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lunes, 26 de enero de 2009

“Che” Obama. El Mesías has come y los milagros 2.0

Ha pasado prácticamente una semana y no ha sucedido nada. Seguimos vivos. El mundo se paralizó, guerras incluidas, en un ejercicio de malabarismo político y de pactos de un cinismo tal que habrían hecho que Zenón el Cínico renunciara a su patronímico, y quien sabe si a toda su filosofía. Los israelíes se retiraron: que no quede un solo judío en Gaza, que no silbe una sola bala sobre territorio santo. Cualquier evento bélico es contraproducente tal día como el del Advenimiento, por más que el Apocalipsis augurara que la llegada del altísimo se vería precedida de desastres, cataclismos y bolas de fuego (toma profecía, con la que está cayendo), pero sin duda mucho más aquel que se produce en la región sagrada, dado que quien viene a gobernar los designios planetarios no es un cualquiera: es un peregrino, un pastor de la esperanza, un demiurgo de la potencia (“Yes, we can”), un “Che” de la revolución de las razas, un estratega de la imagen que ha sido investido por el poder intemporal reservado antaño a figuras de la talla de los Papas, otorgado hoy por los media virtuales. Veremos si este tipo simpático y capaz lo es también de resolver el desaguisado que su predecesor, y no Bush (que también), sino el otro, el de verdad, dejó, quién sabe por qué innombrable castigo, por aquellas tierras. Para empezar, la capacidad de obrar milagros en la tierra que dio por definición nacimiento a los idem será uno de los indicadores de si estamos ante el Prometido o nos han vuelto a engañar el yutube, los expertos en imagen, los escritores de discursos y los 600 millones de dólares que ha costado, como poco, esta travesía de Ulises por entre las truculentas aguas llenas de peligrosos republicanos, hasta recalar finalmente en la Ítaca capitolina, tal día como el de marras a las seis de la tarde, hora peninsular.

Obama es a la vez la revolución y la nueva era de la calma, el post New Deal, Die Neue Zeit y, en general, la anunciación de la esperanza y la redención de los males de América. Hasta aquí todo perfecto, si no fuera porque América, lo que se dice América, no existe.

Reconocido seguidor de las tradiciones, a veces inconsistentes, de Luther King, Kennedy, el segundo Roosevelt, Lincoln, su imagen ha sido elevada a icono del cambio revolucionario. Un nuevo "Che" en la América de las hamburguesas y los efectos especiales. Un nuevo "Che" diseñado por especialistas, jóvenes pero sobradamente versados en recuperar y reinterpretar antiguas iconografías. En difundirlas públicamente, en proyectarlas a la velocidad del bit en estudiados efectos literarios de exageración, metonimia, e incluso transliteración. Obama se ha rodeado de jóvenes 2.0, los que dominan lenguajes arcanos de los que las mayorías sólo ven las “apariencias superficiales” pero, en todo caso, responden a sus tientos, que es de lo que se trata. Escorzos, leves contrapicados, efectos de tinta plana y colores envejecidos y bélicos, para una sociedad en la que la guerra, además de cuestión de vencedores, es una fenomenal escenificación de banderas, palimpsestos, homenajes y reinvenciones heróicas. Un país en el que la Pepsi-Cola se ha afanado en adueñarse de los símbolos presidenciales y todos, Pepsi-Cola y presidente, tan contentos. En este escenario sin historia y sin profundidad, los recitadores recitan, los negros cantan góspel, los procastristas redibujan al electo con la gorra del Comandante y todos elevan incomprensibles plegarias que empiezan por God y acaban por América.

El destino de este mundo que, como los dibujos animados en los que se inspira, no tiene nada de inocente y mucho de despiadado, es ser redimido por el nuevo Mesías. No hay otro cambio posible; o bien, no hay cambio posible, sin más. Parece que los americanos, no contentos con apropiarse de los recursos del tercer mundo, de la energía, de papa Noel, de la tradición de Halloween y de la imagen del “Che”, ahora hubieran emprendido la tarea excelsa, superior incluso al arrogamiento de la voluntad islámica por parte de Bin Laden y sus adláteres, la madre de todas las tareas: usurpar el papel del Mesías, y hacerle venir a la fuerza, para pacificar los ánimos globales y embarcar a vaqueros e indios, reconciliados, en una buena nueva de naturaleza, vaya novedad, universal.

Este tipo nos cae bien a todos. Pero América no existe, ni los milagros tampoco. América entera es un efecto especial. Esto no significa que sus bendiciones no vayan dejando tuertos por doquier, pues es sabido que la capacidad de explosión (literalmente hablando, de ahí las rayaduras que proliferan por aquellas praderas) de la inteligencia humana es proporcional a la inflación de las adulaciones, las banderitas y las escenificaciones patrióticas. Es exactamente lo mismo que sucede en el parqué de Nueva York: mucha psicología de masas. Por eso resulta tan curioso el efecto de no-alineamiento que el señor Down Jones se atrevió a manifiestar el día de la Llegada. Parece que fue el único sobre la tierra que acabó la jornada con el ánimo desplomado. O, visto de otro modo, es como si hubiera dicho: -“Dejad que termine la fiesta. Luego volveréis a casa. Mañana será otro día” (aquí se copió de uno de esos slogans que tanto les gustan, salido de la misma boquita de Scarlett O’Hara).

Obama dijo que no era cuestión de elegir entre las dos Américas, la de la esperanza recién estrenada y los ideales de los padres fundadores (vaya tufillo, el del discurso, pero ¿de qué naturaleza han sido los discursos que han emocionado e insuflado ideas de cambio en los americanos?) y la otra, más pistolera, representada por el realismo pesimista del señor Jones, que se alegra cuando caen bombas pero no cuando se proclaman ideales. ¡Uf! ¡Qué miedo! ¿Qué podrán hacer ante eso los generadores de milagros 2.0? Si la tecnología es revolucionaria, ha llegado el momento de demostarlo. Es ahora o nunca. No hay excusas. Nadie ha escrito que a los milagros no se les pueda juzgar bajo la óptica del sentido común; así pues, aplicando su lógica aplastante, diríamos que lo importante no es llegar, sino mantenerse, mantener a América en una especie de prodigio orbital constante de esperanza hecha carne. Pero América no existe. Veamos cómo la revolución social de las tecnologias conectivas se pone ahora del lado del Mesías de la nueva era. Ya lo han hecho una vez. Se trata de continuar haciéndolo.

El señor Down deglute una cena con caviar iraní, al lado de un grupo de judíos adinerados, bajo un grabado de Honoré Daumier (no sé quién lo habrá puesto ahí). Hablan en voz alta y emiten tremendas risotadas. Uno de ellos levanta súbitamente su copa para brindar por aquel que debe mantener ocupados a los cantantes de góspel, a los llegados de Kenia y a los espaldas mojadas. En el gesto, el vino se derrama por los aires, yendo a impactar en el grabado colgado de la pared.

Los pobres de espíritu europeo esperamos, por nosotros y por Todos (que a los de aquí también se nos da de vicio formular universales) que la América del nuevo trato no sea sólo la América de la esperanza. Mal nos iría entonces. Y que su existencia no sea, como hasta ahora, una proyección holográfica de los anhelos del mundo. Porque este tipo, Obama, cae bien. Yo quiero creérmelo. Me lo creería…, pero América no existe, ni los milagros me temo que tampoco (por un momento me había dejado llevar). Y, si existen, que lo demuestren los que ya han obrado uno.

Buen rollito :-)