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domingo, 1 de marzo de 2009

Multicentros Comerciales Educativos (ii)

(viene de 'Multicentros Comerciales Educativos (i)')

Afirmo que mezclar todos los niveles educativos es un error garrafal, o, lo que es peor, de garrafón: meter a los niños en el instituto, empeñarse en hacer centros de ESO, Bachillerato y Formación Profesional, que, además, puedan ser también centros de integración, de atención especial, de calidad, centros piloto para experimentar cualquier ocurrencia de los políticos…, esta decisión ha sido y es una solemne majadería.

Los centros educativos se han convertido en Multicentros Comerciales. Por su estructura, por la concentración humana que suponen y por la tendencia a ubicarlos en las afueras, la cantidad de consumidores potenciales que almacenan les hacen idóneos para el comercio de cualquier cosa, desde chucherías hasta cocaína. Tal decisión supuso en su día, además, problemas que sólo quien haya sufrido una reordenación similar podrá entender en toda su profundidad: problemas de reequilibrio entre los estudios y los que los imparten, que implican auténticos agravios comparativos entre dedicación, exigencias y formas de trabajar de los profesores de unos estudios y los de otros, reubicación y reconstrucción de espacios, redistribución de plantillas, reorganización de calendarios, horarios, desdobles, tiempos libres, aulas, comedores. Problemas insolubles que aún se arrastran.

Está claro que estos problemas se habrán percibido menos en los centros pequeños. Pero los hay grandes (por ejemplo, los nacidos de la extinción de la antigua Formación Profesional), que recogen abundante población, y en ellos los equipos directivos han tenido que hacer malabarismos propios del Circo del Sol para conjugar derechos con deberes, libertades constitucionales con exigencias de control parental. La burocracia y los parches se han multiplicado. La patata caliente se envió de una patada, y ahí sigue, al tejado de los centros. La administración dicta normas abstractas universales y a la inspección no le importa que los problemas a que dan lugar sean, de largo, superiores en número y en entidad a los que solucionan. La autonomía funcional y pedagógica de los centros es la mayor mentira del sistema educativo. La capacidad de adoptar soluciones personalizadas es nula. La flexibilidad que el sentido común habría de conceder a las normas es una entelequia: las autoridades educativas han tumbado horarios por estupideces tales como que la duración de una jornada no alcanza en un minuto la estipulada, o la excede. Las compañías de transporte escolar influyen localmente en las horas de entrada y salida. Tenemos que sufrir recreos de ocho minutos (en los que no hay tiempo ni para salir ni para quedarse, y en los que demostradamente se producen los mayores deterioros del mobiliario escolar) porque parece ser que a partir de media mañana no puede haber tres periodos lectivos consecutivos para los más pequeños. En cambio, algunos módulos de Ciclos Formativos requieren, simultáneamente, tres periodos lectivos seguidos, lo que en la práctica no hay Dios que se lo fume y, como es obvio, estos alumnos hacen sus paradas cuando les parece y se afincan en las puertas de las aulas, o salen a fumarse la irracionalidad imperante al exterior, y de paso a concentrarse en torno al A3 nuevo y sin embargo tuneado, ya que Dios no fuma, ni la administración se ve que tampoco. Los ejemplos podrían multiplicarse por la mencionada irracionalidad.

Pero lo más irritante de todo no es que el sistema de la concentración sea un error y no funcione, sino que, a pesar de lo obvio de sus defectos no encontramos en los que lo sustentan, sean del signo político que sean, ni una muestra de rectificación. Todos podemos equivocarnos, incluso los psicólogos y pedagogos en cuyo trabajo se inspiró este atentado contra el sentido común, aunque ahora no se quieren hacer responsables. En fin, y no es por echarles un cable, pero cierto es que si los políticos no se hubieran puesto manos a la obra no se habría pasado de las utopías a los desperfectos.

El sistema político-educativo quiere aparentar ante los agentes sociales una socialdemocracia y una progresía que en lo profundo son falacias enmascaradas en conceptos biensonantes, respecto a los cuales nadie se ha preguntado si favorecen la práctica de la educación, y de los que sólo sabemos que combinan a la perfección con los modelos. Y ya se sabe que vivimos en la era de las apariencias. Sin embargo, me pregunto qué hay de antiprogresista o de antidemocrático en separar a la gente en edificios y en gestionar independientemente lo que ocurre en cada uno. ¿Qué delito contra la convivencia y la pedagogía supone? Es tan sencillo como eso. Para empezar, a alguien se le podría haber ocurrido preguntar a los implicados antes de acometer tamaña gansada. Las millonadas que se han gastado en tratar de ponerle a cada hijo de contribuyente el centro en la puerta de su casa se habrían podido invertir en un modelo infinitamente más racional de organización escolar, en el que los problemas se habrían localizado, focalizado e independizado unos de otros (con lo que les gusta a los psicopedagogos hacer clasificaciones), en lugar de este sistema de confusión de roles que es capaz de acabar con la paciencia de Job.

(continuará)

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