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jueves, 12 de febrero de 2009

Filosofía del silencio. Una reinvindicación del aletargamiento basada en hechos reales


"De lo que no se puede hablar, mejor es guardar silencio"

L. Wittgenstein

Esta mañana, en mi clase de Filosofía de las ocho con un primero de bachillerato de ciencias, tenía que poner la fecha de un examen próximo. No tenía un calendario a mano y he preguntado a la clase. Sería por la hora o por la condición de abobamiento intrínseca a todo grupo en tanto grupo, pero la cuestión es que nadie ha respondido. El grupo es numeroso, unos treinta, y es, francamente, un buen grupo. Pero nadie ha respondido y eso que se me ocurren varias maneras de que me hubieran plantado en las narices, y de golpe, treinta calendarios. Veamos: cada alumno lleva uno en el móvil (bastaba con preguntar si se podía consultar; en casos de utilidad siempre respondo que sí). La mayoría utiliza agenda. A todos se les distribuyó al principio de curso una copia del calendario escolar. El tutor debió darles en su momento las fechas de las evaluaciones. El examen caerá antes de Fallas, y aquí en Valencia las fechas de Fallas son fechas sagradas, puesto que quien no es fallero es fallera, y quien no, músico o música. Por tanto, es más que predecible que incluso sin necesidad de consulta, verbi gratia “de cabeza”, casi todos ellos pudieran haber calculado en qué días caerán las susodichas fiestas (falta apenas un mes y si algo controlan los alumnos son los periodos vacacionales) y luego, mediante una operación de resta, razonablemente sencilla para los alumnos de ciencias (no así para los del otro bachillerato, que no es el caso), haber descontado una semana dando finalmente con los días posibles de examen.

-“No tenemos calendario”, se apiada una voz de la primera fila, demostrando su propietario haber sido educado en la idea de que responder a una interpelación es más importante que el contenido de la respuesta, cuando el silencio se vuelve tenso y esta rara avis, viéndome a su vez meditabundo, se vuelve hacia atrás, mira y ve que ninguno de sus compañeros hace intención de intentar hacer nada al respecto. ¡Vaya, qué lástima! Proceso bloqueado. Yo no sé si albergaban la esperanza de que, almanaque in absentia, iba yo a dejar de poner la fecha, y de rebote, y en estricta lógica formal, iban ellos a dejar de hacer el examen, pues no puede tener lugar un acontecimiento para el que no se ha definido un tiempo y un lugar (la filosofía implícita en toda ausencia tiene mayor profundidad que su contraria, pues, como afirmaba Félix de Azúa, en el silencio está todo por decir. Mis alumnos ausentes son potencias filosóficas de primera magnitud, sólo que ellos no lo saben, ni tienen por qué. Tampoco creía Menón, el esclavo, saberse el teorema de Pitágoras de pe a pa, hasta que el astro de la dialéctica griega, Sócrates, se lo sacó hábilmente de dentro mediante preguntitas cargadas de intención). Quiero creer que el abotagamiento matutino no impele a cometer errores de raciocinio de calado, como los derivados del pensamiento lógico. En fin, sea como fuere, la cuestión es que a las ocho y cinco de la mañana, al intentar poner la fecha de un examen, he enfrentado durante unos momentos, que me han parecido eternos, el muro infranqueable de la parálisis del pensamiento colectivo. Tal fenómeno de la razón a punto ha estado de arruinarnos a todos el resto del curso.

En el ínterin, seguro que alguien ha dado con la solución. Hazlo tú. Saca tu móvil, lleva un calendario a clase si tienes intención de poner la fecha de un examen. Haz el cálculo mental tú solito. O mejor, “prográmate” bien las cosas y tráete de casa, masticadito y consultadito, el calendario de fechas posibles, para que ellos sólo tengan que asentir a tus propuestas. Así no habrá errores derivados del cálculo y otros imponderables, como el hecho, del que existe constancia, de que alguien se empecine en averiguar a qué días de este año corresponden los equivalentes del año anterior, del que este hombre sí acarrea agenda. Si haces bien tu trabajo todo serán ventajas: cabeza movida de arriba abajo, sí; cabeza movida en horizontal, no. Reconozco que no puedo más que pedir disculpas. Perdón por haber dejado que la improvisación, la espontaneidad y una decisión tomada a las ocho menos cuarto, a la par que el café precátedra (el mejor del día, por cierto), se hayan colado en lo que debería haber sido una programación estructurada pero flexible, flexible pero estructurada, genérica pero personalizada, personalizada pero generalizable… Desde luego, Francesc, cómo se te ocurre presentarte en clase de buena mañana, pregonando que ibas a poner la fecha de un examen. ¿Así, por la buenas? ¿Y la temporalización? ¿Y la integración de tu examen en la acción formativa? ¿Y la secuenciación de los procesos docentes? Si todo esto lo tuvieras definido de antemano, como por otra parte te exigen las autoridades civiles, pero por encima de ellas la deontología que dimana de la noble ciencia de la pedagogía, el problema ni se habría planteado. Se habría disuelto por pseudoproblemático, se hubiera limitado a evaluar un par de gestos, cabeza arriba/abajo o cabeza derecha/izquierda; o aún ni eso. ¿Ves lo que has conseguido? Generar confusión, desidia, inapetencia e incluso el olvido de los seres queridos, pues a tus alumnos, ante tu incongruente requerimiento, no les ha venido a la cabeza ni sacar el móvil.

Del mal cuerpo que se me ha quedado esta mañana sólo me consuela el hecho de que podría haber sido peor: ¡menos mal que no se me ha ocurrido poner un examen sorpresa! (hasta donde sirva de descargo, aduzco que algunos de mis alumnos intuyen que eso es lógicamente imposible, porque se lo demostré en clase de lógica). Resumiendo, que pido disculpas de nuevo con la mayor humildad y contrición, pero el mal ya estaba hecho; el anuncio se había producido: ahora era cuestión de dignidad y orgullo profesional, patria o muerte: había que poner una fecha.

Todas estas elucubraciones, emociones diría yo, han tenido lugar a la velocidad del pensamiento complejo, que nadie sabe cuál es, pues depende de la complejidad de lo pensado. Esta mañana no he tenido tiempo de clarificar y ordenar estas instantáneas, pero es ahora, al traducirlas al papel y aliñarlas con nuevas reflexiones, cuando he concluido que la experiencia no ha podido ser más gratificante: mis alumnos han alcanzado objetivos filosóficos de altura, difíciles de abrazar por otros medios. Ellos han contrarrestado con su silencio, como poco sabio, una catástrofe segura derivada de mi desorganización procedimental y conceptual. La victoria de su virtud contra mi demérito ha conseguido evitar un caos matemático, una discusión en vano y un esfuerzo inútil para un inútil placer, como le cantaba Jesús a María Magdalena en Jesucristo Superstar. En vez de limitarnos a teorizar el silencio, lo hemos llevado a la práctica; no como el Azúa este, que todo de boquita. Seguramente, mi pretensión de poner la fecha de un examen ha evocado en las mentes de la mayoría el deseo de huir desaforadamente y en desbandada hacia el mundo exterior, romper los muros del aula y alejarse velozmente con el pensamiento, volando más allá de esta realidad ficticia, en pos de la auténtica Verdad que, sea la que sea, seguro que no se llama "fecha de examen", y menos de Filosofía. Esto es lo que sugerían sus miradas volátiles y oscilantes, siguiendo puntos indefinidos del espacio circundante. Mi inconsciencia ha devenido finalmente liberación. Quién sabe si, haciendo la hipótesis más inverosímil todavía, y por ello más seductora, todos mis alumnos no se habrían aliado secretamente para olvidarse en casa todos los calendarios del mundo, intuyendo que mi extravagante demanda no había de tardar demasiado tiempo en aterrizar procazmente y a horas intempestivas en sus oídos silenciosos. Tal hipótesis, de resultar cierta, de nuevo no haría más que elogiar su buen criterio, y refrendar esa tendencia inexplicada del movimiento de las masas hacia la autoorganización. Quién sabe si el anuncio de una fecha fatídica no les hizo de repente entender, entender no, convertirse en Gorgias de Leontinos, Wittgenstein, Azúa… o todos a la vez, todos en uno, y todos a una, como Fuenteovejuna.

Aquel que por educación rompió con sus palabras el sentido de los hechos demostró también, no obstante, una exquisita ponderación, pues se autoincluyó en el conjunto de los que no tenían calendario. Aún así, este alumno no llegó tan lejos como los demás en la comprensión de los principios filosóficos del silencio.

* * *

Pero la constatada indiferencia de los acontecimientos hacia la voluntad de los que los producen había deparado otro final a esta historia. En un momento dado, otro alumno de la primera fila, al que, pensándolo bien, también debo estar extraordinariamente agradecido, ha entrado en escena y, sin moverse un ápice, evidenciando aguda comprensión de las normas de convivencia en el aula, me ha tentado de forma sublime, apenas levantando las cejas. Cuando me ha tenido a tiro, metido de pleno en su campo visual, me ha requebrado hacia la pared de la izquierda, hasta que mis ojos han ido a dar en un calendario enorme que había allí colgado. ¡Hostia! El calendario es uno de ésos de eventos solidarios que pusieron al principio del curso en casi todas las aulas. Seguramente este calendario forma parte de esas campañas culturales basadas en pósteres y murales que alegran los pasillos de nuestros institutos, hacen que los alumnos mayores nunca pierdan del todo el contacto con la infancia, y son enormemente productivas desde el punto de vista pedagógico. Por lo visto, a pesar de lo avanzado del curso, en esta clase sigue existiendo un ejemplar. Estos calendarios son coloristas y motivadores, y sirven para que la gente se alegre de hacer cosas por los demás el día marcado y reflexione sobre la importancia de lo que ha hecho, llegado el momento. Me he alegrado, a mi vez, sobremanera, pues de repente todo indicaba que hoy iba a ser mi día de suerte, y me he dirigido hacia él como alma que lleva el diablo, para mirar yo mismo qué días nos venían bien. Al acercarme he comprobado con decepción que el calendario estaba prácticamente inutilizable. Originalmente había sido concebido, además de para azotar conciencias, para anotar eventos de interés pedagógico, por ejemplo fechas de exámenes. O sea, como si fuera un calendario social, pero en el aula, lo cual estoy por decir que ya le quita toda la socialidad, pues, como es sabido, no hay socialidad fuera de Google, Facebook o Tuenti. Pero el éxtasis me ha sobrevenido al comprobar la utilidad espontánea que el grupo en tanto grupo le había encontrado al calendario de marras: tal utilidad había sido la de estampar en él las fechas de todos los cumpleaños de los miembros de clase, las de los amigos de los miembros, las fechas en que se ennoviaron algunos alumnos con algunas alumnas, y otros hechos sociales de veras y muy principales. No cabía en mí de gozo y por ello, aunque aún no lo saben, les he perdonado el examen. Vivan los calendarios de eventos solidarios, vivan los hechos sociales y hurra por la hibernación intelectual de todo bicho viviente, que es en realidad filosofía profunda disfrazada de aletargamiento reptil. ¡Lo que he aprendido! A los exámenes que les den. No pienso poner uno nunca más.

Con todo, la voz de alguien que debía estar en Babia mientras sucedía todo esto se ha dejado oír: -“Pero, ¿ponemos el examen o no?” Este pedazo de alcornoque no ha entendido nada. Ni que decir que le he expulsado inmediatamente de clase y su nota final será el cero absoluto.

Buen rollito :-)

2 comentarios:

  1. Me he reído mucho, pues al mismo tiempo que lo leía, te veía y te oía a tí con todo tu lenguaje no verbal incorporado.
    Hemos pasado un buen rato virtualmente juntos, a pesar del tiempo y del espacio tan dilatados, y me pregunto:
    ¿a más dilatación más satisfacción?
    ¿sea real o virtual?...
    El abrazo va de corazón.

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  2. Muchas gracias Paco, jaja. Cuánto tiempo. Oye, a ver si nos juntamos a comer a fin de més. Ildefonso tenía que reunirnos.
    Un abrazo

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