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sábado, 22 de agosto de 2009

Lo social y la socialidad, su simulacro



No. No es lo mismo lo social que la “socialidad”. Y no me referio sólo a que los conceptos pertenecen a un orden lingüístico diferente. Quiero decir que se pueden dar el uno sin el otro. De hecho, la relaciones entre los sujetos en el metaverso son así: escenarios de socialidad sin cuerpo social. Escenarios de libertad sin utopía. Transparencia sin profundidad.

Lo social pertenece al tiempo fuerte de la historia. Tiempo newtoniano en lo físico, dialéctico o crítico en lo energético. Tiempo en el que los acontecimientos se producen según estructuras que tiene como polaridades al sujeto y al objeto, y como destino la transformación o la revolución. Es el tiempo fuerte de la economía política y del valor de uso y de cambio. Tiempo del racionalismo, los procesos orientados a fines y guíados por objetivos. Desde el Renacimiento hasta mitad del siglo XX, en que el capitalismo postindustrial se alía con los medios de comunicación de masas, la historia fue concebida como la representación humana del tiempo fuerte de los acontecimientos: las grandes esperanzas de una humanidad mistificada y sublimada en el hombre blanco, los Grandes Hombres de Carlyle, el marxismo tan certero y tan ingenuo a la vez, la obsesiva transformación de la naturaleza. He ahí el tiempo fuerte de lo “real”, los metarrelatos legitimadores y de lo “social” como socius, como cuerpo y como objeto de teorías y liberación.

La socialidad, derivada de la proyección de los discursos colectivizantes y armónicos al mundo virtual, en cambio, ya ni siquiera es un concepto, latu sensu, sino, antes bien, un simulacro potenciado al extremo de la idea de un cuerpo social que valdría la pena mantener y en el que (y por el que) nos sentiríamos representados. La socialidad es el tiempo débil de lo social, correspondiente a la disolución del sentido radicalmente transformador (no digamos ya revolucionario) de nuestras prácticas. La socialidad es la muerte en vida, y la vida eterna de lo social, que, convertido ahora en modelo de representación del ciberespacio, pervive, intocable y momificado, como referente meramente ideal y abstracto de nuestros discursos, igual que la arquitectura vive para siempre en la representación ideal y pura de la geometría. Éstos, los discursos, se empeñan, se enfrascan en producir su objeto a toda costa. Como si a base de repetir que nuestras prácticas son sociales, colaborativas y abiertas, fuéramos por fin a producir los acontecimientos necesarios para ello. La materialidad del concepto (los estoicos: “si dices un carro, un carro pasa por tu boca”) se ha desmentido en el universo de la virtualidad, pero, a la vez, ha renacido, reluciente, convertida en avatar y en proyección holográfica de un sujeto inexistente en tanto tal.

Cuando observamos la contumacia del sistema económico, tratando siempre de revertir a ecuaciones lineales y performativas las emergencias aleatorias y los usos incontrolados de las herramientas digitales y los espacios de socialidad, lo que realmente contemplamos es la lucha entre dos lógicas: la del orden de la realidad y la del orden del simulacro. La primera es fuerte, la segunda débil. La primera es histórica, la segunda no. La primera se envuelve en el manto moralizante de los conceptos liberadores de las éticas materiales: el crecimiento sostenible, el bienestar, el beneficio legítimo, el progreso y la contribución al equilibrio planetario. Sabemos que todos estos conceptos son falsos, pero aún así lo social toma la determinación de seguir creyendo en ellos, y produciéndolos por doquier, pues lo falso es la condición de verdad de lo verdadero, y, como en las teologías, el fundamento de la esperanza. La segunda es dionisíaca y toma la forma energética de los movimientos de masas: acciones sin memoria y sin objetivo, acciones fáticas, estéticas y pseudocomunicativas. Un fin sin finalidad, contra Kant y con Baudrillard. Aquí no hay territorio para la verdad y la falsedad. La socialidad pertenece al orden de la fascinación, la seducción y el espectáculo, y estos órdenes rescinden toda relación contractual con la ontología de la verdad. En la socialidad nos abolimos todos como sujetos para renacer como avatares.

De alguna manera, sin embargo, el exceso del simulacro, que es un doblaje de lo “falso” que acaba por explosionarlo, sigue abriendo puertas a la reinvolución en la historia. Aún no hemos aprendido a liberarnos del orden de lo real. Nuestros avatares siguen siendo demasiado humanos.

Buen rollito :-)

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