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miércoles, 25 de febrero de 2009

Multicentros Comerciales Educativos (i)


Ha vuelto a pasar. Esta mañana, tratando desesperadamente de encontrar señal wi-fi para mi ultraportátil de última generación, que sirve sobre todo para vacilarles a los de las consolas, enemigos naturales, he ido a dar en el único sitio del instituto donde se consigue eso de forma razonable: el aula eufemísticamente llamada de convivencia. La cosa tiene miga. Entre hacer una ironía al respecto y reflexionar sobre la convivencia, hoy me decanto por lo segundo. La cuestión es que había una profesora atendiendo a un chico diminuto, posiblemente el más pequeño (en tamaño) del instituto. Este chico, que va a primero de ESO, es inmigrante y lleva poco tiempo entre nosotros, pero el suficiente para haber adquirido ya algunas malas costumbres de sus compañeros, nativos o no, por ejemplo, tomarse a guasa entera las llamadas de atención de la profesora sobre su comportamiento, y contestar burlonamente una y otra vez a sus requerimientos de orden.

Hoy le ha dado por repetir como un loro que era un niño de dos años, porque la profesora le había dicho que parecía un niño de dos años. Todo esto sucedía, no en la distancia larga del aula y entre los vítores de los compañeros, que sería su lugar natural, sino en un tú a tú, dado que ambos estaban sentados uno al lado de la otra. Cuanto más le regañaba la profesora, el chiquillo más se reía y cacareaba, mirándome a mí, que estaba en el otro extremo de una mesa larga, que era un niño de dos años. En esto ya se había levantado, y ni levantado le llegaba a la altura de la frente a la profesora, que se mantenía templada, dentro de lo que cabe. La estupidez de la situación, que en otro contexto habría sido quizás justificable, o al menos entendible, ha sido afortunadamente interrumpida por el timbre.

Cuando ha terminado esta clase, que era de refuerzo, el pequeñajo ha salido a toda leche del aula, en busca de los suyos. Yo he salido también en busca de un grupo al que poderle dar una clase en condiciones, por la que ganarme el sueldo y, esto es lo más importante, por la que sentir que mi trabajo sirve para algo, pues mi horario de los miércoles es de un irracional subido, nadando todo el día entre Atenciones Educativas a alumnos que no quieren cursar Religión, lo cual me parecería de lujo, si no fuera porque, por culpa de que hay quien la cursa, a los demás, que no tenemos, ni queremos tener, nada que ver con ella ni con quienes la practican, nos hacen la rima del cinco.

En fin, que, cosas de los multicentros comerciales, he ido a encontrarme de nuevo con el microchaval en un pasillo. Pero ahora andaba por los suelos, rodeado de chucherías. El caso es que iba corriendo con otro, con una bolsa de gusanitos más grande que él, que se había sacado yo no sé de dónde (esa es otra: en primero y segundo de ESO el modo natural de desplazarse es correr; el movimiento no se demuestra andando, sino corriendo. Nada puede hacerse contra ello, pues las hormonas mandan, pero los largos y anchos pasillos de los IES no ayudan), y ha topado con una bestia rapada de uno ochenta y cinco, de un Ciclo Formativo de Mantenimiento de Vehículos Autopropulsados (telita con la nomenclatura), de Automoción, vamos, y propietario de un Audi A3 nuevo y sin embargo tuneado, y claro, leyes de Newton obligan, este aspirante a alumno, estudiante de Instituto de Educación Secundaria, repito, Instituto de Educación Secundaria, ha rodado dos o tres metros sobre las baldosas. Mientras resbalaba por los suelos, la bestia, a la que por lo visto le había pisado una Nike, o ensuciado el chándal, le iba lanzando ciertos improperios que, de proferidos por profesores y escuchados por los padres de los improperiados, habrían supuesto visita inmediata al cuartelillo o al juzgado. Cuando el malparado ha dejado de rotar sobre su eje ha mirado hacia arriba y me ha visto a mí, que acababa de llegar a su altura (bueno, es un decir). No creo que esperara encontrarme allí, pese a lo cual no se ha sorprendido y ha comenzado a exclamar, abriendo los ojos y estirando la boca: -“soy un niño de dos años, soy un niño de dos años”.

(continuará)

2 comentarios:

  1. Como la vida misma (esto luego lo cuentas y no te lo creen, jo)

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  2. madre mía, me ha encantao la entrada... un placer, como siempre, leerle... ;-)

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