte de la Web 2.0 es la que da sentido tanto a sus defensores como a sus detractores. Y a la vez lo que la momifica para siempre y le da derecho a ocupar su lugar eterno en la galería de los fenómenos revolucionarios. Pues en los museos del conocimiento nada muere, porque el modelo es la criogenización de todas las energías, es la detención del ritmo del cambio. Haz una prueba. Convierte algo en modelo: ya lo has aniquilado del mundo de lo real y le has dado vida eterna. Seguramente por eso Firefox se ha ido a triunfar 100 a cero contra Internet Explorer… en la Antártida.

Para que nazca, por breves momentos, la web semántica (que no es la Web 3.0., porque en ese caso presupondríamos una linealidad muy anti-grafo, y porque sus teóricos serían de talla menor si asumieran que su criatura es un mero fenómeno cuantitativo) necesitamos testimoniar la defunción de su predecesora, pues aquí, a pesar de hallarnos en el universo del buen rollito y del progresismo, nadie recuerda a Khun ni a sus paradigmas, esos que podían coexistir y cuyos triunfos se vivían sólo como momentáneos. Si la Web 2.0 exigía de sus usuarios la transparencia, con lo que parecía que la hubiera inventado el mismísimo Rousseau, la web semántica exige de los mismos su desaparición, su volatilización en el magma del significado, pues no tiene sentido la existencia de un intérprete allí donde todo se da ya interpretado: así como los megaholdings económicos aniquilan las posibles resistencias de sus altos ejecutivos convirtiéndolos en socios, disolviéndolos en su estructura, así el gigantesco grafo global pretende ahora fragmentar definitivamente la identidad de sus usuarios, pero utilizando para ello, qué curioso, la palabra contraria: la construcción de la identidad. El nuevo sentido del individuo se alcanzará mediante la participación en todos los eventos de etiquetado y significatividad en que se convertirán sus maravillosas experiencias de vida digital. Convencido de que alcanzará a conocerse de verdad cuando la máquina le devuelva su propia imagen semántica, ahora se alegrará cuando el buscador universal retorne entradas cien veces más ajustadas porque tomará en cuenta los parámetros de sentido que los humanos previamente le habrán inyectado. Y seguiremos poniendo cara de sorprendidos.

Tras mucho correr detrás del sentido, éste emergerá por fin de las máquinas de acuerdo con protocolos y microformatos, con etiquetados de precisión suiza, que darán lugar a ontologías leibnizianas, o sea alemanas, ahí es nada. Llegado el momento, los apologetas declararán haber diseñado el mejor de los mundos posibles, y en ese instante a la web semántica le dará un patatús y nos sacará a todos de un zarpazo de sus entrañas, justo cuando estábamos a punto de descubrir quiénes éramos. Al poco tiempo llegará el Grafo de Grafos, la Web 4.0. Luego la cinco cero, que será negra, tras la cual la humanidad se extinguirá entre cataclismos. En algunas antiguas profecías esto está representado por un señor con gafas grandes y cara de tonto, apellidado Gates, que traerá en su mano, según cuentan, una copia reluciente de un artefacto productor llamado ‘Windows 1.0’., que aún no se ha conseguido descrifar qué es.

Yo no sé si a la globalización económica, de derechas y con cara de perro, y a la globalización de la socialidad virtual, postrousseauniana, algo marxista (el estado da sentido al individuo) y bastante cool, con sus tonos pasteles y sus grandes botones, subyace la misma lógica. Sólo me sorprende que estemos tan en contra de una y, a la vez, tan a favor de la otra. La única explicación es que una parte del supuesto de la maldad humana y la otra del de su bondad. Si no, no me explico que el mismo concepto nos horrorice aquí y nos apasione allá. ¿Será que no se trata del mismo concepto, y entonces somos inconsistentes en el uso del lenguaje? ¿Será que no sabemos vivir sin oposiciones? ¿Será que somos simples y binarios, y que en el fondo no hallamos la manera de sacudirnos de encima las dicotomías? ¿Podemos asegurar que la construcción de la identidad virtual no significa lo mismo que su fragmentación y desaparición, y ello, a su vez, que quien ha muerto definitivamente es el sujeto de tanto cambio, pues, como en un entierro, el féretro es quien menos importa aquí? ¿Qué sucederá cuando el mundo sufra una crisis virtual de verdad? Es más, ¿se puede sufrir una crisis virtual "de verdad"? ¿De qué color son las cosas que no tienen color...?

Otro día hablaremos de ello, que ahora es muy tarde.

Buen rollito :-)

viernes, 6 de marzo de 2009

Multicentros Comerciales Educativos (y iii)

(viene de 'Multicentros Comerciales Educativos (ii)')

La dirección de los cambios sociales es la de la segmentación, la de la personalización e individualización de los contenidos, los servicios y los espacios. Incluso en la renqueante y lenta nueva reforma de la Formación Profesional, que con los centros específicos e integrados parece que supone una cierta vuelta a la cordura, la orientación actual hacia la especialización, todo lo criticable que se quiera en los currículos, es una buena práctica cuando supone agrupar lo igual, no lo desigual, para que pueda ser tratado igualmente, para que los problemas se minimicen y para que los peones de la educación de trinchera puedan encontrar un sentido, a escala humana, y objetivos comunes, entre los comunes, a su tarea, lo que a su vez redunda en motivación de grupo, en ganas de emprender proyectos e innovar.

Pues en medio de esta tendencia, va y a la enseñanza secundaria se la inserta en la tendencia contraria: integración de lo, por tan desigual, abismado, mezcla, confusión de roles, metodología, exigencias y niveles. Esta propensión lleva a la infantilización de la educación media y, dialécticamente, a la contaminación de la postniñez con problemas que, como el de la violencia escolar, se trasladan ahora hacia abajo. Los comportamientos miméticos contribuyen a difundir la desaparición de la niñez y la postniñez de los niños, y, a su vez, a infantilizar la adolescencia de los adolescentes: ¡todos juntos al instituto, qué gozada! La poca lógica curricular no ayuda: en algunos cursos los alumnos se apoltronan, se instalan, y entonces el sistema debe empujarlos automáticamente hacia arriba, para que no hagan tapón y las estadísticas sigan arrojando algún resultado. Y los afectados lo saben.

En este sentido, los centros así concebidos reproducen el modelo social de una cultura por y para el niño: él es el protagonista, y la tiranía que ejerce en el seno de sus familias pretende extrapolarla a sus compañeros, y a los profesores ahora “a-maestrados”. De tal manera que la mayor parte de las energías de los equipos directivos y docentes se malgastan en resolver sandeces derivadas de esta ceremonia de la confusión. Y la energía consumida, sumada a la mala leche acumulada, es inversamente proporcional a la implicación vocacional y a la innovación, que es como decir que cuando aumenta la energía cinética disminuye la potencial, o sea, ciencia elemental. Supongo que cuando uno decidió hace años hacerse profesor y no maestro sería por algo. Decir esto no es políticamente correcto. Pues mejor. Los teóricos suelen ensañarse con este argumento. Pero lo cierto es que, que el sistema se descolgara en su momento con una reinvención socioeducativa de la psicología diferencial se llama, en términos laborales, estafa. Y así nos sentimos muchos profesores de secundaria: estafados. Hubo un tiempo en que había maestros y profesores. Hoy hay maestros, maestros-profesores, profesores-maestros y fontaneros de la estupidez (como yo, en mis Atenciones Educativas). Las niñas ya no quieres ser princesas: ahora quieren ser alumnas de la ESO, yendo a clase de lunes a viernes vestidas como el fin de semana, entendiendo la semana laboral como una continuación de la festiva, gracias a las posibilidades, tecnológicas también, de hacer prácticamente lo mismo un martes que un sábado. Además, ahora se naturalizan en los microalumnos comportamientos propios del marco de los institutos, que en las escuelas no tenían lógica alguna, es más, ni se llegaban a plantear como problemas organizacionales o convivenciales: salir y entrar, retardarse respecto a los horarios, fumar en los lavabos, sentirse “adulto” y poderoso cuando se salta la verja, ser adulado cuando se lidera un grupúsculo de aprendices de raperos y grafiteros… Como con la moda en el vestir, los móviles, las disco-kids, el champín, los navegadores e incluso el Facebook (Kidswirl), parece que el objetivo voraz de esta cultura es que los niños hagan lo mismo que los mayores, pero en pequeño. Lo que pasa es que muchas de las consecuencias de tal mistificación no distinguen grados. Y lo que dificulta una vuelta atrás, una negación de la mayor, es el hecho de que detrás de asuntos aparentemente tan alejados como la educación y la moda hay toda una filosofía del consumo, y toda una economía de la suplantación de las emociones por los artefactos, del tiempo por la aceleración, y de la auténtica atención diferencial (la que comienza por los progenitores o equivalentes y continúa en un sistema educativo racional) por la falacia de la igualdad.

El caso es que en realidad estos desubicados no hacen más que lo que a voces se les invita a hacer. Sólo que multiplicado por el efecto democratizador de la calidad de vida de sus padres y de la propiedad privada de los medios tecnológicos; es decir, lo que cabría anticipar que hicieran al ingresar en estos prodigios de la confusión en que se han convertido hoy muchos de nuestros centros. ¿O es que el ser humano es inmune a los contagios y al gregarismo? En realidad, a mí no me escandaliza que fumen, salten la valla o vayan a desaparecer en cualquier rincón del multicentro comercial para esquivar al fontanero plomazo, seguros de que el profesor “de guardia” pasará ampliamente de emular a Starsky y Hutch. Yo haría lo mismo. Sólo me preocupa que no funcionen las contramedidas, porque el cinismo y la hipocresía político-educativa nos ha privado de las más básicas y palmarias, las que no requieren ni siquiera retocar o maquillar el currículo. Y todo porque estos filigranas de la ingeniería pedagógica que nos gobiernan se ve que hicieron lo propio, desaparecer, el día que se explicó a Aristóteles en clase.

Buen rollito :-)

domingo, 1 de marzo de 2009

Multicentros Comerciales Educativos (ii)

(viene de 'Multicentros Comerciales Educativos (i)')

Afirmo que mezclar todos los niveles educativos es un error garrafal, o, lo que es peor, de garrafón: meter a los niños en el instituto, empeñarse en hacer centros de ESO, Bachillerato y Formación Profesional, que, además, puedan ser también centros de integración, de atención especial, de calidad, centros piloto para experimentar cualquier ocurrencia de los políticos…, esta decisión ha sido y es una solemne majadería.

Los centros educativos se han convertido en Multicentros Comerciales. Por su estructura, por la concentración humana que suponen y por la tendencia a ubicarlos en las afueras, la cantidad de consumidores potenciales que almacenan les hacen idóneos para el comercio de cualquier cosa, desde chucherías hasta cocaína. Tal decisión supuso en su día, además, problemas que sólo quien haya sufrido una reordenación similar podrá entender en toda su profundidad: problemas de reequilibrio entre los estudios y los que los imparten, que implican auténticos agravios comparativos entre dedicación, exigencias y formas de trabajar de los profesores de unos estudios y los de otros, reubicación y reconstrucción de espacios, redistribución de plantillas, reorganización de calendarios, horarios, desdobles, tiempos libres, aulas, comedores. Problemas insolubles que aún se arrastran.

Está claro que estos problemas se habrán percibido menos en los centros pequeños. Pero los hay grandes (por ejemplo, los nacidos de la extinción de la antigua Formación Profesional), que recogen abundante población, y en ellos los equipos directivos han tenido que hacer malabarismos propios del Circo del Sol para conjugar derechos con deberes, libertades constitucionales con exigencias de control parental. La burocracia y los parches se han multiplicado. La patata caliente se envió de una patada, y ahí sigue, al tejado de los centros. La administración dicta normas abstractas universales y a la inspección no le importa que los problemas a que dan lugar sean, de largo, superiores en número y en entidad a los que solucionan. La autonomía funcional y pedagógica de los centros es la mayor mentira del sistema educativo. La capacidad de adoptar soluciones personalizadas es nula. La flexibilidad que el sentido común habría de conceder a las normas es una entelequia: las autoridades educativas han tumbado horarios por estupideces tales como que la duración de una jornada no alcanza en un minuto la estipulada, o la excede. Las compañías de transporte escolar influyen localmente en las horas de entrada y salida. Tenemos que sufrir recreos de ocho minutos (en los que no hay tiempo ni para salir ni para quedarse, y en los que demostradamente se producen los mayores deterioros del mobiliario escolar) porque parece ser que a partir de media mañana no puede haber tres periodos lectivos consecutivos para los más pequeños. En cambio, algunos módulos de Ciclos Formativos requieren, simultáneamente, tres periodos lectivos seguidos, lo que en la práctica no hay Dios que se lo fume y, como es obvio, estos alumnos hacen sus paradas cuando les parece y se afincan en las puertas de las aulas, o salen a fumarse la irracionalidad imperante al exterior, y de paso a concentrarse en torno al A3 nuevo y sin embargo tuneado, ya que Dios no fuma, ni la administración se ve que tampoco. Los ejemplos podrían multiplicarse por la mencionada irracionalidad.

Pero lo más irritante de todo no es que el sistema de la concentración sea un error y no funcione, sino que, a pesar de lo obvio de sus defectos no encontramos en los que lo sustentan, sean del signo político que sean, ni una muestra de rectificación. Todos podemos equivocarnos, incluso los psicólogos y pedagogos en cuyo trabajo se inspiró este atentado contra el sentido común, aunque ahora no se quieren hacer responsables. En fin, y no es por echarles un cable, pero cierto es que si los políticos no se hubieran puesto manos a la obra no se habría pasado de las utopías a los desperfectos.

El sistema político-educativo quiere aparentar ante los agentes sociales una socialdemocracia y una progresía que en lo profundo son falacias enmascaradas en conceptos biensonantes, respecto a los cuales nadie se ha preguntado si favorecen la práctica de la educación, y de los que sólo sabemos que combinan a la perfección con los modelos. Y ya se sabe que vivimos en la era de las apariencias. Sin embargo, me pregunto qué hay de antiprogresista o de antidemocrático en separar a la gente en edificios y en gestionar independientemente lo que ocurre en cada uno. ¿Qué delito contra la convivencia y la pedagogía supone? Es tan sencillo como eso. Para empezar, a alguien se le podría haber ocurrido preguntar a los implicados antes de acometer tamaña gansada. Las millonadas que se han gastado en tratar de ponerle a cada hijo de contribuyente el centro en la puerta de su casa se habrían podido invertir en un modelo infinitamente más racional de organización escolar, en el que los problemas se habrían localizado, focalizado e independizado unos de otros (con lo que les gusta a los psicopedagogos hacer clasificaciones), en lugar de este sistema de confusión de roles que es capaz de acabar con la paciencia de Job.

(continuará)