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miércoles, 15 de julio de 2009

Gateway Value: economía del nomadismo virtual

Antes de Internet todas las aplicaciones, el software informático, se ejecutaban en un ordenador cliente, esto es, en el ordenador del usuario final. Claro, no podía ser de otra manera. La compartición, o el simple guardado de un archivo, debía hacerse “físicamente” e in situ, almacenándolo en el disco duro, o transportando el archivo exportado por una aplicación a otro ordenador, mediante un disquete, cinta de backup, etc.

Con la llegada de Internet las aplicaciones cliente comenzaron a “inclinarse” poco a poco hacia la nueva red. Primero eran simples enlaces a contenidos “de ampliación” (típicos en las enciclopedias digitales y en los CD’s temáticos que se pusieron de moda hacia mitades de los noventa). Pero la aplicación cliente era aplicación cliente, y la red era otra cosa. El paso siguiente, muy globalista él, fue el desarrollo de la intuición de que la conexión a la red era innecesaria, y algo que contribuía a percibirla como separada del propio ordenador conectante, y a percibir lo que sucedía en Internet como algo separado de lo que sucedía en el ordenador de cada uno. Algunos decidieron entonces que eso, no sólo no era bueno para el negocio, sino que no era bueno para la sociedad en general. Y eso sí que no podía tolerarse. Así pues, Microsoft y otros se afanaron en producir sistemas operativos que, conjugados con las tecnologías de conexión post-módem (el mundo post-módem se convirtió también en la fase post-mortem del individualismo, a favor de las nuevas mitologías de la socialización y la colaboración), convertían en un continuum la relación ordenador-red. Los ordenadores ya estaban conectados, por el sólo hecho de enchufarse a la corriente eléctrica. La instalación del sistema operativo conlleva, de manera transparente, la configuración de la conexión. El sistema operativo que no configura por sí mismo el acceso a la red nos defrauda. Lo primero que hacemos al reinstalar uno es comprobar si ha hecho los deberes: el acceso funciona, luego existo. El acceso no funciona. “Pues vaya mierda de sistema operativo”.

La exploración de la red, cómo no, se hacía (y se hace) a través de un programa cliente (el navegador o browser), pero este programa no se “percibe” como los demás. Por lo pronto, el programa en sí mismo no hace nada: no procesa textos, retoca imágenes o crea secuencias de vídeo. Es, antes, bien, una “puerta” al otro mundo, al mundo de lo digital-etéreo, de lo ubicuo, lo que, como el Demiurgo, está a la vez en todas partes y en ninguna. Un navegador actual, receptáculo de protocolos y plugins, contiene la esencia de toda pasarela al más allá del espacio y del tiempo: H.G Wells y Stargate reunidos en un gigantesco tropo de bits que convierte al browser en una extensión de nosotros mismos, y, por extensión, en la representación de la totalidad del espacio virtual. A los ojos de muchos de mis alumnos más pequeños (esos a los que Prensky denomina, sin saberlo ellos, nativos digitales), Internet es el navegador, y “¿tienes Internet?”, que se ha convertido en una extraña y frecuente pregunta cada vez que enchufo el micro PC en un aula, en "¿tienes un navegador?" (pues cuando les digo que Internet no es algo que se “tenga o no”, se quedan mirándome con cara bobalicona y alguno, levantando el dedo hacia el icono del Mozilla o el Explorer, al que reconocen mejor, le dice al interrogador, con aires de alfabeto tecnológico, “pues, ¿no ves que sí?” y se queda tan pancho).

Un navegador es en realidad una fantástica sinécdoque, un pars pro toto virtual o, si se quiere, una metonimia, pero en cualquier caso un deslizamiento del sentido que, como buena figura literaria, dice mucho más de lo que aparenta decir, pues nos informa de que semejante desplazamiento se ha obrado también en la percepción del papel que el control del escenario virtual-social juega ahora en la vida digital, contra el que jugaron las primitivas aplicaciones cliente en la vida prehistórica. El sueño paradigmático de Internet es perfectamente analizable por ese efecto de desplazamiento retórico de lo individual a lo colectivo, de lo concreto a lo etéreo, de lo material a lo inmaterial, y, en suma, de la producción de contenidos a la metaproducción de discursos.

Tras el proceso de integración de lo local y lo remoto, le llegó el turno al desplazamiento de las identidades. No entenderemos nada si nos abocamos a la comprensión de los metaversos virtuales con los instrumentos conceptuales de la era del sujeto. Y en esas estamos hoy. Tal desplazamiento se visualiza en el futuro próximo como una “disolución”, en términos químicos, o una integración, en términos matemáticos. Y este planteamiento tiene que ver, en el límite, con la innecesariedad del propio ordenador, que es como decir: del propio sujeto. Éste ya no es concebido como una terminal operativa, sino como un simple medio para que la información y la socialidad sigan fluyendo, a través él, hasta otros usuarios-red. Es decir, tú y yo no somos un destino de la información, sino nodos o condiciones del flujo de la misma. Si estamos “apagados” no pasa nada, porque somos sólo dos, pero si se “apagan” varios millones de usuarios, la red, que sigue existiendo como tal, pierde ahora la mayor parte de sus determinaciones esenciales, y si el apagón se prolongara durante varios días el mundo sufriría una crisis virtual de verdad, es decir, economía incluída. Aunque no se resientiera la red física, el backbone, construido, a imagen del cerebro humano, para funcionar en ausencia de muchas de sus neuronas, sí entrarían en depresión los principales conceptos a través de los cuáles se valoriza, produce y re-produce: la socialidad, la colaboración, la interacción, las comunidades, la semantización... Y éste es un gran demérito con respecto a la red-terminal.

Pues en la red-terminal el destino de las operaciones digitales (bases de datos, foros, o primitivas BBs) eran los usuarios finales y la información servida a estos para su procesamiento. Si antes estábamos valorizados como usuarios ante aquellos que creaban contenidos y herramientas, ahora no valemos si no somos capaces de dejar una huella, una “impresión” en una red social. El valor del sujeto en tanto sujeto se ha transferido ahora al valor de sus cuentas y passwords, y es proporcional al valor de sus inscripciones, surgiendo así un nuevo gateway-value o valor-pasarela. El valor-pasarela es un valor temporal, un estado "beta permanente" del valor, pero, por ello, el único que tiene sentido en una economía del nomadismo virtual. Las redes sociales se alimentan de huellas de miles de usuarios que, a su vez, son rastreadores y puertas de paso: RSSs, trackbacks, etc., son los rastros de la socialidad en esta red. La identidad, que habría de ser individual por definición, es ahora una baba de caracol que se extiende a lo largo de miríadas de conexiones en el metaverso. Las comunidades que no consiguen la masa crítica suficiente son relegadas al ostracismo, “apagadas”, y no son reevaluadas en esta economía de tránsito del conocimiento. El nuevo indicador del valor es la masa dinámica, no necesariamente real: proyectiva. Entramos en una economía del nomadismo digital masivo, y ello sucede sin una efectiva nostalgia de la era del sujeto, y con la fascinación propia de los espectáculos circenses. La producción de contenidos de calidad tiene lugar, no por un trabajo expreso y orientado, sino por un efecto estadístico similar al que se utiliza como argumento a favor del software libre: en él confluye el trabajo de miles de desarrolladores y la valorización tiene que ver con el proceso de su producción antes que con el producto resultante.

Como en los estados de equilibro de los gases, todo lo que en el mundo de la integración (que anticipa lo que ahora algunos teorizan como “Singularidad”) aparenta ser una estructura constante de conexiones identificables y recurrentes, es sólo eso: una apariencia. En el fondo, las moléculas de esta estructura, los sujetos-pasarela, se comportan como un conjunto caótico y entrópico de operaciones temporales, cada una de las cuales no tiene otro valor para el sistema que el acto de su creación, de su inscripción. La cantidad de servicios que un día iniciamos y cerramos, los miles de proyectos que abrimos y abandonamos, las cuentas que tuvimos y olvidamos, son los rastros de una socialidad sin destino que, sin embargo, en tanto conjunto presenta la apariencia superficial de un mundo estable y ordenado, un “islote de determinismo”, en el sentido de René Thom, en el que aún podemos vivir en la ilusión humanista de ser seres importantes.

Buen rollito :-)

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