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domingo, 12 de julio de 2009

Espectáculo vs. Educación, o las fotografías del caos

A fines de los 50 y en los 60 se produjo un debate sobre la naturaleza educativa de la televisión. Ésta era ya el artefacto tecnológico por excelencia y la proyección de los mensajes televisivos a la audiencia estaba siendo analizada a la perfección desde la psicología de la comunicación, la semiótica, y el márqueting publicitario, entre otros dominios. La televisión forma parte de la EaD (Enseñanza a Distancia) de numerosos proyectos de universidad abierta. Con diferente fortuna según las latitudes, lo cierto es que se trató de reconducir un producto del incipiente capitalismo postindustrial en la esfera de los medios educativos. Y vaya si dio juego a la pedagogía innovadora de la época.

Pero lo cierto es que, a pesar de los esfuerzos, lo que nadie ha conseguido es que se “piense” la televisión como un medio intrínsecamente educativo. Pues ni lo fue, ni lo es, ni lo será. Tras la televisión lo que hay, fundamentalmente, es el negocio televisivo. Y, en cambio, lo que si se ha producido, sin que nadie pareciera haberlo provocado conscientemente, es la conversión del medio en espectáculo. Jean Duvignaud, muerto hace un par de años, dio buena cuenta de la teatralización de lo social en muchas de sus obras. Por ejemplo, en “Espectáculo y Sociedad”. Si es algo, la televisión es un inconmensurable monumento a la publicidad, a los sentidos fuertes (vista y oído), a las mitologías sintéticas y a las identificaciones psicológicas.

Pero éstas son esferas ontológicamente independientes de la esfera educativa, al menos en su sentido clásico, que quizás no haya que seguir defendiendo por más tiempo, no lo sé, o mejor, no sé si vale la pena.

Ahora le toca el turno a las Redes Sociales y a la Internet conectiva. Dentro del Facebook, por ejemplo, si uno es profesor, puede constatar en unos pocos días el debate que a propósito de la televisión duró unos quince años. Digo “si uno es profesor” porque entonces, por simple educación, o por haber desarrollado alguna experiencia de socialidad virtual en el aula, tendrá seguramente agregados como amigos a muchos alumnos y alumnas, y, sobre todo por lo primero, tenderá a no ignorar las nuevas solicitudes. Por otra parte, en tanto miembro de una comunidad de intereses, contará entre sus amigos con colegas, especialistas, grupos, pongamos por caso, relativos al papel educador de las propias redes. Pues bien, he ahí las dos perspectivas: para los segundos es fundamental la discusión sobre la colaboración, la compartición de experiencias y el fomento de la socialidad. Para los primeros, ninguno de estos conceptos tienen la menor importancia, pese a lo cual los “escenifican” mejor que nosotros. Nosotros nos empeñamos en producir un “sentido”. El sentido de la innovación, el sentido de la pedagogía, el sentido de los nuevos media. Ellos, sencillamente, viven en la ausencia total de un sentido para sus actos fáticos y pseudocomunicativos. Eso es un espectáculo de la comunicación, lo demás son modelos teóricos, chistes de médicos.

No hay mas que entender el concepto de red social sin florituras, sin rebuscar en la cuarta o quinta acepción de los términos. Las redes sociales no fomentan la socialidad, ni lo harán jamás. Éste es un sueño del que deberíamos despertar. A través de las redes sociales no se construye la socialidad, ni un sujeto mejor, autosoficiente y colaborativo, y a mayor obsesión por producir un discurso sobre el aprendizaje social significativo, éste se escamotea como la partícula atómica de Heisenberg. Que no incrementan la socialidad me parece obvio, pues la única manera de que sirvan para algo en este sentido es que quien las utilice entienda de antemano que significa la palabra “social”. Es tan absurdo esperar de una red social que nos ayude a mejorar la socialidad como de un sistema político comunista que nos ayude a ser mejores comunistas. Que no estan transformando la educación es evidente sólo con echar una ojeada a los currículos del sistema educativo, en los que brilla la ausencia de perspectivas sociales en el aprendizaje, a no ser caricaturizadas en la maravillosa vaguedad de las palabras y en el discurso inconcreto de las competencias y los diarios oficiales (hoy hemos twitteado justamente sobre ello).

¿O es que quizás no es, ni ha sido nunca, ésta la naturaleza de las redes sociales? Es decir, que su naturaleza no es socioeducativa, como no lo es la de la televisión. Lo auténticamente fascinante de ellas es el caos y el vértigo del desorden, la aceleración de los flujos y la superación hiperreal del tiempo real. Por eso la mayor estupidez imaginada, Tweeter, y el concepto asociado de “web en tiempo real”, son hoy por hoy la mayor expresión de esta era de la anticipación. Y nosotros concurrimos a ella con herramientas y lentes del pasado, esperando un renacimiento humanista, una revolución educativa y un cambio en la óptica de las autoridades responsables de organizar la innovación.

La única evidencia actual es la de la conversión de toda la producción de socialidad en un gigantesco simulacro, enfrentado, para más inri, a sí mismo. A él asistimos nosotros, los especialistas (o "pluriespecialistas"), como Bouvard y Pecuchet, los personajes de la última novela de Gustave Flaubert, asistieron en el siglo XIX a la irracionalidad del industrialismo hiperproductivo y finisecular, tratando de taxonomizar todos los objetos y los comportamientos, tomando fotografías del caos para doblarlo o simularlo en nuestros discursos. Así, estamos construyendo una metacultura, y cada vez nos movemos mejor en ella, y peor en la cultura de la transformación. Y es que eso es lo que tienen los espectáculos: que suponen una aceleración del tiempo histórico y una anticipación del goce. Y si hay algo en lo que todos estamos de acuerdo es en que todo vaya más deprisa y nos proporcione mayor placer, como si éste derivara necesariamente de la aceleración, o mejor, como si fuera una derivada matemática suya. Pero el futuro ya se ha producido y no nos hemos enterado. Como decía Jean Baudrillard, el máximo de intensidad queda detrás nuestro.

Buen rollito :-)

5 comentarios:

  1. ¿Los conceptos llegan antes que las prácticas que designan? ¿Platonismo? :-)

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  2. Yo diría más bien que los conceptos y modelos teóricos no logran apresar el movimiento caórico de las prácticas. Siempre llegan cuando todo ha sucedido ya, como esos invitados despistados, que, sin embargo, son necesarios en toda fiesta

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  3. "Llegan" para explicar lo que ha sucedido. Eso no significa que lo que ha sucedido carezca de valor. El valor depende de quién valora, no es un atributo objetivo de la cosa juzgada.

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  4. ¿Y quien ha dicho lo contario, "Anónimo"?

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  5. Respecto a lo de que en su día se pudiera "pensar" la televisión como un medio educativo (con sus 15 años de debate) o que actualmente puedan "pensarse" como tales las Redes Sociales, es un "adonde vamos", pensado desde el presente, desde donde sólo puede pensarse, imaginarse o barruntarse. Ello, a no ser que se tenga una aptitud singular, ¿nos permite llegar a tiempo? ¿Qué prisa hay, no obstante?

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