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viernes, 6 de marzo de 2009

Multicentros Comerciales Educativos (y iii)

(viene de 'Multicentros Comerciales Educativos (ii)')

La dirección de los cambios sociales es la de la segmentación, la de la personalización e individualización de los contenidos, los servicios y los espacios. Incluso en la renqueante y lenta nueva reforma de la Formación Profesional, que con los centros específicos e integrados parece que supone una cierta vuelta a la cordura, la orientación actual hacia la especialización, todo lo criticable que se quiera en los currículos, es una buena práctica cuando supone agrupar lo igual, no lo desigual, para que pueda ser tratado igualmente, para que los problemas se minimicen y para que los peones de la educación de trinchera puedan encontrar un sentido, a escala humana, y objetivos comunes, entre los comunes, a su tarea, lo que a su vez redunda en motivación de grupo, en ganas de emprender proyectos e innovar.

Pues en medio de esta tendencia, va y a la enseñanza secundaria se la inserta en la tendencia contraria: integración de lo, por tan desigual, abismado, mezcla, confusión de roles, metodología, exigencias y niveles. Esta propensión lleva a la infantilización de la educación media y, dialécticamente, a la contaminación de la postniñez con problemas que, como el de la violencia escolar, se trasladan ahora hacia abajo. Los comportamientos miméticos contribuyen a difundir la desaparición de la niñez y la postniñez de los niños, y, a su vez, a infantilizar la adolescencia de los adolescentes: ¡todos juntos al instituto, qué gozada! La poca lógica curricular no ayuda: en algunos cursos los alumnos se apoltronan, se instalan, y entonces el sistema debe empujarlos automáticamente hacia arriba, para que no hagan tapón y las estadísticas sigan arrojando algún resultado. Y los afectados lo saben.

En este sentido, los centros así concebidos reproducen el modelo social de una cultura por y para el niño: él es el protagonista, y la tiranía que ejerce en el seno de sus familias pretende extrapolarla a sus compañeros, y a los profesores ahora “a-maestrados”. De tal manera que la mayor parte de las energías de los equipos directivos y docentes se malgastan en resolver sandeces derivadas de esta ceremonia de la confusión. Y la energía consumida, sumada a la mala leche acumulada, es inversamente proporcional a la implicación vocacional y a la innovación, que es como decir que cuando aumenta la energía cinética disminuye la potencial, o sea, ciencia elemental. Supongo que cuando uno decidió hace años hacerse profesor y no maestro sería por algo. Decir esto no es políticamente correcto. Pues mejor. Los teóricos suelen ensañarse con este argumento. Pero lo cierto es que, que el sistema se descolgara en su momento con una reinvención socioeducativa de la psicología diferencial se llama, en términos laborales, estafa. Y así nos sentimos muchos profesores de secundaria: estafados. Hubo un tiempo en que había maestros y profesores. Hoy hay maestros, maestros-profesores, profesores-maestros y fontaneros de la estupidez (como yo, en mis Atenciones Educativas). Las niñas ya no quieres ser princesas: ahora quieren ser alumnas de la ESO, yendo a clase de lunes a viernes vestidas como el fin de semana, entendiendo la semana laboral como una continuación de la festiva, gracias a las posibilidades, tecnológicas también, de hacer prácticamente lo mismo un martes que un sábado. Además, ahora se naturalizan en los microalumnos comportamientos propios del marco de los institutos, que en las escuelas no tenían lógica alguna, es más, ni se llegaban a plantear como problemas organizacionales o convivenciales: salir y entrar, retardarse respecto a los horarios, fumar en los lavabos, sentirse “adulto” y poderoso cuando se salta la verja, ser adulado cuando se lidera un grupúsculo de aprendices de raperos y grafiteros… Como con la moda en el vestir, los móviles, las disco-kids, el champín, los navegadores e incluso el Facebook (Kidswirl), parece que el objetivo voraz de esta cultura es que los niños hagan lo mismo que los mayores, pero en pequeño. Lo que pasa es que muchas de las consecuencias de tal mistificación no distinguen grados. Y lo que dificulta una vuelta atrás, una negación de la mayor, es el hecho de que detrás de asuntos aparentemente tan alejados como la educación y la moda hay toda una filosofía del consumo, y toda una economía de la suplantación de las emociones por los artefactos, del tiempo por la aceleración, y de la auténtica atención diferencial (la que comienza por los progenitores o equivalentes y continúa en un sistema educativo racional) por la falacia de la igualdad.

El caso es que en realidad estos desubicados no hacen más que lo que a voces se les invita a hacer. Sólo que multiplicado por el efecto democratizador de la calidad de vida de sus padres y de la propiedad privada de los medios tecnológicos; es decir, lo que cabría anticipar que hicieran al ingresar en estos prodigios de la confusión en que se han convertido hoy muchos de nuestros centros. ¿O es que el ser humano es inmune a los contagios y al gregarismo? En realidad, a mí no me escandaliza que fumen, salten la valla o vayan a desaparecer en cualquier rincón del multicentro comercial para esquivar al fontanero plomazo, seguros de que el profesor “de guardia” pasará ampliamente de emular a Starsky y Hutch. Yo haría lo mismo. Sólo me preocupa que no funcionen las contramedidas, porque el cinismo y la hipocresía político-educativa nos ha privado de las más básicas y palmarias, las que no requieren ni siquiera retocar o maquillar el currículo. Y todo porque estos filigranas de la ingeniería pedagógica que nos gobiernan se ve que hicieron lo propio, desaparecer, el día que se explicó a Aristóteles en clase.

Buen rollito :-)

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